miércoles, 24 de mayo de 2023

 CONSEJOS UTILES TRAS 53 AÑOS EN LA ODONTOLOGÍA.

Acabo de cumplir 53 años de haberme recibido de Cirujano Dentista en la inolvidable Escuela Nacional de Odontología (ENO) en Ciudad Universitaria. Mi carrera duró 5 años que no cambiaría por nada ya que tuve los mejores compañeros y profesores que ofrecía aquella Escuela, hoy Facultad.

A lo largo de mi vida he seguido estudiando y aprendiendo y me he tratado de comportar correctamente, a veces sin lograrlo. Las enseñanzas de mi padre, de mi esposa y de mis hermanos (ya sólo me queda Jorge) y las de algunos de mis amigos, colegas y alumnos me han hecho comportarme éticamente.

Y a lo largo de mi vida he descubierto algunos consejos que ahora les pongo a su consideración porque a mí me han servido mucho. Aquí les van.

¿Se han dado cuenta que al despertar por la mañana nos sentimos de una edad más joven que la que tenemos en realidad? Pues, ¡esa es nuestra verdadera edad! Así que aprovéchenla. La vida es tan corta como el tiempo que uno tarda en pasar frente a una ventana: a gozar de la vida y a quitarnos depresiones, amarguras, resentimientos y rencores.

1. Cuenten sus bendiciones. En lugar de acordarnos de lo mal que nos va, recuerden cuantas cosas buenas nos han pasado.

2. Nunca pierdan el sentido del buen humor.

3. Alejen a las personas y “amistades” tóxicas. Las reconocerán porque son las que sacan de ustedes lo peor. Son las que sienten envidia o rencor por ustedes, pero no lo dicen. O los falsos amigos.

4. Desayunen bien y sano

5. Van a durar lo mismo que su cuerpo. Cuídenlo y cuiden su salud. Háganse chequeos cada año.

6. Cuiden sus matrimonios. Nunca van a conseguir a alguien mejor que su actual pareja. Todos mis amigos que se han divorciado acaban igual o peor. Procuren conservar al diablo original. Échenle ganas los dos.

7.  Pongan el ejemplo a sus hijos y nietos. Incúlquenles los valores de siempre: honradez, ética, respeto, lealtad, fidelidad, amor a la Patria, etc.

8. Cuando ya no sientan pasión por su trabajo, cámbienlo por otro. No hagan las cosas mal hechas y menos las odontológicas.

9. No trabajen de más, mejor trabajen inteligentemente. Al agonizar nadie se ha quejado de que no trabajó lo suficiente

10. Diviértanse todo lo que puedan. Sean felices. Para mí que para eso estamos en la Tierra. Para eso y para procrear.

11. Prefieran tener 5 amigos reales que mil en las redes sociales.

12. Arriésguense. Sean valientes y tengan valor civil. Llamen a las cosas por su nombre. Quien no se arriesga, nunca puede ganar. No le entren a la corrupción.

13. Sean respetuosos y gentiles con el sexo opuesto, con sus familiares y amigos. Una acusación de “acoso sexual” o, peor, de violación acabaría una práctica por más exitosa que sea.

14. No sean conservadores, nunca crean todo lo que les dicen los profesores, conferencistas ni la gente mayor y, menos, el Internet, los medios de difusión o los políticos. Averigüen ustedes mismos: vayan a la fuente del conocimiento.

15. Propónganse ser curiosos y creativos. Si hay algo que falta en la carrera de odontología es precisamente esto.

16. Busquen mentores para ustedes. Pero ¡que valgan la pena!

17. Sean mentores de los jóvenes. Si fuera necesario y está a la altura de sus capacidades, páguenles cursos. No esperen nada a cambio.

18. Sean pacientes, prudentes y exigentes (sobre todo con ustedes mismos)

19. Procuren nunca hacer el ridículo. Sean medidos con el alcohol.

20. Procuren estar contantemente aprendiendo algo nuevo (si es de otra cosa que la odontología, mejor). ¿Por qué no estudiar otra carrera? La vida ahora es tan larga que puede hacerse.

