viernes, 28 de agosto de 2026

EL MUNDO QUE YO CONOCÍ CUANDO NIÑO

Allá por los cincuenta bajos el mundo y México eran muy diferentes a lo que ahora hay. Bueno: no eran diferentes. Eran otros. Otros que ya no existen. La Ciudad propiamente dicha terminaba más o menos en la Colonia del Valle hacia el sur. Más o menos en la Colonia Lindavista al norte. Luego, habían llanos en donde no pocos cazadores de palomas aprovechaban los sembradíos de maís para disparar y llevar a sus casa un platillo a base de palomas (había que escupir en el plato, discretamente, las municiones). Más allá de esos linderos estaban Tlalpan, Coyoacán, y las colonias del norte de la ciudad. Los niños clase media éramos muy felices porque nuestros papás nos dejaban salir a jugar a la calle hasta que el solo se pusiera. Jugábamos a las canicas (las famosas “cuirias”), el Yoyo Duncan hacía campeonatos nacionales, coleccionábamos estampitas, jugábamos béisbol, nos peleábamos con los niños de más allá. Los que teníamos bicis las montábamos toda la tarde porque eso sí: en las mañanas a la escuela a aprender. La diferencia entre escuelas públicas y privadas no era tan grande. Recuerdo que la Ciudad era más fría entonces. En invierno, cuando íbamos a la escuela, rompía yo el hielo que se formaba en el fregadero que era nuestra salida hacia la calle, Pasaba el camión por nosotros (mi hermano y yo), el número 2 guiado por las expertas manos del Sr. Mondragón, quien luego se hizo dueño de toda la flotilla de 15 camiones que tuvo la Escuela. Ahora la escuela tiene muchos más y de todos tamaños. Había más desigualdad social, había personas que se llamaban “pobres”, que eran más bien indigentes y vivían en casuchas de cartón en terrenos de los que se habían apropiado ilegalmente. Llagaba el dueño cuando ya iba a construir y los corría fácilmente, porque no había poder que los protegiera. Y se iban a otro terreno. Si: repito que había más desigualdad social pero la gente pobre era más honrada que ahora y mucho más digna. Los niños “pobres” que iban a la escuela (que no eran muchos) eran aplicados y las maestras solían decir: “niños, no importa que su ropita esté zurcida o remendada, pero que sea limpia”. Y así era. Nosotros vivíamos en la Ciudad de México, en la calle De la Morena esquina Anaxágoras, Colonia Del Valle (Zona Postal 12) y toda la inmensa cuadra tenía las banquetas terminadas, así que mis padres nos dejaban, junto con otros infantes, a mi hermano Jorge y a mí salir a “andar en bici” alrededor de la manzana, SIEMPRE Y CUANDO no nos bajáramos de la banqueta. Pues un día se me ocurrió hacer el experimento (tendría yo unos 9 años) de bajar a la calle y un auto se detuvo chirriando los frenos unos metros delante de donde yo estaba, bajóse un señor de unos 45 años, fue hacía donde yo estaba y subiendo mi bici a la banqueta me amonestó: “Niño ¡no te andes bajando de la banqueta porque te pueden atropellar!”. Aclaro que, como había pocos autos, pasaba uno por La Morena cada minuto, no más. Esa era la calidad de gente que había (es un solo ejemplo) y así cuidaban a los niños. Desde luego, nunca lo volví a experimentar. Hoy: si un auto se para chirriando delante de donde yo voy, me echo a correr porque seguramente vienen a robarme o a darme un levantón.

martes, 11 de agosto de 2026

Palabras a los candidatos a estudiar Odontología.

