viernes, 28 de agosto de 2026

EL MUNDO QUE YO CONOCÍ CUANDO NIÑO

Allá por los cincuenta bajos el mundo y México eran muy diferentes a lo que ahora hay. Bueno: no eran diferentes. Eran otros. Otros que ya no existen. La Ciudad propiamente dicha terminaba más o menos en la Colonia del Valle hacia el sur. Más o menos en la Colonia Lindavista al norte. Luego, habían llanos en donde no pocos cazadores de palomas aprovechaban los sembradíos de maís para disparar y llevar a sus casa un platillo a base de palomas (había que escupir en el plato, discretamente, las municiones). Más allá de esos linderos estaban Tlalpan, Coyoacán, y las colonias del norte de la ciudad. Los niños clase media éramos muy felices porque nuestros papás nos dejaban salir a jugar a la calle hasta que el solo se pusiera. Jugábamos a las canicas (las famosas “cuirias”), el Yoyo Duncan hacía campeonatos nacionales, coleccionábamos estampitas, jugábamos béisbol, nos peleábamos con los niños de más allá. Los que teníamos bicis las montábamos toda la tarde porque eso sí: en las mañanas a la escuela a aprender. La diferencia entre escuelas públicas y privadas no era tan grande. Recuerdo que la Ciudad era más fría entonces. En invierno, cuando íbamos a la escuela, rompía yo el hielo que se formaba en el fregadero que era nuestra salida hacia la calle, Pasaba el camión por nosotros (mi hermano y yo), el número 2 guiado por las expertas manos del Sr. Mondragón, quien luego se hizo dueño de toda la flotilla de 15 camiones que tuvo la Escuela. Ahora la escuela tiene muchos más y de todos tamaños. Había más desigualdad social, había personas que se llamaban “pobres”, que eran más bien indigentes y vivían en casuchas de cartón en terrenos de los que se habían apropiado ilegalmente. Llagaba el dueño cuando ya iba a construir y los corría fácilmente, porque no había poder que los protegiera. Y se iban a otro terreno. Si: repito que había más desigualdad social pero la gente pobre era más honrada que ahora y mucho más digna. Los niños “pobres” que iban a la escuela (que no eran muchos) eran aplicados y las maestras solían decir: “niños, no importa que su ropita esté zurcida o remendada, pero que sea limpia”. Y así era. Nosotros vivíamos en la Ciudad de México, en la calle De la Morena esquina Anaxágoras, Colonia Del Valle (Zona Postal 12) y toda la inmensa cuadra tenía las banquetas terminadas, así que mis padres nos dejaban, junto con otros infantes, a mi hermano Jorge y a mí salir a “andar en bici” alrededor de la manzana, SIEMPRE Y CUANDO no nos bajáramos de la banqueta. Pues un día se me ocurrió hacer el experimento (tendría yo unos 9 años) de bajar a la calle y un auto se detuvo chirriando los frenos unos metros delante de donde yo estaba, bajóse un señor de unos 45 años, fue hacía donde yo estaba y subiendo mi bici a la banqueta me amonestó: “Niño ¡no te andes bajando de la banqueta porque te pueden atropellar!”. Aclaro que, como había pocos autos, pasaba uno por La Morena cada minuto, no más. Esa era la calidad de gente que había (es un solo ejemplo) y así cuidaban a los niños. Desde luego, nunca lo volví a experimentar. Hoy: si un auto se para chirriando delante de donde yo voy, me echo a correr porque seguramente vienen a robarme o a darme un levantón.

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