miércoles, 12 de julio de 2023


 

EL MAESTRO GEORGE BROTHERS DEL MAS

Era 1958 y en la segunda generación de alumnos de la Escuela Moderna Americana, a la que de aquí en adelante me referiré como MAS por Modern American School en inglés,  teníamos clase de inglés todo el día y diariamente y nada menos que con un profesor que fue inolvidable e indispensable para  mí y mis compañeros: Mister George Brothers. Si pudiera filmar una película sobre un excelente maestro, indudablemente que él sería el personaje principal.

Antigua fachada del MAS en la col. del Valle

Brothers era un hombre de unos 50 años entonces (se acuerdan que cuando son jóvenes ven viejos a todos los mayores), era corpulento y no demasiado alto, calvo, con cabellos parados como chayote, lentes redondos con armazón de alambre y siempre de traje oscuro. Lo que lo distinguía de los demás maestros, pues este sí era maestro, era que tenía un gran sentido del humor seco y de la oportunidad (no hacía chistes, tenía puntadas) y sabíamos claramente cuando estaba hablando en serio y cuando se prestaba a chanzas.

Cuando nos arremolinábamos a preguntarle o pedirle algo, nos corría haciendo girar su mano sobre su cabeza y nos decía: “Don´t breathe my oxygen!” (¡No respiren mi oxígeno, aléjense!). Él se sabía querido y admirado. Daba unas clases excelentes, pero además nos enseñaba cómo era la vida. A pesar de que en primer año llevábamos la parte menos interesante del idioma, que es la gramática, él la aderezaba con anécdotas y personajes,  nos recomendaba libros y llevábamos un libro que conservo a la fecha porque nunca he encontrado uno mejor, que se llama “Man´s History”. Nos enseñó el mejor inglés posible, pero además nos conminaba a que aprendiéramos todos los días el slang, que es el verdadero inglés actual, el que hablan los estadunidenses. A que viéramos las películas americanas sin leer los subtítulos.

Nunca le pregunté de qué parte de EEUU era, pero su acento sonaba californiano (de ninguna manera bostoniano), Tenía un par de hijos en la escuela, menores que nosotros, que apenas éramos la segunda generación del MAS. Vivía por la colonia del Valle, cerca del mercado de esa colonia y hablaba un español perfecto, de mexicano. Cuando hablaba español (sin acento, claro) podía pasar por un connacional.

A él le llevábamos la queja de otros profesores, a él le confiábamos nuestros secretos (no todos, claro está. ¿Qué adolescente cuenta todo lo que le pasa o lo que siente? ¡Si ni siquiera el susodicho lo sabe!), nos aconsejaba qué hacer con nuestros amigos y amigas, y nunca lo hizo ver como si fuera una “lección”. Algo que no he dicho, pero que ahora diré, ¡cómo agradezco que la MAS fuera una escuela mixta, laica y nacionalista¡ Nunca metería a mis hijos o nietos a una escuela confesional y menos de puros varones. Ya les platicaré más adelante mi única y triste experiencia en una escuela llamada CUM. Pero algunos de ustedes dirán “¿nacionalista? Si hasta el nombre está en inglés”. Y yo respondo: nacionalista en el sentido en que te enseñaban como era y es México, con sus grandes contrastes, con sus desigualdades (entonces más que ahora), pero te enseñaban a amarlo. A tratarlo de mejorar, a respetar al país y sus símbolos: nunca vi una bandera gringa, y sí muchas mexicanas, empezando por la ceremonia de todos los lunes, con la bandera y el Himno Nacional. Y les pondré un ejemplo: muchos de mis compañeros y exalumnos se han distinguido por su labor política y tecnocrática a favor de México. A pesar de que aún teníamos varios compañeros extranjeros, eran mucho menos numerosos que los que teníamos en el Panamerican Workshop, que era una de las escuelas favoritas para los diplomáticos estadunidenses o de otros países. Desde ese entonces, la MAS se distinguió, hasta estos días, como la mejor escuela privada de la ciudad, pésele a quien le pese. 