Dr. Manuel Farill 11 de agosto de 2026 Imaginemos a un grupo de muchachos que terminan la preparatoria o el bachillerato y son amigos entre sí. Tras de pasar los exámenes de selección, uno se inscribe en Derecho, otro en Administración, otro en Medicina, otro en Arquitectura y uno en Odontología. Pasan los años y todos, excepto el de odontología han prosperado y participan en pláticas sobre política (sobre todo el que estudió Derecho), en política mundial. Todos leen las noticias en sus tabletas o smartphones, excepto el de odontología, que prefiere jugar con ellos. Una cosa en común que tienen todo, menos ya saben quién, es que leen. Leen libros, revistas, periódicos. Alguno puede que hasta haya escrito un libro o cuentos o ensayos. El odontólogo no. Tal vez influenciado por su dentista o por sus profesores se conforma con ir a congresos patrocinados por la industria odontológica que patrocina a quienes dan conferencias sobre sus productos para que los dentistas asistentes se los compren. Tienen, en general, un público cautivo. Y hay muchos conferenciantes: de México, de Brasil, de EEUU, de Italia… Pero pocos de éstos han publicado trabajos sobre lo que hablan. O han publicado uno o dos. Y es que no siempre es fácil escribir artículos sobre una profesión que tiene tantos congresos y tantos asistentes ávidos de estar al adía sin esforzarse en leer e investigar y entresacar lo que es verdadero y útil. Las mismas escuelas y Facultades no están preparadas para que haya investigación verdaderamente útil y práctica. Para estudiar odontología, según la vastedad de la gente y vergonzosamente de muchas instituciones se requiere no ser asqueroso, no temerle a la sangre ni a las inyecciones, ser meticuloso, saber leer y escribir, huir de las matemáticas y demás ciencias exactas (química, física), no dar el ancho en la selección para ser médico cirujano y, sobre todo, tener gran habilidad manual. Por ejemplo: gustar de armar modelos de avioncitos, hacer esculturas pequeñas, jugar con éxito a los palillos chinos, que no tiemblen las manos, etc. Y esto está muy mal. Y además no toman en cuenta el costode estudiar y ejercer la carrera. Se ha demostrado que la habilidad manual no siempre corre pareja con la habilidad mental y a veces va en sentido inverso, así mismo, se ha demostrado que la presencia de las matemáticas y ciencias exactas va en aumento de la exactitud de las profesiones. No. Todo el párrafo anterior es mentira. Para ser un buen cirujano dentista u odontólogo se requiere de muchas cosas que hasta ahora no nos han pedido: una inteligencia superior a la normal, mostrar buenos hábitos de higiene y de estudio, tener disposición para trabajar en equipo, ser sencillo y capaz de escuchar opiniones de otros miembros del equipo de la salud, tener capacidad para actuar en situaciones de emergencia, tener empatía con las personas, mostrar facilidad de comunicarse con otras personas (mejor si se es extrovertido), saber resolver problemas, ser un excelente observador, tener mucha curiosidad, tener inventiva y poner mucha atención a los detalles, tener verdadero interés por aliviar el sufrimiento humano y por fomentar la salud, ser constante y tenaz, poseer cultura general (si no, ¿de qué hablamos con los pacientes mientras tienen la boca abierta?); y, ahora sí, tener una mediana habilidad y destreza manuales (la gran habilidad se desarrolla durante los estudios). ¿Se dan cuenta de que he descrito a una persona con dotes de liderazgo? Eso se requiere en esta profesión: líderes para dirigir equipos de la salud, para dirigir nuestras asociaciones, para escribir artículos, para viajar a congresos en otros países… Adicionalmente hay que tomar en cuenta el costo de la carrera, que si no es la más costosa si está entre las 5 más costosas. Porque para ejercerla se requiere montar un consultorio por lo menos básico que no dee costar menos de $33,000 dólares estadunidenses (lo pongo en esta moneda para evitar fluctuaciones con la nuestra), pagar rentas o adquirir un local y durante por lo menos el primer año esperar a aque lleguen los pacientes. En lo personal, tardé 7 años en tener honorarios ya fijos. Puede que esta llegada de pacientes ahora sea más larga por la gran oferta de servicios. Habemos más o menos 250,000 cirujanos dentisas en el país más unos 180,000 que están estudiando la carrera en una de los cientos de “universidades” que se han formado para medrar con este súbito interés (imco.com/comparacarreras)) O bien, el candidato a ser CD puede atenerse a ser un empleado más en alguna clínica “de cadena” o si es suertudo en el consultorio de otro dentista ya acreditado. Pero eso no para lo que estudiamos, ¿o sí? ¡Queremos o no mejorar a la profesión y sus profesionistas para acrecentar la salud del público? Es curiosa nuestra finalidad como profesión, como todas las de la salud: luchamos para acabar con las causas que justifican su existencia. Con el tiempo vamos a desarrollar, además, la