21. Lean mucho y cultiven esta virtud en sus familias y amigos.

22. Tres cosas no se pueden ocultar: la riqueza, la pobreza y la estupidez.

23. Ser hombre no es la manifestación de un sexo, sino de una categoría.

24. Si el mundo cambió durante la pandemia, tenemos que cambiar para adaptarnos nuevamente.

25. SI sus sueños no les dan temor, ¡es que son pequeños!

26. Los seres inferiores ven desprecios por todas partes (Huidobro, 1936)

27. Somos pequeños y fugaces: en 100 años ninguno de nosotros estará aquí y todo lo que vivimos será historia antigua. Tlaltelolco lleva 55 años. La Revolución 113.

28. La fe es ceder el control de tus creencias a alguien más.

29. Mucho de lo que los jóvenes aprenden ahora será irrelevante para 2050.

30. Considérenme su amigo.

31. ¡Nunca se junten con pendejos, porque se pega!


martes, 23 de mayo de 2023

MI Servicio Militar en 1962.

 

 MI SERVICIO  MILITAR EN 1962

 

Mi tío, el General Cristóbal Guzmán Cárdenas, General de División y a la sazón Director de Educación Militar (hablaré de él más adelante, porque es uno de mis personajes favoritos), se portó siempre muy bien conmigo para ser militar.

Él NO me autorizó el adelantarme al servicio militar (que es hacía cuando cumplías los 18 años ordinariamente) para qué pudiera tener un permiso para manejar un año delante de lo normal,  pero discretamente hizo que su ayudante particular—otro general— me lo facilitara, para que no anduvieran diciendo que el General Guzmán Cárdenas ayudaba a sus familiares.

Por cierto que siempre tuvo secretarias militares guapísimas y tenía un chofer fidelísimo. Cuando yo llegaba del Servicio Militar rendido y sudado a la casa el domingo como a las tres de la tarde, y estaba él en mi casa tomando su whiskey pre-pandrial, me hacía que primero me le cuadrara antes de saludarme de mano. Ya lo veremos más adelante, cuando cuente cómo y cuándo sí me ayudó de a de veras.

 

Ese servicio militar fue muy grato en mi caso y ahora contaré por qué.

El origen del SMN estuvo con la entrada de México a la Segunda Guerra Mundial, cuando el Presidente Cárdenas o Manuel Ávila Camacho decidieron hacer un gran cuerpo militar con los muchachos de 18 años (edad promedio de los soldados de todo el mundo). En mi caso, el servicio militar lo hice apenas pasando 17 años después de la guerra mencionada, que es la que dio origen al mundo tal como es hoy.

Tras de marchar varios domingos con toda la raza, ir a disparar al campo Las Palomas en la Zona Militar 1—vale la pena aclarar que te daban 10 cartuchos para que le tiraras al blanco que estaba sobre una “trinchera” excavada en el suelo de tierra, y luego tenías que tirarte en la trinchera y oir silbar los disparos que otros hacían sobre los blancos a u metro de altura sobre tu cabeza— y de cargar el fusil (que pesa 4.5 kg… al principio, ¡porque luego de varios kilómetros parece pesar 45 kg!) y de llevar la bayoneta, llamada “marrazo”, colgando del cinturón, durante muchos kilómetros dando vueltas al patio de la entonces SCOP—, pues, así las cosas, me le presenté MUY respetuosamente al General, un tipo hosco y desagradable al que llamábamos “El Sapo” y le hice ver que aunque tenía los pies planos (mentira) yo deseaba seguir ayudando a la Patria. Medio apantallado por mi espíritu nacionalista y con cara de fuchi, me inquirió si tenía yo coche, y yo le dije, que no tenía, pero que conseguiría uno. “¿Sería usted mi chofer y ayudante?” “¡Claro que sí, mi General!” “Entonces vaya y póngase galones de sargento primero, porque los choferes de general no pueden ser menos que eso”. “¡Encantado, mi general!”, me acababan de dar mi primer ascenso.

