martes, 11 de agosto de 2026

Palabras a los candidatos a estudiar Odontología.

Dr. Manuel Farill 11 de agosto de 2026 Imaginemos a un grupo de muchachos que terminan la preparatoria o el bachillerato y son amigos entre sí. Tras de pasar los exámenes de selección, uno se inscribe en Derecho, otro en Administración, otro en Medicina, otro en Arquitectura y uno en Odontología. Pasan los años y todos, excepto el de odontología han prosperado y participan en pláticas sobre política (sobre todo el que estudió Derecho), en política mundial. Todos leen las noticias en sus tabletas o smartphones, excepto el de odontología, que prefiere jugar con ellos. Una cosa en común que tienen todo, menos ya saben quién, es que leen. Leen libros, revistas, periódicos. Alguno puede que hasta haya escrito un libro o cuentos o ensayos. El odontólogo no. Tal vez influenciado por su dentista o por sus profesores se conforma con ir a congresos patrocinados por la industria odontológica que patrocina a quienes dan conferencias sobre sus productos para que los dentistas asistentes se los compren. Tienen, en general, un público cautivo. Y hay muchos conferenciantes: de México, de Brasil, de EEUU, de Italia… Pero pocos de éstos han publicado trabajos sobre lo que hablan. O han publicado uno o dos. Y es que no siempre es fácil escribir artículos sobre una profesión que tiene tantos congresos y tantos asistentes ávidos de estar al adía sin esforzarse en leer e investigar y entresacar lo que es verdadero y útil. Las mismas escuelas y Facultades no están preparadas para que haya investigación verdaderamente útil y práctica. Para estudiar odontología, según la vastedad de la gente y vergonzosamente de muchas instituciones se requiere no ser asqueroso, no temerle a la sangre ni a las inyecciones, ser meticuloso, saber leer y escribir, huir de las matemáticas y demás ciencias exactas (química, física), no dar el ancho en la selección para ser médico cirujano y, sobre todo, tener gran habilidad manual. Por ejemplo: gustar de armar modelos de avioncitos, hacer esculturas pequeñas, jugar con éxito a los palillos chinos, que no tiemblen las manos, etc. Y esto está muy mal. Y además no toman en cuenta el costode estudiar y ejercer la carrera. Se ha demostrado que la habilidad manual no siempre corre pareja con la habilidad mental y a veces va en sentido inverso, así mismo, se ha demostrado que la presencia de las matemáticas y ciencias exactas va en aumento de la exactitud de las profesiones. No. Todo el párrafo anterior es mentira. Para ser un buen cirujano dentista u odontólogo se requiere de muchas cosas que hasta ahora no nos han pedido: una inteligencia superior a la normal, mostrar buenos hábitos de higiene y de estudio, tener disposición para trabajar en equipo, ser sencillo y capaz de escuchar opiniones de otros miembros del equipo de la salud, tener capacidad para actuar en situaciones de emergencia, tener empatía con las personas, mostrar facilidad de comunicarse con otras personas (mejor si se es extrovertido), saber resolver problemas, ser un excelente observador, tener mucha curiosidad, tener inventiva y poner mucha atención a los detalles, tener verdadero interés por aliviar el sufrimiento humano y por fomentar la salud, ser constante y tenaz, poseer cultura general (si no, ¿de qué hablamos con los pacientes mientras tienen la boca abierta?); y, ahora sí, tener una mediana habilidad y destreza manuales (la gran habilidad se desarrolla durante los estudios). ¿Se dan cuenta de que he descrito a una persona con dotes de liderazgo? Eso se requiere en esta profesión: líderes para dirigir equipos de la salud, para dirigir nuestras asociaciones, para escribir artículos, para viajar a congresos en otros países… Adicionalmente hay que tomar en cuenta el costo de la carrera, que si no es la más costosa si está entre las 5 más costosas. Porque para ejercerla se requiere montar un consultorio por lo menos básico que no dee costar menos de $33,000 dólares estadunidenses (lo pongo en esta moneda para evitar fluctuaciones con la nuestra), pagar rentas o adquirir un local y durante por lo menos el primer año esperar a aque lleguen los pacientes. En lo personal, tardé 7 años en tener honorarios ya fijos. Puede que esta llegada de pacientes ahora sea más larga por la gran oferta de servicios. Habemos más o menos 250,000 cirujanos dentisas en el país más unos 180,000 que están estudiando la carrera en una de los cientos de “universidades” que se han formado para medrar con este súbito interés (imco.com/comparacarreras)) O bien, el candidato a ser CD puede atenerse a ser un empleado más en alguna clínica “de cadena” o si es suertudo en el consultorio de otro dentista ya acreditado. Pero eso no para lo que estudiamos, ¿o sí? ¡Queremos o no mejorar a la profesión y sus profesionistas para acrecentar la salud del público? Es curiosa nuestra finalidad como profesión, como todas las de la salud: luchamos para acabar con las causas que justifican su existencia. Con el tiempo