capacidad para hablar con personas que están sufriendo, vamos a poder convencerlas de hacerse tratamientos incómodos. Un dentista tiene que saber gestionar bien sus tiempos y movimientos, ser organizado, debe liderar un equipo de personas quienes son las que dan las citas, tranquilizan y orientan a los pacientes, limpian el consultorio y cobran los honorarios justos del propio dentista, quien debe vestir apropiadamente y ofrecer un aspecto de pulcritud. Un dentista debe saber tener un orden mental que le permita poner por escrito los expedientes, sus pensamientos, las órdenes de trabajo para los técnicos dentales, para comunicarse con sus pacientes y con otros profesionales de la salud, para explicar sus experiencias y hacer guiones de las conferencias y pláticas que le invitan a dar y para llevar un registro de sus actividades y de su vida si fuera necesario. Y para tener ese orden y escribir tiene que leer. ¿Leer qué? Todo: las noticias en periódicos, artículos científicos, novelas, libros de viaje y de aventuras, de administración y mercadotecnia, historia y geografía, diccionarios y misivas de otras personas, etc. Leer, aunque suene pretencioso, nos ayuda a organizar nuestra mente, a priorizar nuestras actividades personales y profesionales, nos clarifica la vida además de proporcionarnos cultura y conocimientos. Leer es absorber experiencias ajenas para enriquecer las nuestras. Y para escribir bien, hay que haber leído, mientras más, mejor, y en eso los dentistas fallamos tremendamente. ¿Por qué? Leer se aprende desde la infancia, desde la casa, el ejemplo de nuestros mayores ayuda muchísimo. Mientras más temprano aprendamos a leer, mejor. Más tarde, nuestros profesores y profesoras nos enseñaron a leer de corrido, a explorar otros mundos. En la Facultad nuestros profesores nunca nos enseñaron a leer porque ellos mismos no lo hacían. La carrera misma tiene el defecto de no exigir una cultura amplia, no exige leer salvo algunos capítulos de libros o legajos de copias fotostáticas o tal vez de algunas revistas. Y ahora, con los “medios electrónicos” ya ni se lee, se muerden pedacitos de párrafo o de página. Todo esto sucede porque entre otras cosas, el sistema para elegir los candidatos a estudiar las carreras no es el idóneo, ni los estudiantes ahora eligen sus carreras por vocación, sino con el ánimo de hacerse de dinero con facilidad y lo antes posible. Falta, hace mucha falta, un verdadero análisis de la vocación profesional. Otro factor importante en la falta de lectura radica en el encarecimiento de los libros y del papel. Las editoriales se han visto obligadas a subir los precios de sus productos aunque a veces parece exagerado. Y aquí las bibliotecas públicas y las de las escuelas deberían aceptar tener miembros que pudieran ir a ellas a estudiar o a recopilar datos, pero eso es muy difícil. Y los autores de texto también deben ingeniárselas para ya no escribir textos aburridos tipo principio del Siglo 20, sino tener formatos que los hagan más legibles para los muchachos de hoy, tal vez más parecidos a lo que buscan en las redes sociales. Un factor adicional es que ahora la lectura tiene mucha más competencia con otros medios de gratificación, como son los medios electrónicos y las redes sociales, juegos electrónicos, TV con mil canales, actividades sociales, etc. Y si esto sucede con la lectura por placer, la que llamamos recreativa, imaginemos ahora lo que sucede con la lectura analítica, de comprensión, para estudiar y aprender que exige concentrarse en conceptos muchas veces desconocidos, nuevos, o de plano aburridos y confusos. Este tipo de lectura demanda interés por el tema, tiempo, esfuerzo, concentración y abstracción, además de encender la memoria, entre otras cosas. Y eso, parece, es mucho, demasiado pedir. Aquí me viene a la mente tres anécdotas: la primera, cuando di mis primeras clases en la recién fundada UNITEC, obligué a mis alumnos (3 grupos de 60 alumnos) a leer libros que no tenía nada qué ver con la odontología, recuerdo entre ellos “El Mono Desnudo” de Desmond Morris y otro libro de Carl Sagan, un maestro como promotor de la ciencia. Todavía, cuando me encuentro con ahora colegas que estuvieron en esos grupos, se acuerdan con gusto de haber leído. Y de que fui el único. La segunda anécdota, que estoy seguro a ustedes les llamará la atención: me encuentro con cierta frecuencia a colegas míos en restaurantes, fiestas, cocteles, cantinas o bares, viajes, etc. Pero nunca de los nuncas en librerías y menos aún en bibliotecas. Y leer también hace nacer, o crecer, a la creatividad. Hermana de la curiosidad. Debería haber en todas las carreras una materia llamada “Creatividad”, que fuera obligatoria y secuencial para abrir los ojos de los alumnos para que tengan inventiva, a que deben estimular y estirar su imaginación para crear materiales, aparatos y técnicas más útiles, más novedosas pero para utilidad de la profesión (y de los pacientes, claro). La