Aunque yo no tenía auto, mi querido compañero desde secundaria hasta Ciencias Químicas Carlos Longares sí tenía un De Soto verde oscuro en excelentes condiciones pese a su edad. Carlos también se puso “los galones” y así nos pasamos el año, yendo a recoger al General al centro histórico y llevándolo otra vez al terminar la sesión dominical como a las 3 PM.

Tras de “jurar bandera” en el Zócalo, una muy emotiva ceremonia, nos pasamos el Desfile Militar del 16 de septiembre revisando las vallas que los conscriptos hacían para evitar que el público se desborde y se meta en el trayecto de los que sí desfilan, pero no desfilamos. Me dieron mi cartilla liberada legal al final del año, con lo que pude obtener mi permiso para manejar ayudado por mi tío Esteban Ponce, del que también hablaré más tarde.

Una cosa sí les digo: hagan que sus hijos o nietos hagan su servicio MILITAR obligatorio: les formará la vocación de servicio y de enseñanza que todos debemos tener y los hará conocer a muchachos de todos los estados y de todas las clases sociales, lo que enriquecerá su conocimiento del país. Y les dará anécdotas importantes para sus vidas.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

Química Orgánica, el Maestro De la Torre y el Ajusco (1963)

 Las clases de Química Inorgánica eran muy interesantes gracias al profesor De la Torre,  que no sólo era muy buen profesor, sino que además le gustaba el montañismo. El profesor debe haber tenido unos 48 años.

Con este profesor me pasó algo gracioso. Nos invitó a todo el grupo, a los que quisiéramos, a ir con él y sus hijos el domingo muy temprano al Ajusco a un picnic y, en general, a un paseo. Se me ocurrió invitar a mi compañero desde la secundaria Carlos Zubirán, (yo no tenía auto, recuerden; él tenía auto, un horrible pero útil Corvair), que estudiaba Comercio y Administración (fue el año en que se inició la carrera de Licenciado en Administración de Empresas) y éste accedió feliz, pensando seguramente, igual que yo, que íbamos a un picnic. 

Llegamos puntuales al lugar señalado, en donde se debe iniciar el ascenso a la montaña, a los pies del poblado San Miguel Ajusco, y nos dimos cuenta de que algo andaba mal. 

Mar y yo en una reunión de exalumnos
de CQ en 1975. La poareja junto a nosotros
es la de mi compadre el Ing. Manuel Aysa.

El profesor y sus hijos estaban vestidos de montañistas tiroleses. Sí, con sombreros con pluma, mochilas, piolets, botas especiales y todo. Carlos y yo íbamos vestidos para domingo, enchamarrados eso sí, él con un gazné muy elegante, y yo acerté a bajar del auto un impermeable de esos que se hacían de puro plástico polietileno gris. 

Empezamos a caminar y ¡subimos el Ajusco hasta el Pico del Águila! Arriba, hacía mucho frío, había muchas tuzas que dejaban muchos hoyos traicioneros  y teníamos mucha hambre y sed y, encima había una niebla espesísima que no dejaba ver. Los compañeros se condolieron y nos regalaron lo que les sobraba de sus comidas. 

Estoy seguro que ninguno se esperaba subir el Ajusco. Luego bajamos, pero por la parte de atrás del monte, cuando empezó una llovizna que por momento era chubasco y luego chipi chipi, pero no paró hasta que horas y kilómetros (literalmente) después llegamos al auto, Carlos medio tapándose con la mitad de mi impermeable, pues lo había dividido en dos, y yo la otra mitad. Recuerdo que aquel gazné que llevaba Carlos a estas alturas parecía la gabardina de Cantinflas. Ambos estábamos empapados, muertos de cansancio, de hambre y sed. 

Laboratorio actual de la Facultad de CQ
El colmo fue cuando el profesor De la Torre se nos acercó para despedirse y dándonos una lección nos dijo que pondría “unos granitos” del detergente FAB en el parabrisas para que se desengrasara y de paso viéramos la acción de "cómo rompía la tensión superficial un detergente". Puso un puñado de polvo de FAB y le dijo a Carlos que echara a andar los limpiaparabrisas, y en el momento que éstos distribuyeron bien al jabón y éste formaba una gruesa capa opaca sobre el vidrio, dejó de llover súbitamente y nos tuvimos que regresar, en un silencio mortal, hasta nuestras casas (también vivía en la calle de Pestalozzi) sin poder ver el camino por los vidrios opacos. 

