miércoles, 29 de noviembre de 2023
QUE SUCEDIÓ CONMIGO LA NOCHE QUE EL EJERCITO OCUPÓ CU.
Esto sucedió como las 7:30 PM de la noche del 18 de septiembre de 1968. Teníamos tomada la Escuela de Odontología protestando para que nos cambiaran al Director y en ella nos encontrábamos varios compañeros. En la Secretaría General de la Escuela estaba un compañero (le nombraré “Arnulfo”), trabajando en un mimeógrafo, haciendo volantes para difundir un mensaje del Comité Nacional de Huelga.
Yo tenía un compromiso con unos dirigentes en un restaurante llamado San Remo (ya no existe) situado en la parte sureña de la avenida de los Insurgentes a las 8:30. Así que ya me iba de la Escuela y al pasar por la Secretaría me topé con Arnulfo.
—Arnulfo, ya me voy. Traigo coche y si quieres irte conmigo te doy un aventón…
—Muchas gracias, Farill, pero me voy a quedar a seguir imprimiendo. Quedé de entregar estos boletines mañana temprano.
Lo que no sabía yo, pero luego intuí, es que él tenía una cita amorosa con una muchacha y seguramente quería quedarse a solas con ella. En el cuarto piso de la Escuela, en donde estaban las clínicas de Exodoncia y de Cirugía Máxilo-Facial había dos o tres recámaras, con todo y su mobiliario para dormir, que se llamaban “cuartos de recuperación”.
—Bueno—repuse—no te quedes muy noche y recuerda cerrar la Escuela con llave… “Picarón”, pensé.
—Así lo haré.
Tomé mi auto y me fui a casa a cambiarme de ropa y dirigirme al restaurante.
Unas dos horas después, serían las 9:30 PM estaba yo en el restaurante, cuando todos los comensales alcanzamos a escuchar muchos ruidos metálico muy fuertes que venían de la Avenida. Me sobresalté y asomé por la puerta. Estaban pasando por la gran Avenida una enorme cantidad de tanquetas y carros del ejército repletos de soldados, dirigiéndose a CU.
Luego luego pedí prestado el teléfono del restaurante y llamé a la Escuela para advertirles que se huyeran. Estando Arnulfo en la Secretaría, en donde estaban los teléfonos, no dudé que escucharía mi advertencia. Pero no contestó a la primera.
Ni a la segunda ni a la tercera ni a ninguna. Seguramente estaba en su cita… Luego se apagaron las luces de la calle y misteriosamente se cortaron los teléfonos.
Para no hacer el cuento largo, los soldados capturaron a Arnulfo y se lo llevaron. Luego me enteré que al Campo Militar 1.
Tres o cuatro años después me encontré a Arnulfo en la calle. De aquel muchacho rebelde, que conocí en la Escuela, vestido como estudiante, con el cabello alborotado, ahora me topaba a un joven vestido de traje y corbata y bien peinado. Era secretario particular de un político. La captura lo había cambiado. Me entristecí
viernes, 24 de noviembre de 2023
EL DIA EN QUE ME CONFUNDIERON CON UN MEDICO
Era 1967 cuando nos cambiamos de casa. De la Colonia del Valle a Copilco-Universidad.
Pero era casi la única casa que había en esa cuadra, entre Cerro Acasulco y Cerro Tuera. No había comercios pequeños alrededor: panadería, tortillería, misceláneas (¿se acuerdan de ellas?), tintorería, etc.
En la del Valle era al revés: sobraban estos establecimientos tan necesarios para la vida diaria. De manera es que a veces cuando yo regresaba de la Escuela de Odontología a comer, tenía que ir a comprar bolillos a la panadería más cercana, que estaba sobre Miguel Ángel de Quevedo hasta la entrada al centro de Coyoacán.
Naturalmente, iba yo sin quitarme el uniforme blanco, con el que teníamos que asistir a las clínicas que llevaba yo en aquel año. Iba yo en el tercer año de la carrera.
Compré el pan, subí a mi auto y me dirigí hacia la casa, pero yendo por Miguel Ángel de Quevedo hacia Av. Universidad me topé con un embotellamiento. ¿Qué pasaría?, me pregunté.
Había una persona atropellada a la mera mitad del arroyo vehicular, que impedía el paso fluido del tráfico.