vamos a desarrollar, además, la capacidad para hablar con personas que están sufriendo, vamos a poder convencerlas de hacerse tratamientos incómodos. Un dentista tiene que saber gestionar bien sus tiempos y movimientos, ser organizado, debe liderar un equipo de personas quienes son las que dan las citas, tranquilizan y orientan a los pacientes, limpian el consultorio y cobran los honorarios justos del propio dentista, quien debe vestir apropiadamente y ofrecer un aspecto de pulcritud. Un dentista debe saber tener un orden mental que le permita poner por escrito los expedientes, sus pensamientos, las órdenes de trabajo para los técnicos dentales, para comunicarse con sus pacientes y con otros profesionales de la salud, para explicar sus experiencias y hacer guiones de las conferencias y pláticas que le invitan a dar y para llevar un registro de sus actividades y de su vida si fuera necesario. Y para tener ese orden y escribir tiene que leer. ¿Leer qué? Todo: las noticias en periódicos, artículos científicos, novelas, libros de viaje y de aventuras, de administración y mercadotecnia, historia y geografía, diccionarios y misivas de otras personas, etc. Leer, aunque suene pretencioso, nos ayuda a organizar nuestra mente, a priorizar nuestras actividades personales y profesionales, nos clarifica la vida además de proporcionarnos cultura y conocimientos. Leer es absorber experiencias ajenas para enriquecer las nuestras. Y para escribir bien, hay que haber leído, mientras más, mejor, y en eso los dentistas fallamos tremendamente. ¿Por qué? Leer se aprende desde la infancia, desde la casa, el ejemplo de nuestros mayores ayuda muchísimo. Mientras más temprano aprendamos a leer, mejor. Más tarde, nuestros profesores y profesoras nos enseñaron a leer de corrido, a explorar otros mundos. En la Facultad nuestros profesores nunca nos enseñaron a leer porque ellos mismos no lo hacían. La carrera misma tiene el defecto de no exigir una cultura amplia, no exige leer salvo algunos capítulos de libros o legajos de copias fotostáticas o tal vez de algunas revistas. Y ahora, con los “medios electrónicos” ya ni se lee, se muerden pedacitos de párrafo o de página. Todo esto sucede porque entre otras cosas, el sistema para elegir los candidatos a estudiar las carreras no es el idóneo, ni los estudiantes ahora eligen sus carreras por vocación, sino con el ánimo de hacerse de dinero con facilidad y lo antes posible. Falta, hace mucha falta, un verdadero análisis de la vocación profesional. Otro factor importante en la falta de lectura radica en el encarecimiento de los libros y del papel. Las editoriales se han visto obligadas a subir los precios de sus productos aunque a veces parece exagerado. Y aquí las bibliotecas públicas y las de las escuelas deberían aceptar tener miembros que pudieran ir a ellas a estudiar o a recopilar datos, pero eso es muy difícil. Y los autores de texto también deben ingeniárselas para ya no escribir textos aburridos tipo principio del Siglo 20, sino tener formatos que los hagan más legibles para los muchachos de hoy, tal vez más parecidos a lo que buscan en las redes sociales. Un factor adicional es que ahora la lectura tiene mucha más competencia con otros medios de gratificación, como son los medios electrónicos y las redes sociales, juegos electrónicos, TV con mil canales, actividades sociales, etc. Y si esto sucede con la lectura por placer, la que llamamos recreativa, imaginemos ahora lo que sucede con la lectura analítica, de comprensión, para estudiar y aprender que exige concentrarse en conceptos muchas veces desconocidos, nuevos, o de plano aburridos y confusos. Este tipo de lectura demanda interés por el tema, tiempo, esfuerzo, concentración y abstracción, además de encender la memoria, entre otras cosas. Y eso, parece, es mucho, demasiado pedir. Aquí me viene a la mente tres anécdotas: la primera, cuando di mis primeras clases en la recién fundada UNITEC, obligué a mis alumnos (3 grupos de 60 alumnos) a leer libros que no tenía nada qué ver con la odontología, recuerdo entre ellos “El Mono Desnudo” de Desmond Morris y otro libro de Carl Sagan, un maestro como promotor de la ciencia. Todavía, cuando me encuentro con ahora colegas que estuvieron en esos grupos, se acuerdan con gusto de haber leído. Y de que fui el único. La segunda anécdota, que estoy seguro a ustedes les llamará la atención: me encuentro con cierta frecuencia a colegas míos en restaurantes, fiestas, cocteles, cantinas o bares, viajes, etc. Pero nunca de los nuncas en librerías y menos aún en bibliotecas. Y leer también hace nacer, o crecer, a la creatividad. Hermana de la curiosidad. Debería haber en todas las carreras una materia llamada “Creatividad”, que fuera obligatoria y secuencial para abrir los ojos de los alumnos para que tengan inventiva, a que deben estimular y estirar su imaginación para crear materiales, aparatos y técnicas más útiles, más novedosas pero para utilidad de la profesión (y de los pacientes, claro). La falta