sábado, 25 de abril de 2026
Homeopatía: ¿timo o medicina? Esto es un transcrito de un artículo que no es mío, pero que apoyo totalmente.
¿Medicina? Definitivamente, no. Ambas tuvieron un origen común hace tres siglos, pero hoy los métodos pseudocientíficos se acercan más a la superstición que a la curación.
Corren malos tiempos para la homeopatía. Hace unos meses, Australia impuso la retirada de los productos de medicina alternativa de las farmacias y Estados Unidos anunció la obligación de comercializarlos con la advertencia de que no son medicamentos. En 2015, un niño murió en Italia porque sufría otitis y se le trató con los métodos de esta pseudociencia. Hay lectores que pueden sorprenderse al leer estas noticias porque aparenta ser un tratamiento seguro. De hecho, hay facultativos que se anuncian como homeópatas. En Madrid existe un hospital que se rige por la filosofía de este dudoso sistema curativo. Incluso hay universidades que ofrecen másteres en esta disciplina. Y por supuesto, en muchas farmacias encontrará este rótulo en letras grandes.
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La realidad es que la homeopatía es a la medicina lo que la astrología a la astronomía o la alquimia a la química. Todas tuvieron un origen común hace tiempo, pero la medicina es una ciencia y la homeopatía sigue siendo una superstición. Surge de las ideas de Samuel Hahnemann. A finales del siglo XVIII ingirió una sobredosis de quinina como experimento para cuestionar los postulados del libro del médico escocés William Cullen que estaba traduciendo. Esto le produjo unos síntomas que asoció con la malaria. A partir de ahí desarrolló los postulados de que lo similar cura lo similar y que cuanto más diluido esté un principio activo es más potente. Ninguna de estas ideas era correcta. Para empezar, los síntomas de un envenenamiento por malaria no son los que él describía, por lo que posiblemente lo que sufrió fue algún tipo de alergia. Lo similar no cura lo similar.
La mejor prueba es que el dolor no es como una amapola, pero de esta planta se extraen potentes analgésicos. Tampoco algo es más potente cuanto más diluido, y lo puede comprobar cualquiera que le eche agua al whisky. Sin embargo, en su momento, la propuesta de Hahnemann podía tener sentido. En aquella época anterior a los ensayos clínicos, la medicina “oficial” utilizaba terapias agresivas y sin ninguna eficacia como lavativas, sangrados, inducir vómitos o administrar productos tóxicos como el arsénico, el mercurio y el plomo. Era más probable que el paciente se muriera por el tratamiento que por la propia enfermedad. En ese contexto, un método basado en dar agua o pastillas de azúcar, es decir, en no hacer nada, evitaba el daño que provocaba la propia medicina, y los resultados, para afecciones que podían curarse solas, eran muy satisfactorios. Por eso triunfó hace 200 años.
No obstante, en dos siglos la ciencia ha avanzado mucho. La aplicación del ensayo clínico ha conseguido logros como la vacunación o los antibióticos, además de fármacos efectivos contra muchas afecciones que en tiempos de Hahnemann eran mortales y que hoy se consideran problemas menores. ¿Y qué ha hecho la homeopatía en este tiempo? ¿Alguien conoce algún tratamiento pseudocientífico que haya desplazado a alguna medicación convencional? Ninguno. Y no será porque no se ha probado. Se han hecho cientos de experimentos para ver si tiene algún tipo de efectividad. De momento, sin éxito. ¿Y por qué se vende en farmacias? La homeopatía se beneficia de una excepción de la ley del medicamento según la cual para venderse no tiene que demostrar que es efectiva sino que es inocua, algo que no tiene problema en superar puesto que es agua y azúcar. Hace unos años se planteó una regularización, pero acabó en el limbo y ahora mismo los productos homeopáticos viven en un vacío legal. Por lo tanto, esta disciplina pseudocientífica pudo tener sentido hace 200 años, pero en la actualidad es como esas series que se alargan demasiado, una broma pesada de la medicina. Y si alguien quiere hacer un sencillo experimento sobre su efectividad, la próxima vez que vaya al dentista que pida un anestésico homeopático. A ver si siente dolor o no.