Estaba yo tras el volante cuando vi que se dirigían hacia mí unos señores. Viendo que estaba vestido de blanco, uno de ellos gritó en dirección al atropellado:
—¡¡Aquí hay un médico!!—y me conminaron a bajarme del auto y a seguirlos. Iba yo muy nervioso, pues muy poco sabía yo de atender traumatizados. Menos que ahora, desde luego.
Pues bien, me encontré frente al caído, que apenas movía las piernas, pero tenía los ojos entreabiertos. No había sangre excepto en su cabello porque se había descalabrado.
Me hinqué a su lado y le pregunté qué parte de su cuerpo le dolía más y me señaló con la mano la pierna derecha. Entonces estaba yo rodeado de curiosos, a los que ordené se hicieran hacia atrás para “darle aire” al caído. Le levanté un párpado y noté que la pupila se contraía, buen signo neurológico. Me voltee hacia el público y les dije en voz alta:
—¡No hay shock!
Todos emitieron una exhalación ruidosa, como diciendo “menos mal”. Hagan de cuenta que les dije que el caído estaba vivo. Todos respiraron, sonrieron y casi aplaudieron. Yo me sentí muy bien: como flotando.
En eso, llegó un paramédico de la Cruz Roja que ya habían llamado anteriormente. En esos tiempos la Ciudad se podía cruzar muy rápidamente. Esos paramédicos sí saben qué hacer. Créanmelo porque ya me atendieron una vez a mí y hasta tomamos varios cursos de Primeros Auxilios cuando fui Presidente de la ADDF muchos años después.
Me dijo el paramédico—¿Cómo lo ve usted?—y le dije lo que había hecho y de lo que se quejaba el caído.
¡Uuufff! Me alivió saber que ya me podía (tenía) ir de regreso a la casa.
Vi cómo colocaban al accidentado en una camilla y le inmovilizaban la cabeza y se dirigieron a la ambulancia. Me levanté (estaba en cuclilas) y recibí varias palmadas en la espalda de los curiosos que había observado mi proceder. Yo, por si las moscas, me palpé la cartera para ver que todavía estaba ahí, ya saben ustedes…
Regresé a la casa y comimos acompañados de unos buenos bolillos.
Por cierto: los invito a que tomen un curso de primeros auxilios en la Cruz Roja (en ninguna otra parte). Lleven a su personal y a sus familiares interesados. Tal vez, no lo deseo, algún día les puedan salvar la vida a ustedes.
miércoles, 18 de octubre de 2023
¿Cómo se siente atender a un Presidente de México?
Por ahí de finales de 1982, porque asumió la Presidencia el 1º de diciembre de aquel año, hizo una cita odontológica conmigo el personal del Presidente Electo Miguel de la Madrid Hurtado (MMH).
Nos conocíamos porque yo había trabajado en la Secretaría de Programación y Presupuesto bajo su mandato, colaborado en su campaña política y le había atormentado con dos o tres discursos durante su campaña. Desde antes, le había entregado semanalmente las publicaciones que bajo mi responsabilidad en la Dirección Editorial se hacían en esa Secretaría de Estado.
Además, también durante su Campaña le había organizado un “encuentro con la profesión” en la fastuosa y elegante Aula de la Academia Nacional de Medicina en el Centro Médico Nacional. Aquí hay una foto de eso acto.
Socialmente, habíamos estado juntos en dos convites en casa de Miguel González Avelar, en donde me tocó oírlo rasgar la lira y cantar y conocí su ingenio y excelente sentido del humor, acompañado de su inseparable esposa Paloma.
Le dieron la cita odontológica el día y la hora que escogieron sus ayudantes (no recuerdo el día entre semana, pero sí la hora: las 7 AM). Ignoro si acudió por su voluntad o por la recomendación de Miguel González Avelar o de mi otro amigo, su médico personal, el Dr. Leobardo Ruiz, a la sazón Director General del IMAN.
Apercibí a mi personal a que estuviera puntualísimo tres cuartos de hora antes de la cita y que comprobara que todo funcionaba (sí: funcionaba) y que echara a “andar” la compresora y el sistema de vacío.
Llegué a mi consultorio en Av. Universidad a las 6:20 aproximadamente con la sorpresa de que no había ni un automóvil estacionado en ambas aceras de la avenida (muy transitada, era a 1.5 km. de la entrada de CU). Ignoraba yo que las grúas de tránsito se los habían cargado a todos a los corralones. Eso me atrajo la mala voluntad de varios vecinos.