Mi credencial de aquellos años.
Corolario: ni él ni yo fuimos a la Universidad en dos días de lo adoloridos que quedamos. Carlos se abstuvo de hablarme unos meses.



sábado, 29 de abril de 2023


Cantando He Ido por la Vida
Cantando en el Congreso del ICD en Montevideo, Uruguay

En 1957 ya vivíamos en la casa de la calle Pestalozzi, en la colonia Del Valle y cuando mi hermano Jorge y yo “tocábamos” los discos que nos llevaban mis hermanos Hugo y Elia (que estudiaron especialidades médicas en EEUU), , ponía yo los discos que nos habíamos traído de mi vieja casa, la de la Av.  La Morena.

Entre ellos mis favoritos eran los de Pedro Infante, Jorge Negrete y uno de Amalia Mendoza “La Tariácuri”. Tiempo después , ya teníamos como primicia los discos de Bill Halley y sus Cometas, de Elvis Presley, Pat Boone, Jerry Lee Lewis,  y de dos hombres de color con voces de seda: Nat King Cole y Johnny Mathis.

Los ponía tanto que me aprendí las canciones y noté con gusto que podía cantar, era entonado. Mi hermano Jorge también lo hacía, y una vez mi papá, al llevarnos a uno de sus sabatinos viajes al Centro Histórico a comprar algo, nos llevó allá por la Lotería Nacional en donde había un negocio que se dedicaba a grabar discos y te los entregaban ahí mismo. Eran discos de pasta de 78 RPM.

Pues Jorge—con la ayuda de alguien que “medio” tocaba la guitarra— cantó en un lado del disco una ranchera, muy entonada, que se llama “Cuatro Caminos”, del gran José Alfredo Jiménez, y yo, del otro lado del disco canté “Qué será, será”, en inglés. Todavía tengo el disco. Hay que buscarlo, pero sé que aquí lo tengo.

En el cumpleños de mi querida sobrina Betty

Desde entonces he cantado mucho y en muchos lugares: en serenatas con mariachi y tríos, en comidas, en restaurantes, cabarets… y desde luego, en la regadera,—en algunos de ellos me han obsequiado la comida y la bebida—y he departido con Oscar Chávez y Fellove. ¡Cómo me hubiera gustado departir con Marco Antonio Muñiz (soy su fan número uno) o con José José! Y no es que cante bien, sino con sentimiento

Cantando El Corrido de Chihuahua en Chihuahua
.

También, haciendo memoria, he cantado en Nueva York (en el River Café), en París (en el bar de La Closerie de Lilas), en Mc Allen  y San Antonio, Texas (en los bares de hoteles), en Roma (junto con mi comadre Carmela en la Ostería del Orso) y en muchos restaurantes rancheros como el Amanecer Tapatío y El Abajeño y en múltiples bares y serenatas. Llegó un momento en que, después de que cantara yo, me enviaban copas de las mesas vecinas y en una ocasión, en “La Concha” de Av. Insurgentes Sur, la casa me envió una botella de ron.  Hasta grabé un disco, del que hablaré más adelante.

                                            Cantando con mi madre en Cuernavaca

Estando en la Prepa 5 (la Facultad de Coapa), tuve un compañero que tocaba la guitarra en un trío profesional y que me ofreció que formáramos un grupo musical de canciones y baladas pop con acompañamiento de trío. ¡Se adelantó 40 años a José Jose! Incluso fui a una casa grabadora en donde hice una prueba que pasé, pero tras de platicar con un amigo mío que era verdadertocantante de rock y tras de que él me platicara las vicisitudes de los que empiezan en el medio artístico (caravanas Modelo, etc), asistir sin pago a programas de TV y de radio, y sobre todo, dejar los estudios, me convencí que aunque era tentadora la oferta, yo prefería seguir estudiando y llevando una vida normal.¡Quién sabe en dónde estaría yo ahora si hubiera seguido la carrera de cantante. ¡De seguro, causando lástima!