El mito de la pseudociencia
Los productos homeopáticos son prácticamente agua. En los preparados se utiliza la nomenclatura CH (centesimal hahnemanniana) para indicar las veces que se ha diluido el producto original. 1 CH implica que se ha diluido una parte de tintura en 99 de agua. 2 CH, una parte en 9999 de agua. Es decir, las disoluciones que aplican están fuera de toda lógica científica. Hay especialidades homeopáticas de 30 y 40 CH que equivalen a disolver una molécula en una esfera de agua del tamaño del sistema solar o del universo, es decir, no hay nada, solo agua. Los homeópatas argumentan que el agua retiene la memoria de lo que ha disuelto y eso explica su efectividad. El misterio es cómo consiguen que recuerde solo lo que el pseudocientífico quiere que recuerde y olvide lo demás.
De MFG: se necesitaría ser muy ignorante y muy crédulo para seguir creyendo en esta seudociencia. Si usted ya cayó en esta creencia, cuídese de no enfermar más.
miércoles, 8 de abril de 2026
Carta abierta a la Lic. Clara Brugada Molina, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México 8 de abril de 2026.
Distinguida Licenciada Brugada:
Estoy seguro de que estará usted muy complacida con su labor frente a la gran y querida Ciudad de México. Mi intención al escribir estas buenas intenciones es señalarle, de manera respetuosa, algunas fallas que millones de citadinos notamos a diario y que han contribuido a que nuestra Ciudad haya perdido su grandeza, de la que el Maestro Novo escribió hace años. Estos detalles que enumero a continuación hacen que la Ciudad parezca más una ciudad pequeña que la Megalópolis de la que presumimos tanto en todo el mundo. Estoy seguro de que usted querrá distinguirse dejando una mejor Ciudad que la que le fue heredada para que su nombre sobresalga de entre los anteriores Jefes de Gobierno que hemos tenido. La conmino a que con el apoyo de sus habitantes deje usted una Ciudad de México con indudable grandeza, como París, Nuave York, Tokio o Roma.
1. La falta de seguridad en nuestros bienes y en nuestras personas. No podemos salir de nuestras casas sin el “Jesús en la boca” de que vamos a regresar. La verdad es que con los niveles ridículos de impunidad que tenemos en la Ciudad (sólo entran a la cárcel el 3% de los imputados), los ciudadanos y nuestras familias, —me refiero a los que somos trabajadores, cumplidos y honrados—, estamos tras de las rejas de nuestras casas o departamentos y los delincuentes andan libres afuera. Ellos tienen armas y falta de escrúpulos, nosotros no las tenemos para defendernos (y cada vez es más difícil obtener permisos para portar armas). ¿Ha tratado usted de intentar registrar y portar un arma por la vía legal? ¡Hasta de una carta de un psiquiatra se requiere!
2. Aunado al anterior, al salir a las calles, los que tenemos automóviles—que cada vez somos más—, nos encontramos con bloqueos y manifestaciones que ocurren por fallas del sistema: Los manifestantes bloquean porque no les cumplen lo ofrecido; no aparecen a los desaparecidos (luego, no hay control del crimen). Estamos encerrados en la Ciudad. ¿ le gustaría llevar a sus nietos o sobrinos a conocer su país en automóvil? Sin sus agentes de protección (merecida, por cierto) ¿se atrevería usted a salir a las carreteras así “puebleando”? ¿no, verdad?
3. Al mismo respecto, a la inseguridad para circular libremente, añadamos los montachoques, los policías mordelones que se la pasan viendo si la placa coincide con el día en que circulan los autos, los pedigüeños, las indígenas mexicanas o inmigrantes que piden dinero, los aparta-lugares, los tragafuegos y los limpiaparabrisas (además de los vendedores de mil productos). Por cierto, seguramente usted sabe por qué “trabajan” de esa manera. Porque ganan mucho dinero comparándolos con los asalariados, no pagan impuestos, y ¡trabajan cuando quieren y el tiempo que desean y a sus horas! La protección del IMSS no les importa porque hasta ahora es muy deficiente y los trámites para la jubilación son la mar de engorrosos y tardados. Le propongo que las autoridades los vayan registrando para que no puedan cobrar sus muchas ayudas gubernamentales compra-votos.