Al llegar a mi consultorio noté que había varios hombres vestidos de oscuro con traje y corbata pululando por el garaje de 6 autos que solíamos tener y que la puerta de entrada estaba abierta, con la cuidadora del consultorio caminando como gallina sin cabeza entre aquellos “elementos”. Fue un alivio para ella verme llegar.
—Doctor, estos hombres son del Estado Mayor. Que dizque va a venir el Presidente…
—Si, Luz—un personaje inolvidable—. Así es. No debe tardar en llegar. ¿Quiere que se lo presente?
—UUy, entonces mejor voy y me pongo algo más elegante…
Estacioné el auto y entre al consultorio: había gente del EM en la azotea, en el jardín que había atrás de los consultorios y, en general, en todos lados. Gente muy correcta eso sí. Muy saludadores y respetuosos. MI personal estaba listo y vestido como debía ser.
Me tocó ver cómo llegaba el Presidente: viajaba en caravana de “hilito” (uno tras otro) de unos 5 o 6 autos. Al llegar a cierto punto de la avenida, dos de ellos con precaución bloquearon el paso de autos por la avenida—en la que por la hora no había mucho tráfico—, mientras que el auto en donde viajaba el Presidente entró en el garaje, el que inmediatamente fue tapado por los demás autos para que no le bloqueara nadie el paso o la salida. En esa ocasión viajaba en una camioneta negra Ford Fairmont. También negros eran los otros autos.
Entró MMH vestido con un traje gris perla con su acostumbrado paso marcial y muy erguido, seguido por dos militares. Uno era un Capitán y otro un Coronel (aún no lo habían ascendido). Nos saludamos afectuosamente y lo invité a pasar a hacerle unas radiografías de control. Al ir a entrar al cubículo que teníamos dispuesto para atenderlo, quiso entrar el coronel y le supliqué me dejara solo con el Presi. No quería, pero el mismo Presidente le indicó que lo esperara en la sala de recepción (en el consultorio no tenemos sala de ESPERA, porque no hacemos esperar, sino de RECEPCIÓN). No le gustó nada.
Revisé la boca del Presidente. Sus radiografías estaban como si le acabaran de salir los dientes y molares. Mientras comentábamos y revisaba yo su boca, porque él la tenía abierta, le indiqué cómo prevenir las enfermedades estomatológicas—aunque creo que no me hizo mucho caso, porque cuando lo volví a ver, años después en el consultorio que le pusieron en su casa, ya tenía dos trabajos en la parte superior de su boca.
En verdad, el sentimiento que tuve fue de mucho respeto y afecto y poniendo un cuidado extra al normal porque él me había confiado su salud bucal. Y una cosa es el amigo y el funcionario y otra muy diferente el encargado de cuidar de ésta.
Al salir, tras de dejarle impecable su boca y dientes y aplicarle fluoruro, que funciona mejor en adultos que en niños, salió con una gran sonrisa dándole las gracias a todos, incluso a Luz. El coronel, muy serio, lo seguía tratando de apresurar su paso y eso me hizo pensar:
—Perdón— le dije a éste último—¿a quién le mandamos el recibo de honorarios?
—¿Le va usted a cobrar al señor Presidente de la República?—acotó el coronel, haciéndose el sorprendido.
—Sí, señor coronel. Yo les tengo que pagar horas extras a mi personal y mi tiempo lo vale, así que ¿a dónde paso a recoger el cheque?
Para esto, el Presidente se estaba subiendo a su camioneta.
—¡Ejem!—espetó el coronel. —Mande usted el recibo a…. y me dio una dirección cercana mientras me echaba una mirada eléctrica.
El Presidente se despidió de todos nosotros.
Me visitó una o dos veces más (el coronel para entonces ya era General) y luego ya no supe dentalmente nada de él porque creo que lo empezaron a atender los dentistas militares. Uno o dos años después me llevó el Dr. Leobardo Ruiz a la casa del Presidente a que le colocara una Prótesis de Avance Mandibular, cosa que hice en su consultorio particular (que por cierto era una unidad con su sillón de Dentadec). Pero ahora ya sabía en dónde entregar mi recibo.