falta de la creatividad es fatídica en cualquier profesión, porque garantiza que esta se paralice, se vuelva inmóvil. Y si algo sabemos todos es que todo cambia con el tiempo. Sin ella, no se estimulan la investigación ni la creación de nuevos conocimientos que pueden hacer a la profesión más accesible y codiciada por el gran público. Se fomenta la indolencia.. No se enseña el Método Científico ni se impulsa el análisis crítico de lo que aprendemos. Simplemente nos creemos todo lo que nos dicen. Y, por experiencia, les puedo afirmar que los que empiezan a creer todo lo que se dice, acaban creyendo absolutamente todo, por más descabellado que parezca. A lo largo de mi vasta carrera profesional como maestro he sido testigo de cuántas nociones falsas o no sustentadas científicamente me han transmitido mis oyentes y alumnos, mismas que les han sido transmitidas a su vez por otros conferenciantes y profesores que escuchan en congresos. Muchas son verdaderos disparates. Tenemos que interesarnos verdaderamente en lo que queremos o necesitamos aprender y luego hacer juicios críticos de cómo se llegó a esa conclusión. ¿De dónde proviene el hasta ahora el empírico conocimiento? ¿Quién y en que publicación aparece? ¿En dónde se puede consultar? ¿Proviene de una institución y de autor o autores reconocidos? ¿Esa publicación es reconocida por nuestros iguales o es una publicación advenediza y esporádica? ¿Está publicado en un artículo o es fruto de una charla? ¿Nos lo dijo un profesor porque así lo hace él y le sale bien o tiene una base científica real? Todo eso cuenta para averiguar la verdad. Una manera sencilla, fácil de comprender, es preguntar tres veces seguidas “¿Por qué?” Por ejemplo: “El timol desinflama la pulpa dentaria” ¿Por qué? “Porque lo dice mi profesor” ¿Por qué? No sé. Pues consúltalo y verás que no es verdad. Generalmente la gente no aguanta contestar las tres veces. Además debemos preguntarnos: lo que me dices ¿no causa daños en otra parte del organismo? ¿No estaremos creando un problema en otro sitio? Porque nuestra profesión es para prevenir problemas, mantener la salud y curar la enfermedad y no para aumentar los daños. De ahí que sería muy positivo, como se hizo en la ENO de la UNAM en los años sesenta que tras el examen profesional el nuevo miembro se comprometiera a cumplir la versión de Ginebra en 2017 del Juramento Hipocrático. ¿Qué es eso? ¡Averígüenlo, lectores! APARIENCIA. Fundando tres escuelas de odontología (que si fuera por mí ahora cerraría por saturación de la oferta), he conocido todo tipo de estudiantes, desde los catrines—que son los arregladitos, bien peinados, con zapatos lustrosos— hasta los hippies y unos que realmente parecían indigentes. Como decían mis maestras de primaria: “no importa que traigan ropa viejita, pero limpia y bien remendada…” y es cierto. La apariencia marca nuestra personalidad. Yo prefiero dejar una impresión de arreglado y limpio entre la gente que de hippie. En general, como vista uno así vestirán sus pacientes. No siempre, pero casi. En general, la regla aplica aquí: ¿Con la dentadura limpia y blanca y aliento fresco o con halitosis? ¿cómo les gustaría que vistiera o se arreglara su dentista? ¿Quisieran a uno peludo y barbón? ¿Que los atendiera con una bata o filipina con manchas de cera azul. Con el rostro brilloso y los ojos inyectados? ¿Qué le olieran mal las manos o cualquier parte del cuerpo? Pues a trabajar en la limpieza, vestimenta y la apariencia. Son cuatro las Reglas de Oro* para ello: 1. Trata a tus pacientes como te gustaría que te trataran a ti. 2. Ten la apariencia que te gustaría que tuviera un médico al que visitas. 3. Convierte tu consultorio en aquel en el que te gustaría que te atendieran. 4. Tus socios y personal auxiliar deben ser los que te gustaría te trataran. *Sugiero la lectura del libro “Cómo Aumentar el Número de Pacientes y de Tratamientos Aceptados”, 2 ed. De mi autoría disponible en mi consultorio. Otro factor por el que los dentistas no leen es porque no se les estimula la curiosidad ni la creatividad, que es la que ha hecho millonarios a los estadunidense de Silicon Valley, “la creatividad es un proceso dinámico, es el motor de del desarrollo personal y ha sido a base del progreso de toda cultura” (Joachim Bolaños, La Crteatividad, cuaed, unam, mexico). Einstein dijo;: “La creatividad es contagosa, pásala”. Es ver una piedra e idear una rueda. Debería haber en todas las carreras, una materia obligatoria y secuencial que se llamara Creatividad, para estimular el ingenio de los alumnos. La falta de ella es mortal en cualquier profesión, porque invita a la inmovilidad, a la parálisis. Junto con ella, hay que impulsar el conocimiento del Método Ciantífico y el análisis crítico de lo que los profesores nos quieren “enseñar”. Además, los libros e han encarecido mucho y no hay tantas bibliotecas (y menos del tema odontológico actualizado) como para ir a estudiar a ellas, lo cual no es justo.