de la creatividad es fatídica en cualquier profesión, porque garantiza que esta se paralice, se vuelva inmóvil. Y si algo sabemos todos es que todo cambia con el tiempo. Sin ella, no se estimulan la investigación ni la creación de nuevos conocimientos que pueden hacer a la profesión más accesible y codiciada por el gran público. Se fomenta la indolencia.. No se enseña el Método Científico ni se impulsa el análisis crítico de lo que aprendemos. Simplemente nos creemos todo lo que nos dicen. Y, por experiencia, les puedo afirmar que los que empiezan a creer todo lo que se dice, acaban creyendo absolutamente todo, por más descabellado que parezca. A lo largo de mi vasta carrera profesional como maestro he sido testigo de cuántas nociones falsas o no sustentadas científicamente me han transmitido mis oyentes y alumnos, mismas que les han sido transmitidas a su vez por otros conferenciantes y profesores que escuchan en congresos. Muchas son verdaderos disparates. Tenemos que interesarnos verdaderamente en lo que queremos o necesitamos aprender y luego hacer juicios críticos de cómo se llegó a esa conclusión. ¿De dónde proviene el hasta ahora el empírico conocimiento? ¿Quién y en que publicación aparece? ¿En dónde se puede consultar? ¿Proviene de una institución y de autor o autores reconocidos? ¿Esa publicación es reconocida por nuestros iguales o es una publicación advenediza y esporádica? ¿Está publicado en un artículo o es fruto de una charla? ¿Nos lo dijo un profesor porque así lo hace él y le sale bien o tiene una base científica real? Todo eso cuenta para averiguar la verdad. Una manera sencilla, fácil de comprender, es preguntar tres veces seguidas “¿Por qué?” Por ejemplo: “El timol desinflama la pulpa dentaria” ¿Por qué? “Porque lo dice mi profesor” ¿Por qué? No sé. Pues consúltalo y verás que no es verdad. Generalmente la gente no aguanta contestar las tres veces. Además debemos preguntarnos: lo que me dices ¿no causa daños en otra parte del organismo? ¿No estaremos creando un problema en otro sitio? Porque nuestra profesión es para prevenir problemas, mantener la salud y curar la enfermedad y no para aumentar los daños. De ahí que sería muy positivo, como se hizo en la ENO de la UNAM en los años sesenta que tras el examen profesional el nuevo miembro se comprometiera a cumplir la versión de Ginebra en 2017 del Juramento Hipocrático. ¿Qué es eso? ¡Averígüenlo, lectores! APARIENCIA. Fundando tres escuelas de odontología (que si fuera por mí ahora cerraría por saturación de la oferta), he conocido todo tipo de estudiantes, desde los catrines—que son los arregladitos, bien peinados, con zapatos lustrosos— hasta los hippies y unos que realmente parecían indigentes. Como decían mis maestras de primaria: “no importa que traigan ropa viejita, pero limpia y bien remendada…” y es cierto. La apariencia marca nuestra personalidad. Yo prefiero dejar una impresión de arreglado y limpio entre la gente que de hippie. En general, como vista uno así vestirán sus pacientes. No siempre, pero casi. En general, la regla aplica aquí: ¿Con la dentadura limpia y blanca y aliento fresco o con halitosis? ¿cómo les gustaría que vistiera o se arreglara su dentista? ¿Quisieran a uno peludo y barbón? ¿Que los atendiera con una bata o filipina con manchas de cera azul. Con el rostro brilloso y los ojos inyectados? ¿Qué le olieran mal las manos o cualquier parte del cuerpo? Pues a trabajar en la limpieza, vestimenta y la apariencia. Son cuatro las Reglas de Oro* para ello: 1. Trata a tus pacientes como te gustaría que te trataran a ti. 2. Ten la apariencia que te gustaría que tuviera un médico al que visitas. 3. Convierte tu consultorio en aquel en el que te gustaría que te atendieran. 4. Tus socios y personal auxiliar deben ser los que te gustaría te trataran. *Sugiero la lectura del libro “Cómo Aumentar el Número de Pacientes y de Tratamientos Aceptados”, 2 ed. De mi autoría disponible en mi consultorio. Otro factor por el que los dentistas no leen es porque no se les estimula la curiosidad ni la creatividad, que es la que ha hecho millonarios a los estadunidense de Silicon Valley, “la creatividad es un proceso dinámico, es el motor de del desarrollo personal y ha sido a base del progreso de toda cultura” (Joachim Bolaños, La Crteatividad, cuaed, unam, mexico). Einstein dijo;: “La creatividad es contagosa, pásala”. Es ver una piedra e idear una rueda. Debería haber en todas las carreras, una materia obligatoria y secuencial que se llamara Creatividad, para estimular el ingenio de los alumnos. La falta de ella es mortal en cualquier profesión, porque invita a la inmovilidad, a la parálisis. Junto con ella, hay que impulsar el conocimiento del Método Ciantífico y el análisis crítico de lo que los profesores nos quieren “enseñar”. Además, los libros e han encarecido mucho y no hay tantas bibliotecas (y menos del tema odontológico actualizado) como para ir a estudiar a ellas, lo cual no es justo.

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