Años después tuve el gusto de recibirlo en mi casa, porque un grupo de jóvenes con ansias políticas lo invitaron a que les diera una ponencia sobre su entonces más reciente libro. Ahora era Director del Fondo de Cultura Económica. Adjunto la foto cuando me está dedicando un ejemplar.
¡Un tipazo honrado, bien plantado, enérgico y sumamente simpático y agradable al que le tocó una época económica y políticamente muy difícil, no sólo nacionalmente, sino en todo el mundo! Las mujeres decían, además, que él era guapo.
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miércoles, 4 de octubre de 2023
El 2 de Octubre no se olvida... ¡a pesar de sus 55 años!
Es de risa loca constatar que siga existiendo la “Marcha por el 2 de Octubre” a tantos años de los sucedido.
Y da risa porque los que encabezan la marcha son unos viejitos carcamanes (cada año menos y menos porque van muriendo) y un puñado de jovenzuelos que ni siquiera habían nacido cuando este acontecimiento tuvo lugar. Estoy seguro que muchos de ellos ni siquiera saben dónde es Tlatelolco.
En 100 años ninguno de nosotros estará aquí y todo lo que vivimos será historia antigua. Tlatelolco lleva 55 años y la Revolución 110.
Fue un hecho lamentable y doloroso que tuvo su origen en el entonces Secretario de Gobernación Luis Echeverría, saltándose la autoridad del Jefe Máximo Gustavo Díaz Ordaz,entonces Presidente .
El tiempo pasa inexorable y el 68 ya es historia, como la Revolución Mexicana que dejó más de un millón de muertos y a la que los jóvenes historiadores de hoy llaman “La Guerra Civil entre facciones”. Cómo se ve que no perdieron a algún ser querido en esa gesta o que no tuvieron un padre o un abuelo que les relatara lo que vivieron.
Uno testigo presencial y amigo mío, Luis González de Alba (QEPD), miembro prominente del Consejo Nacional de Lucha, que fue encarcelado por lo mismo y que escribió inteligentemente varios libros sobre lo sucedido, explica muy bien en estos textos cómo ocurrieron los hechos de esa triste día. Recomiendo a los lectores que consigan sus textos “Los Días y los Años” (escrito durante su estadía en Lecumberri), “Aquella tarde en Tlatelolco” y “Las Mentiras de Mis Maestros” para que sepan con claridad que sucedió y cuántos muertos hubo.
En fin: dentro de un año la marcha contará con menos viejitos y más jovenzuelos que se dejan llevar sin conocer bien a bien qué diablos están haciendo…
viernes, 15 de septiembre de 2023
Soy el Fan # 1 de Marco Antonio Muñiz.
Cuando se trató de escoger entre seguir a los roqueros o a los bohemios —¡uuuuhhh, hace tantos años!—, y habiendo sido yo mismo roquero hasta entonces, al escuchar las canciones de amor, los boleros, los pasillos, los tangos, me decidí continuar por el camino de los bohemios. Mis amigos ahora se burlan de mí porque no reconozco a Creedence Clearwater Revival de Led Zeppelin, y apenas admiro a los Beatles y, desde luego, a Queen. Pero las canciones conquistadoras, las que llegan al corazón, siguen siendo lo mío. Estoy hablando de 1963 más o menos.
Unos años después, acompañado por mis amigos (entonces matrimonio) Carlos Bellamy y Esperanza Ortiz Gea, y por mi novia amantísima Marcela Vivanco (con la que sigo casado 51 años después), fuimos a ver un show a un cabaret que estaba en la Glorieta de Insurgentes y Ángel Urraza, allá por la Ciudad de los Deportes y la Plaza de Toros México. Ese show era dividido por tres números, el primero era de algún cantante que empezaba, el segundo era Marco Antonio Muñiz y el tercer acto era nada menos que con Olga Guillot, la señora de la canción romántica. Ella no sólo cantaba, sino que “te fajaba” con su voz y estilo. Nos la pasamos muy bien, y creo que fuimos un buen público, porque al final cantaron al alimón Olga y Marco. ¡Algo inolvidable!
Por cierto Carlos sigue siendo un bohemio romántico que se sabe la mayoría de las letras de las canciones románticas en español, incluyendo las que le enseñó su padre, quien también tocaba la guitarra con canciones naturalmente de sus tiempos. Desde entonces, esto ha de haber sido en los años 70 o 71, quedé atraído por el estilo y la estupenda voz de Marco Antonio Muñiz, ahora llamado “El lujo de México”.