 

                      Cantando en On the River Café, N. Y. Ca. 1996

Cantando Si nos dejan en 2005

Curiosamente antes de conocer a mi esposa Marcela—sin conocerla yo—, un compañero de Ciencias Químicas me instó a llevarle serenata a su nombre. Y ya mayor, muchas veces llevé serenatas a mi mamá, acompañado por mi amigazo el inefable Dr. Carlos Bellamy Haro, hijo de la gran amiga de mi madre Lila Haro. Ya que estamos en esto del canto, también canté durante mis estudios en la Escuela Nacional de Odontología, en donde con el menor pretexto organizábamos fiestas en donde algunos hacíamos nuestra gracias. Mis canciones favoritas para esa época eran “el Triste” y “Marea Baja” (que mis compañeros ironizaban diciendo que su nombre real era “¡María: baja!”) y tuve la oportunidad de tomar clases de canto posteriormente y ya hablaré de ello, así como de mi CD.

                                     Jorge y Meli cantando en la boda de                                                                    ella con Sinatra en la TV

 Por cierto, mi hermano Jorge canta muy bonito (sobre todo las del gran Frank Sinatra) y durante la fiesta de la boda de su hija Meli cantó profesionalmente acompañado de ella (la misma Meli). ¿Alguien  quiere cantar? Cantando se llega más lejos, creo, que siendo rudo y amargo.

miércoles, 12 de abril de 2023

MI PRIMER OJO MORADO

 

En 1960, estando yo en tercer año de bachillerato, la Escuela Moderna Americana (desde hace años una de las mejores escuelas de México) organizó una serie de softball contra el Panamerican Workshop, cuyos alumnos eran en su mayoría estadunidenses.

Parte de la fachada de la EMA ca 1960 en la Colonia del Valle

Yo jugaba de short stop, posición que me encanta. Jugábamos en el patio de nuestra escuela. Recuerdo que jugando contra la American School, cuyos jugadores eran un poco mayores y más corpulentos que nosotros hice algunas buenas jugadas que remataban en doubleplay.

 De pronto, a mitad del partido, estaba lanzando nuestra escuela cuando el pitcher y el jugador contrario, probablemente el que estaba en primera base tuvieron algún altercado de palabras, que a mí me pareció baladí.

Estábamos reunidos en la plataforma de pitcheo el pitcher, el jugador contrario, algún otro de nuestro equipo y yo, cuando vi que “los ánimos se caldeaban” y le dije al pitcher: “¡ya, fulano, no le hagas caso…!” Y no lo vi venir. El jugador de la American School del que no recuerdo nada, me descontó fuertemente justo en el ojo izquierdo: caí noqueado, como tabla, y desperté en el baño de hombres. Tras de llevarme a la enfermería (que es a donde me deberían de haber llevado en primer lugar), me dieron permiso de irme a casa. Llamé por teléfono y alguien fue por mí.


Con mi mamá, 7 años después


Con dos cuates 3 años antes de esta anécdota
Estuve en casa, mareado, en donde ya me atendió mi tío, el Dr. Roberto Guzmán Jasso, dos días después regresé a la escuela, con el ojo entrecerrado y todo el contorno morado. De ese color, que, por ser sangre va cambiando a azul, luego a verde, luego a verde claro y llega a amarillo, hasta que desaparece… 20 días después.  Al margen de que no supe quién me pego, ni su nombre, ni me importaba, pasados unos días, me llamó la Miss Rodríguez (la mera Directora de mi escuela) en persona para decirme que “ese muchacho ya había sido expulsado de la Escuela Americana por mala conducta y actitud antideportiva”. Me sentí feliz, no por el golpe, sino porque el méndigo era un “bad sport”. Ya no recuerdo si siguieron los juegos, creo que no. Lo triste del asunto, para mí era que mi hermano y yo, a instancias de nuestro padre, estábamos en esos días, previos a los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraron ese año en México, tomando clases de box en el Deportivo Hacienda nada menos que con el profesor y manager Hernández y me daba vergüenza ir a tirar golpes al costal y a la pera con el ojo morado e hinchado, ¿Qué iban a decir de mí los demás pupilos? De
ahí nació mi afición por este deporte fantástico. ¿Alguno de ustedes ha visto boxeadores obesos?