4. Con respecto a los paros, bloqueos y manifestaciones, seguramente no desconozco la Constitución que nos rige y tienen todo el derecho de hacerlos, pero ahora cualquier bolita de vecinos con el pretexto que sea bloquean vías de comunicación principales, con lo fácil que sería hacerlos subir a las banquetas para que protesten todo lo que quieran. Para eso están los granaderos y granaderas, lo mismo que están para impedir los desmanes del “grupo negro” durante las manifestaciones del Día de la Mujer (8M). ¿Usted cree que en Nueva York, Paris, Brasilia, Tel Aviv o Moscú dejarían bloquear las calles y pintarrajear paredes y estatuas a quien fuera a la hora que fuera? ¡Ya es tiempo de quitarnos el miedo al Síndrome de Tlatelolco!
5. Ni hablar de las muchas manifestaciones públicas. ¿Qué le parece que en 2026, a 58 años de lo sucedido en Tlaltelolco, siga habiendo manifestaciones (para recordarlo) encabezadas por una bola de viejos que se dicen asistentes y/o testigos de lo que haya ocurrido? Todos los demás jovenzuelos ni idea tienen por qué están protestando. ¿Qué los parientes de los muertos de Ayotzinapa no se habrán dado cuenta de que, con todo el dolor de mi corazón, ya están fallecidos? ¿Y los quien vivos? Es mucho el poder en las manos del Gobierno de la CDMX, pero aún no llega a revivir a finados.
A menos de que sean manifestaciones multitudinarias, deberían, por lo menos, avisar de ellas días antes, sus trayectos y su duración… y hacerlo por las banquetas y sin destruir propiedad privada o pública.
6. La contaminación del aíre es debida no sólo al gran número de automóviles, que se deben a la falta de un buen transporte masivo, a la mala calidad del combustible que utiliza la CFE, sino también a la pésima calidad del pavimento contaminante que el Gobierno de la Ciudad se empeña en seguir usando y a la cantidad de fábricas que se asientan en la Ciudad.
Esto nos lleva al tema de los baches: en vez de usar concreto hidráulico en las vías principales, se insiste en bachear con ese terrible pavimento, con lo que los millones de agujeros se convierten en topes (pequeños, pero topes). Además, están los cientos de topes que los propios citadinos y los Delegados mandan levantar en sus calles y hasta en sus avenidas (que por cierto, apenas se ven, pero se sienten). ¿Que no hay nadie que le diga a usted estos problemas y sus posibles soluciones? ¡Cambié de equipo, por favor! Hágalo por el bien del aire que respiramos todos. Y esto también nos lleva a la pésima calidad de la gasolina (¿o huachicol?) que se vende en el país, venga de donde venga. ¿En qué otra Ciudad grande del mundo sucede lo de la “doble contingencia”? Sé que la Ciudad está en un valle casi sin salidas, que hay inversiones térmicas, etc, pero no exenta la mala calidad del transporte público, del pavimento y de la gasolina.
7. Los súper camiones de carga, sobre todo los de una o dos o más cajas, deberían circular en horarios específicos por las noches o madrugadas. En parte, son culpables de los baches que nos aquejan, pues el pavimento tiene un límite en su desgaste, y por ellos deberán pagar un impuesto extra destinado a pagar las calles. Lo mismo los camiones refresqueros y similares. Las camionetonas SUV particulares deberían pagar un impuesto basado en su peso muerto además de la tenencia vehicular. ¿Eso, el horario especial, significa que las tiendas paguen más a los empleados que reciben las entregas? ¡Pues que les paguen más! Bastante caro cobran.
8. ¿Y qué me dice de la sincronización de los semáforos?
Puede que los sincronicen un día, pero al día siguiente llegan los policías de tránsito (llamémosles “mamíferos”) y los descomponen, sin darse cuenta de que si un solo semáforo está desincronizado, afectará a muchos más. Si estuvieran sincronizados, habría un mejor flujo de autos y autobuses y sería menos engorroso el tráfico en la Ciudad que usted maneja y bajaría el problema de la contaminación. No se resolvería, pero amainaría. Y ya que estamos en eso, hay que volver a colocar los nombres de las calles con letreros adecuados a la época. Solamente en algunas colonias y en el Centro Histórico se pueden leer. Eso nos reduce al nivel de un pueblo.
Dejo para otra ocasión el seguir escribiéndole mis puntos de vista, pero seguramente usted lo sabía desde el inicio de su campaña en pos del Gobierno de la CDMX: ¡NO ES NADA FACIL GOBERNAR UNA MEGACIUDAD COMO ESTA, sobre todo, llena de mexicanos!
Su seguro servidor,
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