Marcela mi esposa lo atendió una vez en su consultorio porque ella hacía la parte odontológica de los exámenes completo que hacían los hospitales.
Y en verdad, no creo que haya nadie de los actuales que lo pueda sustituir, ni por voz, ni por estilo, ni por categoría. ¡Qué lástima! Mi esperanza era José José, pero por la vida que llevó se nos fue muy pronto.
Marcela y yo, y luego mis amigos, hermanos y compadres seguimos a MAM durante toda su vida profesional, y acudimos a sus shows en el Premiere, en el Fiesta Americana, en el Auditorio Nacional y en Bellas Artes. Ahora cuento con la colección completa (en vinilo) de sus 53 discos originales, porque ahora la disquera está haciendo reediciones de algunos de sus discos cambiándoles de nombre.
Un día estaba yo en el consultorio cuando me habló mi entonces amigo Rubén Malpica para decirme que si quería platicar con Marco me fuera “volado” a su consultorio, porque iban a operar a una pariente de él. Ni tardo ni perezoso me fui para alá, a la Colonia del Valle, y efectivamente platique una media hora con él y logre que me autografiara uno de sus discos.
Otra ocasión, Marcela mi esposa, atendía dentalmente al Director de su disquera, quien con su esposa nos invitó amablemente a ella y a mí a uno de sus shows en el Hotel Fiesta Americana de Av. Reforma. Tras el show, el director nos llevó a la suite en donde Marco atendía a sus amigos. Resultó ser un hombre agradable, simpático y ocurrente. Recuerdo de esa vez a a María del Sol y a Manzano ( Henrruchitode los Polivoces). Tomamos unas copas y nos invitó a Marcela y a mí a quedarnos en su suite (él ya se iba a su casa junto con sus invitados), a lo que nos negamos. Ya casi amanecía.
Me aprendí muchas de sus canciones, aunque como ustedes de sobra sabrán me falta su voz —que tiene una tesitura amplísima, esto es: llega a tres escalas, un aire inagotable en una voz varonil, metálica nada nasal y muy cuadrada (no se atrasa ni se adelanta). Nadie de los ahora cantantes puede decir esto. O presumir que aparece con María Félix en la película La Cucaracha.
Su época de oro creo yo fue en los años 70-90. Después se dedicó a promocionar a sus hijos que cantan muy bien, sobre todo los menores (creo yo). Su CD llamado Bohemia, con Manzanero, Jose José y Di Blasio (al piano) es una verdadera joya. Y mis favorito son Con la Rondalla Tapatía y en el que aparece haciendo duetos con JA Jimenez, Agustin Lara y Lucha Villa, mi paisana.
No cabe duda, cuando uno tiene talento, está destinado a triunfar. Aunque haya sido flaco y bigotón, como él. ¡Saludos, Marco!
viernes, 8 de septiembre de 2023
El Gordo, un cuate inolvidable.
Estamos en 1969. Mis amigos y yo nos volvimos muy adictos a asistir a un restaurante-bar llamado “Ingrid” en la glorieta SCOP, en Av. Universidad, Cumbres de Maltrata y Dr. Vértiz. Ahí hacíamos nuestras tertulias y bebíamos cubas libres. Todavía guardo algunos vasos de ese sitio. Escribo esto porque ya cuando estábamos en 5º año de la carrera andábamos todo el día vestidos de uniforme blanco. Éramos doctores, después de todo. Y esto lo narro para hablar de “El Gordo”.
Este personaje que no sé de dónde salió, era muy amigo de uno de mis cuates. Era un hombre muy alto y sumamente corpulento, yo diría que pesaba unos 200 kilos. Era muy rico, pues poseía muchas zapaterías en la Ciudad. Estaba casado con una mujer bajita y delgada. Ambos tendrían entonces unos 45 años. Ella decía que era la única mujer que sentía dos orgasmos cada vez que hacían el amor: uno cuando sentía el orgasmo en sí, y otro cuando el Gordo se “bajaba” de ella.