viernes, 31 de marzo de 2023

Mi amigo y maestro Don Salvador Novo

 

 En 1967, (y me estoy adelantando, pero no quiero que se me pase) conocí al Maestro Salvador Novo, quien también vivía en Coyoacán, en el número 1 de  la calle que hoy lleva su nombre. Llevaba su nombre porque era un homenaje que el Gobierno hacía a sus Cronistas de la Ciudad. Su casa ya fue demolida.

Lo conocí porque me habían publicado un cuento en la Revista Punto de Partida que acababa de inaugurar la Maestra Margo Glantz, y él leyó mi cuento llamado “Cuernoslargos”. Me sorprendí cuando en su artículo semanal en el Excelsior, me mencionó y habló algo así de la “alegría de la escritura del joven Farill”, cosa que me hizo ir a conocerlo y agradecerle el elogio.

Marcela y yo bailando en aquellos años

Fuimos la primera vez Marcela y yo  a su estudio sito en la calle de Madrid 13,  en Coyoacán, justo arriba de su restaurante para gourmets llamado “La Capilla”. Nos recibió con mucha amabilidad y creo que le caímos muy bien, tanto que a Marcela, que entonces era mi novia, le obsequió un colibrí disecado envuelto en un paño, como para colgarse del cuello. Adujo que era una costumbre náhuatl—era un erudito en la lengua y costumbres náhuatl—para las mujeres, no sé si para que se casaran o para que tuvieran hijos, pero para las dos cosas le sirvió a Marcela. Dicho colibrí se deshizo con el tiempo.

Era impresionante la joyería que empleaba de forma habitual en sus manos: cuatro o cinco anillos de diferentes metales o piedras semipreciosas (que cambiaba según el día) de tamaño descomunal. Y según el día que fueras llevaba una peluca de diferente peinado y, sobre todo, de diferente color. La más llamativa era una color zanahoria oscura.

Algunas veces que lo fui a visitar para platicar porque era un agasajo. Un hombre cultérrimo y filoso como una navaja: si te quería denigrar, no te dabas cuenta de que te “había matado” hasta horas después (hablaba y escribía en cinco idiomas: español, inglés, italiano, nahuatl y francés), o para consultarle alguna cosa de historia—era un historiador, poeta, publicista, ensayista, escritor, dramaturgo, guionista y cuentista nato y sabroso, sólo hay que leer sus libros sobre “Los periodos presidenciales de…”. También fue un excelente administrador de varias entidades culturales de gran importancia en diversas Secretarías de Estado. Fue miembro de la Academia de la Lengua Española.

Don Salvador Novo

Tuvo la deferencia de invitarme varias veces a comer con él en su mesa del restaurante “El Refectorio” (que tenía exterior e interior, en un patio techado). Me llamaba “Don Manuel”. Me preparó unos martinis exquisitos (aclaro: el plural de martinis debería ser, en italiano, “Martini”) y comimos delicioso, incluyendo un platillo—sopa de calabaza—que él había inventado. No ignoro lo que se dijo de él justo antes y durante el Movimiento del 68, denigrándolo, pero nunca tuvo que ver conmigo, nunca se me insinuó. Para mí era un cuate y yo lo era para él. Era gay por los cuatro costados, pero a mí nunca me hizo un “pase”.