viernes, 12 de junio de 2026

SI EL CHAPO Y EL MAYO HUBIERAN SABIDO…. EL COSTO DE LAS MEDICINAS

Por Manuel Farill Como todos, con el paso de los años he tenido que ir aumentando mi dependencia a algunos medicamentos para conservar mis funciones. La Tamsulosina sirve para permitir el mejor flujo de la orina; la Mementina para fortalecer la memoria; la Glimepirida para bajar el nivel de glucosa en la sangre, el Pero eso si: todos estos medicamentos y suplementos han aumentado geométricamente su costo, de por sí elevado. Tanto que ahora ir a las farmacias exige llevar una carretilla con billetes o una tarjeta de crédito Platino. Debo aclarar que los medicamentos mencionados no son los que yo tomo. No sé cuánto cuesta, ni me interesa, el precio de un gramo de cocaína o de alguna de Viagra y el Cialis pues para qué recalcarlo… las drogas llamadas “duras”, pero sé que su tráfico produce fortunas y miles de muertos. Generalmente acaban con la vida de quienes las trafican, ya sea a manos de las fuerzas armadas o de sus propios compinches (nota: esta no es una mala palabra). Lo que sí sé es que estas drogas son costosas. La historia de estas drogas es fascinante y algo ya he escrito al respecto aquí mismo, porque ya es tiempo de que les enseñemos a nuestro vecinos, los mismos de siempre, que ellos fueron los que causaron que se consumieran en su país con tanta enjundia. Y reflexiono (sí, señor, a veces lo hago) si el Chapo Guzmán, si el Mayo Zambada o sus similares hubieran sabido de antemano lo que se ganaba en la industria farmacéutica, de weyes se hubieran metido a producir, traficar y transportar las drogas duras; además, sabiendo que la industria mencionada es un robo, pero en cambio es totalmente legal. Les voy a poner un ejemplo que se me ocurrió cuando me recetaron hace años, por primera vez, una droga para “bajar” mis niveles de colesterol en la sangre y que producen los Laboratorios Pfizer (pero puede ser cualquier medicamento hecho por otro laboratorio). La sal se llama atorvastatina (¿será porque “te atoran”?). La caja de dicho fármaco, con 30 tabletas de 20 mg cada una costaba un ojo dela cara y la pupila del otro. Ahora ya, en 2026, sólo cuesta 3050 con lo que te dan 600 mg de atorvastatina, lo que quiere decir que cada gramo de esta sustancia cuesta $5045. Para que ustedes se den una idea, un gramo de oro puro de 24 kilates en México hoy, cuesta aproximadamente $2300. O sea que la sal cuesta casi poco más del doble que el oro. Yo estoy de acuerdo en que las farmacéuticas gasta (invierten) mucho dinero investigando y siguiendo los protocolos a veces absurdos de la FDA —como quedó demostrado al permitir la venta de las vacunas contra el COVID 19 sin llevarlos a cabo por completo— como todos aquellos que hacen investigación, pero esas inversiones ya se pagaron hace decenas de años. Afortunadamente ahora ya contamos con los medicamentos genéricos y similares que es un logro de los gobiernos anteriores a los de la 4ª Transformación y que no se menciona nunca. Imagino que no les conviene, ahora que presumen de que todo lo bueno es de sus funestos periodos. Esto echa por tierra el lema de la Cuatro T de “primero los pobres”, porque ¿cuáles pobres podrían comprar medicinas recientes? El gobierno no se mete a controlar los precios desmesurados ni de los medicamentos ni de ninguna otra cosa. ¿Qué tal los costos por ver en el Estadio Azteca un partido del Mundial? Tal vez si el gobierno les pagara lo que les debe a las farmacéuticas, no faltarían las medicinas en todo el país y habría un mejor control de sus precios. ¡El Chapo, el Mayo y compañía deben estar en sus diminutas celdas echando humo por las narices! Y han de decirse: “si hubiéramos sabido…”

viernes, 5 de junio de 2026

Dos cuentitos geniales

Este cuento brevísimo con frecuencia se le atribuye a Gabriel García Márquez, pero no es de él. Procede de mucho antes: de tiempos del Talmud. "El criado llega aterrorizado a casa de su amo. -Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza. El amo le da un caballo y dinero, y le dice: -Huye a Samarra. El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado. -Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice. -No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá." Y otro, aún más breve: "Y cuando despertó, el dinosaurio aún seguía ahí"

sábado, 25 de abril de 2026

Homeopatía: ¿timo o medicina? Esto es un transcrito de un artículo que no es mío, pero que apoyo totalmente.