Pues este Gordo una vez nos invitó, éramos unos cinco amigos jóvenes, a comer al restaurante La Mansión que está en A. Insurgentes, casi esquina con Concepción Beistegui. Por allá por el WTC. Tomamos bastantes cubas antes de comer, y luego, cuando se acercó el Capitán de meseros, el Gordo le dijo: Nos trae la carta, por favor… A lo que el mesero respuso: las tienen frente a ustedes, señor. No, le dijo el Gordo, tráiganos toda la carta: todo lo que contiene su menú, nomás de poquito a poquito. Y tráiganos dos botellas de este vino, y señaló a uno (a mí entonces me daba lo mismo, era la fatídica pero indispensable época del Calafia). El mesero se quedó boquiabierto y repitió la pregunta, obteniendo la misma respuesta. Debo aclarar que entonces la carta de La Mansión no era tan vasta como la de ahora.
Nos trajeron la carta y de poquito en poquito, probamos todas las sopas, todos los cortes de carne, las ensaladas y los postres, escanciados con vino y más cubas. Nos tardamos unas dos horas y media, pero nos despachamos toda la carta. Claro que el Gordo comía por tres o cuatro de nosotros. Hasta los cafés nos tomamos. Al salir yo sentí como que me había comido a un perro vivo, porque algo se movía en mi panza.
Del Gordo—y me da pena no acordarme de su nombre— se contaba la anécdota de que una vez, al inaugurarse el hotel El Presidente en la Glorieta de la Diana en Acapulco, había ido al bar de la alberca. Como era Gordo y hacía un calor acapulqueño, estaba sudando a mares (siempre estaba sudado). Se sentó en la barra del bar con palapa y le dijo al cantinero, mientras se secaba el sudor que le escurría por el rostro con un pañuelo: “Tráeme la cuba más grande del mundo…”. Se refería a una en un vaso grande, claro. Pero el mesero, que ha de haber sido bromista, puso en una jarra para agua una botella de ¾ de ron Bacardí blanco, dos coca-colas gigantes, jugo de limón y mucho hielo y se lo sirvió al Gordo, que se le quedó viendo al cantinero. Aceptó el reto y poco a poco se acabó esa cuba. Pero, no conforme y por seguir la broma, le hizo al cantinero la señal universal de mover el dedo girándolo para ordenar lo mismo. Ahora el que se quedó boquiabierto fue el empleado, pero le sirvió una segunda botella igual que la otra. Claro que no fue en media hora, el Gordo dejaba pasar el tiempo. Ya la gente se arremolinada alrededor de la cantina—y ordenaba bebidas—para ver si sería capaz de beberse la segunda cuba “más grande del mundo”. El Gordo se la fue chiquiteando—como se dice—y ¡se la acabó! La gente no lo podía creer. Entonces, viendo que el negocio de la cantina había sido un éxito, el cantinero le puso oootra al Gordo, y le dijo: esta es de la casa… Y una hora más tarde el Gordo la terminó. Claro que se hizo famoso en ese bar—que era elegante—y en Acapulco. En 4 ó 5 horas se tomó, sin emborracharse, tres botellas de ron y seis de coca cola gigante.
Bueno, pero esto viene a cuento porque una tarde que estábamos llegando al Ingrid, uno de mis cuates me dijo que el Gordo había decidido regenerarse y bajar de peso y para ello se había internado hacía una semana o dos en el Instituto Nacional de la Nutrición, que entonces estaba en la Colonia de los Doctores. ¿Vamos a verlo?, me preguntó. ¡Vamos!, le repuse y nos fuimos en mi carro.
Entramos al hospital, preguntamos cuál era su cuarto (en el área de los que pagan, claro) y tocamos la puerta en el momento que su señora, la menudita, salía gritando como loca que ¡el Gordo se acababa de morir! Efectivamente, asomándonos al interior vimos al Gordo inerte, sin camiseta, sobre la cama. Sugerí a mi cuate a que fuera a buscar a un médico y mientras la señora me llevó hasta el Gordo y me hizo escucharle el corazón que, desde luego, ya no latía. ¡Me pegó mi oreja a su pecho! Llegaron mi cuate y el doctor y éste, desgraciadamente, certificó la muerte. El Gordo, la leyenda, había dejado de existir tras perder apenas 80 kilos o algo así. Su corazónsote no aguantó.