Se dice que fue el escritor Luis Spota quien lo llamó «Nalgador Sobo».  Novo, en respuesta le escribió con gran fineza e ingenio lo siguiente en el Excelsior: «Este grafococo tierno lleva, por signo fatal, como apellido paterno la profesión maternal

 Novo fue lo que Carlos Monsiváis (Monchiflais) hubiera querido ser si hubiera salido del closet de jovencito y si hubiera sido mucho más valiente y muchísimo más ingenioso, extrovertido e inteligente. A él también lo conocí en casa de Emmanuel Carballo, junto con un montón de escritores y artistas. Ahí le presenté a Carballo a Enrique Ballesté, compositor, autor y dramaturgo y a mi compadre Guillermo Ordóñez, excelente actor y declamador. En esa época empecé a conocer a muchos de los grandes intelectuales de aquellos tiempos. Cuando salió nuestro ()de los supuestos “onderos”) segundo libro de la mal-llamada-Onda titulado “Narrativa Joven de México” (Ed. Siglo XXI) —también hecho por Margo—, una recopilación de cuentos junto con las  autobiografías de varios escritores jóvenes de aquel entonces, conocí al inefable José Agustín (¡hola Agustín!), a mi amigo el elegante René Avilés Fabila (QEPD), a Xorge del Campo, a la agradable y excelente escritora Elsa Cross, a Eduardo Naval y a Gerardo de la Torre, además del admirado Juan Tovar, quien se dedicó al cine con éxito.

Poco tiempo después, en 1968, publiqué mi primera novela, “Los Hijos del Polvo” en la Editorial Diógenes, propiedad de Emmanuel Carballo y Martín Luis Guzmán. Estuvo 10 semanas en la lista de las 10 más vendidas en México.

Cuando Novo murió en 1974, se llevó una parte importante de la cultura mexicana y muchísimos chismes con él.

miércoles, 29 de marzo de 2023

LA MARAVILLOSA PREPARATORIA 5 DE LA UNAM EN COAPA

 


                                                                     Entrada Prepa 5    
En 1961, terminado el año lectivo en el CUM, logré cambiarme de Prepa a la número 5, en Coapa, a la que adoré. Mi padre, que pertenecía en forma distinguida al grupo del Dr. Ignacio Chávez, entonces Rector de la UNAM lo convenció de estirar el reglamento que decía que no se podía pasar en bachillerato de una escuela particular a una universitaria, y me inscribí en la Preparatoria Nacional número 5, la que está en Coapa y donde tenía yo a un amigo llamado Emilio Pérez (El Buho, antes El Pelón), del MAS. Entré a segundo de prepa o quinto y último de bachillerato (entonces nomás eran dos de estos altos estudio). Me costó trabajo, porque además de que era muy alto físicamente en comparación a los demás, mi número de serie en la UNAM (6210383) correspondía a un alumno de primero de prepa, cosa que me hacía blanco fácil para ser rapado de la cabeza. En un principio, me fui a la Prepa 5 en un camión de línea que se llamaba Chapultepec-Xochimilco y nos dejaba en la entrada de la escuela (no debería haber sido así, debería habernos dejado en la esquina de Czda. de Tlalpan y Czda. Del Hueso, pero como éramos bravos, sobre todo en bola, los choferes nos llevaban a la puerta. Se divertían mucho con nosotros, la verdad y nosotros les cantábamos “el chófer tiene una hermana, el chófer tiene una hermana, el chófer tiene una hermana… y no la quiere pasar”; “Chófer, chófer, más velocidad…” Chófer iba acentuado en la letra O. A veces les hacíamos que juntaran al autobús llamado “ballena” a los camiones de la embotelladora “El Naranjo” que estaba por ahí y en donde hacían unos refrescos muy sabrosos y pequeños que se llamaban “chaparritas”, y a través de las ventanas nos robábamos una o dos cajas de estos refrescos, que se repartían rigurosamente entre todos en el camión. La verdad, el sistema de la Prepa 5 en mis tiempos (aclaro: en mis tiempos) era muy agradable: Por ejemplo: si te subías al camión y había lugar para irte sentado y se subía alguna compañera. Te levantaba, le dabas tu lugar, pero se daba por entendido que ella llevaría tus libros en sus piernas. Las respetábamos enormemente y nadie que no fuera de la Prepa se podía meter con ellas. Las ayudábamos a bajar, aunque no fueran de nuestro grupo ni de nuestro año.