¿Medicina? Definitivamente, no. Ambas tuvieron un origen común hace tres siglos, pero hoy los métodos pseudocientíficos se acercan más a la superstición que a la curación. Corren malos tiempos para la homeopatía. Hace unos meses, Australia impuso la retirada de los productos de medicina alternativa de las farmacias y Estados Unidos anunció la obligación de comercializarlos con la advertencia de que no son medicamentos. En 2015, un niño murió en Italia porque sufría otitis y se le trató con los métodos de esta pseudociencia. Hay lectores que pueden sorprenderse al leer estas noticias porque aparenta ser un tratamiento seguro. De hecho, hay facultativos que se anuncian como homeópatas. En Madrid existe un hospital que se rige por la filosofía de este dudoso sistema curativo. Incluso hay universidades que ofrecen másteres en esta disciplina. Y por supuesto, en muchas farmacias encontrará este rótulo en letras grandes. MÁS INFORMACIÓN “La mayoría de los farmacéuticos cree que la homeopatía es un timo” Las ‘medicinas alternativas’ aumentan hasta un 470% el riesgo de muerte en pacientes de cáncer (no hay alternativas: o se es medicina o es herbolaria) El declive de la homeopatía, un negocio fomentado por el sistema La realidad es que la homeopatía es a la medicina lo que la astrología a la astronomía o la alquimia a la química. Todas tuvieron un origen común hace tiempo, pero la medicina es una ciencia y la homeopatía sigue siendo una superstición. Surge de las ideas de Samuel Hahnemann. A finales del siglo XVIII ingirió una sobredosis de quinina como experimento para cuestionar los postulados del libro del médico escocés William Cullen que estaba traduciendo. Esto le produjo unos síntomas que asoció con la malaria. A partir de ahí desarrolló los postulados de que lo similar cura lo similar y que cuanto más diluido esté un principio activo es más potente. Ninguna de estas ideas era correcta. Para empezar, los síntomas de un envenenamiento por malaria no son los que él describía, por lo que posiblemente lo que sufrió fue algún tipo de alergia. Lo similar no cura lo similar. La mejor prueba es que el dolor no es como una amapola, pero de esta planta se extraen potentes analgésicos. Tampoco algo es más potente cuanto más diluido, y lo puede comprobar cualquiera que le eche agua al whisky. Sin embargo, en su momento, la propuesta de Hahnemann podía tener sentido. En aquella época anterior a los ensayos clínicos, la medicina “oficial” utilizaba terapias agresivas y sin ninguna eficacia como lavativas, sangrados, inducir vómitos o administrar productos tóxicos como el arsénico, el mercurio y el plomo. Era más probable que el paciente se muriera por el tratamiento que por la propia enfermedad. En ese contexto, un método basado en dar agua o pastillas de azúcar, es decir, en no hacer nada, evitaba el daño que provocaba la propia medicina, y los resultados, para afecciones que podían curarse solas, eran muy satisfactorios. Por eso triunfó hace 200 años. No obstante, en dos siglos la ciencia ha avanzado mucho. La aplicación del ensayo clínico ha conseguido logros como la vacunación o los antibióticos, además de fármacos efectivos contra muchas afecciones que en tiempos de Hahnemann eran mortales y que hoy se consideran problemas menores. ¿Y qué ha hecho la homeopatía en este tiempo? ¿Alguien conoce algún tratamiento pseudocientífico que haya desplazado a alguna medicación convencional? Ninguno. Y no será porque no se ha probado. Se han hecho cientos de experimentos para ver si tiene algún tipo de efectividad. De momento, sin éxito. ¿Y por qué se vende en farmacias? La homeopatía se beneficia de una excepción de la ley del medicamento según la cual para venderse no tiene que demostrar que es efectiva sino que es inocua, algo que no tiene problema en superar puesto que es agua y azúcar. Hace unos años se planteó una regularización, pero acabó en el limbo y ahora mismo los productos homeopáticos viven en un vacío legal. Por lo tanto, esta disciplina pseudocientífica pudo tener sentido hace 200 años, pero en la actualidad es como esas series que se alargan demasiado, una broma pesada de la medicina. Y si alguien quiere hacer un sencillo experimento sobre su efectividad, la próxima vez que vaya al dentista que pida un anestésico homeopático. A ver si siente dolor o no.
El mito de la pseudociencia Los productos homeopáticos son prácticamente agua. En los preparados se utiliza la nomenclatura CH (centesimal hahnemanniana) para indicar las veces que se ha diluido el producto original. 1 CH implica que se ha diluido una parte de tintura en 99 de agua. 2 CH, una parte en 9999 de agua. Es decir, las disoluciones que aplican están fuera de toda lógica científica. Hay especialidades homeopáticas de 30 y 40 CH que equivalen a disolver una molécula en una esfera de agua del tamaño del sistema solar o del universo, es decir, no hay nada, solo agua. Los homeópatas argumentan que el agua retiene la memoria de lo que ha disuelto y eso explica su efectividad. El misterio es cómo consiguen que recuerde solo lo que el pseudocientífico quiere que recuerde y olvide lo demás. De MFG: se necesitaría ser muy ignorante y muy crédulo para seguir creyendo en esta seudociencia. Si usted ya cayó en esta creencia, cuídese de no enfermar más.