Descanse en paz el buen y generoso Gordo.
miércoles, 30 de agosto de 2023
Novela, Cuento, Amistad con Escritores Jóvenes
Ya después de publicar mi primera novela, las cosas cambiaron: me plagiaron un cuento en la Editorial Diana (El Cuento Erótico en México, recopilación de Enrique Jaramillo Levy, 1975) quien tenía por Director Editorial a un hombre apellidado Gayosso y que me concedió el descuento de autor en sus libros a cambio del robo. Don Edmundo Valadés—un ejemplo a seguir—me “plagió” otro para su prestigiada revista El Cuento y me atreví a llevar una colaboración a nada menos que la Revista de la UNAM, un cuento bellísimo (creo que de lo mejor que he hecho) dedicado a Marcelamia, titulado “Mariposa”.
Fue curioso lo que pasó con ese cuento que tiene mucho de realismo mágico. Creo recordar (hace ya 52 años de esto) que íbamos Marcela y yo a entregar mi colaboración a la Dirección de General de Asuntos Culturales, de Don Gastón García Cantú, y la entregué en sobre cerrado a una de sus secretarias. No quería que Don Gastón me negara el privilegio en persona. Marcela y yo nos fuimos inmediatamente hacia los elevadores cuando escuché la voz de Don Gastón que gritaba: “¿Dónde está el alumno de Odontología que acaba de traer un cuento?”. Me estremecí y regresando sobre mis pasos le dije (traía sus lentes puestos sobre la calva coronilla) “Soy yo, Maestro…”. Me respondió algo que me enorgullece y que a la vez me entristece: “¡Felicidades, compañero! Es la primera vez que recibimos una colaboración de la Escuela de Odontología…”. Y se fue. Al poco tiempo, y con ilustraciones de Jaime Goded, apareció mi cuento en la mencionada y prestigiada Revista de la UNAM. Que yo sepa, soy el único odontólogo que ha publicado ahí.
Desde 1968 me hice muy amigo de José Agustín, ahora perjudicado por el Mal de Parkinson, y de René Avilés Fabila (QEPD), los tres antiguos alumnos de Arreola, pero ellos con mucha más formación literaria que yo y, sobre todo, ellos muy influenciados por el célebre “alco-escritor” José Revueltas, comunista irredento y soez, aunque extraordinario escritor (ver “Los Muros de Agua” sobre sus experiencias en las Islas Marías, a donde fue enviado por antagonizar al régimen). Incluso Marcela y yo fuimos invitados a beber y cenar a casa del primero, en donde me hizo una “carta astral”, pues le daba por el budismo aunque era un descreído. Con René hice mejor y más duradera amistad a pesar de que el muy orate era comunista en ese entonces, incluso pertenecía al Partido Comunista.
Cuando nos juntábamos los tres hacíamos sinergia en la creatividad, hablábamos de escritores, mujeres y chismes y nos contábamos chistes o los inventábamos, pero cuando ellos empezaban a meterse drogas, yo pasaba. A Agustín le gustaba todo además del alcohol aunque nunca soltaba la mota. A René le gustaban la mota y el alcohol.
Este último, comunista-comunista, pero se compró coches caros deportivos—incluso con uno de ellos protagonizó un escándalo periodístico como en 1975—, era muy presumido y vestía muy bien (y no era mal parecido) y tenía mucho pegue con sus “nenas”, como les decía. Finalmente vivió en la Av. Zacaltépetl en el Pedregal de San Ángel. La única que pudo controlarlo, cuando éste ya era mayorcito fue su esposa Rosario Casco.
La última vez que lo vi, siendo los dos profesores de la UAM-X (él era Jefe del Departamento de Política y Cultura), todavía traía novias arrastrando a pesar de que ya tenía 33 años.
Esa fue parte de la “Generación de la Onda” como le puso la maestra Margo Glantz, y que nosotros reíamos al escuchar esa definición. Ellos dos, junto con el consentido de Agustín, el agobiante, sangrón y alcohólico (pero de veras) Parménides García Saldaña, que era muy loco, agresivo y grosero. Le echó a perder su fiesta a Carlos Fuentes en la cantina “la Ópera” por una borrachera que se puso e insultó a los presentes. sin duda fue el drogadicto mayor que he conocido. Hubo que internarlo en un siquiátrico más de una vez pues trató de matar a su propia madre. Se dejó morir en su casa en 1982.
PD. Mi novela Los Hijos del Polvo estuvo 10 semanas entre los 10 libros más vendidos en México.
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