Afortunadamente me libré de que me raparan. Mi grupo era el 501 (los “cuatrocientos” eran para los de cuarto) y estaba en el segundo piso de un enorme edificio. Todos los alrededores eran sembradíos de alfalfa, de verduras en general. Olía gruesamente a estiércol en toda esa zona, que era rural. Era bellísima. Había canales de riego en toda la zona y al frente de la entrada principal (pues había varias) había una especie de rotonda que en la periferia tenía tienditas y puestos de fritangas y tortas. Las más famosas eran las de Don Mario, un tipo larguirucho, moreno, de pelo negro lacio, que era amable y del que se decía que tenía unas hijas muy guapas. Yo no sé porque no recuerdo haberlas visto nunca. Se vendían cigarros de a pieza a 20 centavos los Raleigh, aunque los favoritos eran los Delicados (hechos con papel de arroz, decía la propaganda). Les decíamos “delincuentes”. Si seguías por el camino de terracería hacia el sembradío, llegabas a uno de los estacionamientos para los afortunados alumnos que llevaban auto y para los profesores.

Era tal el orden que privaba, que había unos profesores que vigilaban que no hubiera violencia o delincuencia, que los llamábamos “sheriffs”. Podían regañarte si pisabas el prado o si te brincabas los caminos de cemento. Ellos daban clases de materias optativas e iban de traje con corbata. Daban clases de modelismo, de modelado, de pintura, etc. Y nosotros, los estudiantes, acatábamos sus órdenes sin chistar y de buena gana. Esto todavía no me lo creen a quienes se los platico, pero juro que es cierto.

                                       Auditorio Gabino Barreda Prepa 5

Alberca Olímpica Prepa 5
Pero aunque mi salón base era el 501, tomaba clases en otros salones y en otros laboratorios, todos bien equipados. La Prepa 5 estaba nuevecita. Se fundó en 1959, creo, y este año era 1962. Era tan alejada de la ciudad, tan descampado el sitio, que a veces había vacas pastando dentro de las instalaciones y claro, no faltaban los muchachos que a base de dizque “capotazos toreriles” las sacaban al campo. Así, las clases de química orgánica con el excelente profesor Gertz las tomaba en un salón de abajo, la de matemáticas con un mal profesor la tomaba en los seiscientos. El Seminario de Problemas Políticos y Sociales de México lo tomaba con una maestra joven y cuero. 

  Jardines y entrada Biblioteca Prepa 5

Otros profesores míos fueron Ángel Vizcaíno de Psicología (que luego fue Director), con la maestra Elena Beristaín Díaz, alias “Juana Gallo” (por sus coloridos huipiles), afamada maestra (Emérita en 1992)  en toda la UNAM, que me daba Literatura Mexicana, materia en la que saqué, y no es por presumir, un 10 Cum Laude. Había un maestro ya viejo, medio ciego, pero muy bueno que nos daba Ética y era autor de un libro sobre esa importante parte de la filosofía.  En esa Prepa tomé en mis horas libres (que eran muchas) mi primer Taller de Literatura con la Maestra (ahora también Emérita) Margo Glantz y si hubiera tenido tiempo hubiera tomado un curso de teatro con el afamado Héctor Azar, quien uno o dos años antes con su grupo había ganado el torneo mundial de teatro estudiantil en Nancy, Francia.

Biblioteca Prepa 5



Gimnaso y haciendo deporte Prepa 5
 Era la Prepa 5, aunque ahora suene falso, la Prepa “modelo” de la UNAM. Tenía los mejores y más jóvenes profesores de todas las Prepas, incluyendo a la Prepa Uno. Y tuve la suerte de que precisamente en 1962 se inauguraran las instalaciones deportivas más modernas de la UNAM en la Prepa: una alberca olímpica con fosa para clavados, un súper gimnasio y una pista e instalaciones para atletismo, con pista de tartán (que es una especie de corcho sintético) con sus respectivas regaderas, baños y casilleros. Inauguró ese año las obras el mismo Rector Chávez. Ese fue uno de los años más maravillosos de mi vida.