miércoles, 8 de abril de 2026

Carta abierta a la Lic. Clara Brugada Molina, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México 8 de abril de 2026.

Distinguida Licenciada Brugada: Estoy seguro de que estará usted muy complacida con su labor frente a la gran y querida Ciudad de México. Mi intención al escribir estas buenas intenciones es señalarle, de manera respetuosa, algunas fallas que millones de citadinos notamos a diario y que han contribuido a que nuestra Ciudad haya perdido su grandeza, de la que el Maestro Novo escribió hace años. Estos detalles que enumero a continuación hacen que la Ciudad parezca más una ciudad pequeña que la Megalópolis de la que presumimos tanto en todo el mundo. Estoy seguro de que usted querrá distinguirse dejando una mejor Ciudad que la que le fue heredada para que su nombre sobresalga de entre los anteriores Jefes de Gobierno que hemos tenido. La conmino a que con el apoyo de sus habitantes deje usted una Ciudad de México con indudable grandeza, como París, Nuave York, Tokio o Roma. 1. La falta de seguridad en nuestros bienes y en nuestras personas. No podemos salir de nuestras casas sin el “Jesús en la boca” de que vamos a regresar. La verdad es que con los niveles ridículos de impunidad que tenemos en la Ciudad (sólo entran a la cárcel el 3% de los imputados), los ciudadanos y nuestras familias, —me refiero a los que somos trabajadores, cumplidos y honrados—, estamos tras de las rejas de nuestras casas o departamentos y los delincuentes andan libres afuera. Ellos tienen armas y falta de escrúpulos, nosotros no las tenemos para defendernos (y cada vez es más difícil obtener permisos para portar armas). ¿Ha tratado usted de intentar registrar y portar un arma por la vía legal? ¡Hasta de una carta de un psiquiatra se requiere! 2. Aunado al anterior, al salir a las calles, los que tenemos automóviles—que cada vez somos más—, nos encontramos con bloqueos y manifestaciones que ocurren por fallas del sistema: Los manifestantes bloquean porque no les cumplen lo ofrecido; no aparecen a los desaparecidos (luego, no hay control del crimen). Estamos encerrados en la Ciudad. ¿ le gustaría llevar a sus nietos o sobrinos a conocer su país en automóvil? Sin sus agentes de protección (merecida, por cierto) ¿se atrevería usted a salir a las carreteras así “puebleando”? ¿no, verdad? 3. Al mismo respecto, a la inseguridad para circular libremente, añadamos los montachoques, los policías mordelones que se la pasan viendo si la placa coincide con el día en que circulan los autos, los pedigüeños, las indígenas mexicanas o inmigrantes que piden dinero, los aparta-lugares, los tragafuegos y los limpiaparabrisas (además de los vendedores de mil productos). Por cierto, seguramente usted sabe por qué “trabajan” de esa manera. Porque ganan mucho dinero comparándolos con los asalariados, no pagan impuestos, y ¡trabajan cuando quieren y el tiempo que desean y a sus horas! La protección del IMSS no les importa porque hasta ahora es muy deficiente y los trámites para la jubilación son la mar de engorrosos y tardados. Le propongo que las autoridades los vayan registrando para que no puedan cobrar sus muchas ayudas gubernamentales compra-votos. 4. Con respecto a los paros, bloqueos y manifestaciones, seguramente no desconozco la Constitución que nos rige y tienen todo el derecho de hacerlos, pero ahora cualquier bolita de vecinos con el pretexto que sea bloquean vías de comunicación principales, con lo fácil que sería hacerlos subir a las banquetas para que protesten todo lo que quieran. Para eso están los granaderos y granaderas, lo mismo que están para impedir los desmanes del “grupo negro” durante las manifestaciones del Día de la Mujer (8M). ¿Usted cree que en Nueva York, Paris, Brasilia, Tel Aviv o Moscú dejarían bloquear las calles y pintarrajear paredes y estatuas a quien fuera a la hora que fuera? ¡Ya es tiempo de quitarnos el miedo al Síndrome de Tlatelolco! 5. Ni hablar de las muchas manifestaciones públicas. ¿Qué le parece que en 2026, a 58 años de lo sucedido en Tlaltelolco, siga habiendo manifestaciones (para recordarlo) encabezadas por una bola de viejos que se dicen asistentes y/o testigos de lo que haya ocurrido? Todos los demás jovenzuelos ni idea tienen por qué están protestando. ¿Qué los parientes de los muertos de Ayotzinapa no se habrán dado cuenta de que, con todo el dolor de mi corazón, ya están fallecidos? ¿Y los quien vivos? Es mucho el poder en las manos del Gobierno de la CDMX, pero aún no llega a revivir a finados. A menos de que sean manifestaciones multitudinarias, deberían, por lo menos, avisar de ellas días antes, sus trayectos y su duración… y hacerlo por las banquetas y sin destruir propiedad privada o pública. 6. La contaminación del aíre es debida no sólo al gran número de automóviles, que se deben a la falta de un buen transporte masivo, a la mala calidad del combustible que utiliza la CFE, sino también a la pésima calidad del pavimento contaminante que el Gobierno de la Ciudad se empeña en seguir usando y a la cantidad de fábricas que se asientan en la Ciudad. Esto nos lleva al tema de los baches: en vez de usar concreto hidráulico en las vías principales, se insiste en bachear con ese terrible pavimento, con lo que los millones de agujeros se convierten en topes (pequeños, pero topes). Además, están los cientos de topes que los propios citadinos y los Delegados mandan levantar en sus calles y hasta en sus avenidas (que por cierto, apenas se ven, pero se sienten). ¿Que no hay nadie que le diga a usted estos problemas y sus posibles soluciones? ¡Cambié de equipo, por favor! Hágalo por el bien del aire que respiramos todos. Y esto también nos lleva a la pésima calidad de la gasolina (¿o huachicol?) que se vende en el país, venga de donde venga. ¿En qué otra Ciudad grande del mundo sucede lo de la “doble contingencia”? Sé que la Ciudad está en un valle casi sin salidas, que hay inversiones térmicas, etc, pero no exenta la mala calidad del transporte público, del pavimento y de la gasolina. 7. Los súper camiones de carga, sobre todo los de una o dos o más cajas, deberían circular en horarios específicos por las noches o madrugadas. En parte, son culpables de los baches que nos aquejan, pues el pavimento tiene un límite en su desgaste, y por ellos deberán pagar un impuesto extra destinado a pagar las calles. Lo mismo los camiones refresqueros y similares. Las camionetonas SUV particulares deberían pagar un impuesto basado en su peso muerto además de la tenencia vehicular. ¿Eso, el horario especial, significa que las tiendas paguen más a los empleados que reciben las entregas? ¡Pues que les paguen más! Bastante caro cobran. 8. ¿Y qué me dice de la sincronización de los semáforos? Puede que los sincronicen un día, pero al día siguiente llegan los policías de tránsito (llamémosles “mamíferos”) y los descomponen, sin darse cuenta de que si un solo semáforo está desincronizado, afectará a muchos más. Si estuvieran sincronizados, habría un mejor flujo de autos y autobuses y sería menos engorroso el tráfico en la Ciudad que usted maneja y bajaría el problema de la contaminación. No se resolvería, pero amainaría. Y ya que estamos en eso, hay que volver a colocar los nombres de las calles con letreros adecuados a la época. Solamente en algunas colonias y en el Centro Histórico se pueden leer. Eso nos reduce al nivel de un pueblo. Dejo para otra ocasión el seguir escribiéndole mis puntos de vista, pero seguramente usted lo sabía desde el inicio de su campaña en pos del Gobierno de la CDMX: ¡NO ES NADA FACIL GOBERNAR UNA MEGACIUDAD COMO ESTA, sobre todo, llena de mexicanos! Su seguro servidor,