 

Otra de policías y ladrones.

De 1984 a 1986, noviembre a noviembre, fungí como Presidente Electo de la ADDF entonces bajo la Presidencia de mi colega y amigo el Dr. Alberto Cota Ducoing.

Como tal, además de asistir dizque a adquirir conocimientos sobre la misma Asociación para empaparme de sus problemas y virtudes, debía escoger un cargo y como a mí se me da (modestamente) lo de ser Editor, pues escogí algo que hago en cualquier puesto que tenga: Ser el Director Fundador de un periódico bimestral llamado “Boletín” oficial de la ADDF. En su última página siempre insertaba yo un soneto y si había espacio, un cuentecito. Igual hice años después cuando fui Presidente del International College of Dentists.

Bueno, pues ese Boletín, así ya sin comillas, nos lo pagaron generosamente dos empresas: los fabricantes de Prodolina y la prestigiada empresa 3M de México.

Cada dos meses, el Boletín les era enviado por correo de papel a todos los socios y a sus miembros estudiantiles, que eran unos tres mil.

Una tarde, me fueron a visitar al consultorio dos detectives de la Policía capitalina. Tras identificarse, noté que estaban vestidos apropiadamente, que hablaban buen español y me dijeron el propósito de su visita: había un delincuente desalmado, al que había apodado El Chimuelo, que atacaba a los consultorios en donde había estudiado que sólo atendía una mujer dentista joven… y guapetona. Estudiaba sus horas de consulta y cuando ya estaba decidido, tocaba la puerta (o la cortina) del consultorio faltando 5 minutos para que cerrara aduciendo que se “le había caído un diente de enfrente”. El tipo aquel efectivamente tenía una placa removible de acrílico con dientes del mismo material y desprendía un incisivo central antes de hacer tan prudente petición.

La doctora (las escogía guapas y jóvenes) tras meditarlo un poco (“en diez minutos le pego con acrílico rápido este diente o le hago otra plaquita de acrílico y me gano unos pesitos”) accedía al tratamiento y le indicaba al maldito aquel que pasara a “sentarse al sillón”, a lo que este respondía:

—Doctora, vengo muy nervioso. ¿Me permite pasar a su baño un momentito?

—¡Claro! Pásele—y le indicaba por dónde quedaba el WC

El despiadado sujeto aprovechaba estar solo para despeinarse completamente (se me olvidaba decir que usaba bigote), abrirse completamente la camisa, y de entre sus ropas sacaba un puñal de cacería y un trozo de cuerda, que tomaba con una mano y en la otra mano sujetaba una pistola.

¡De pronto, todo era un rebumbio! Porque al salir del baño el individuo, ya con facies de loco y la boca abierta, sin los dientes del frente, gritaba a todo volumen como un loco y se le abalanzaba sobre la pobre y crédula doctora, a la que sometía en un dos por tres, la tiraba boca abajo y la amarraba, golpeándola durante este procedimiento y sin dejar de emitir gruñidos y luego le arrebataba la ropa y la hacía presa de su más bajos instintos, violándola, golpeándola y sobajándola sin cesar.

Una vez hecho todo este pavoroso acto, se dedicaba a robar al consultorio (¿Qué pueden haber tenido de valor las doctoras jóvenes y solitarias, por Dios?) y las dejaba avergonzadas, llorando y golpeadas severamente, y sin poder moverse por lo menos un rato.

Volvamos a mi narración original, la de los policías en mi consultorio.

—Doctor, sabemos que usted publica un periódico que llega a una gran cantidad de dentistas…


                                       Muestra del periódico de la ADDF

No mentía. Porque antes de que la ADM se ensañara contra la ADDF, esta última tenía mucho más socios que la propia ADM.

—Efectivamente!—repuse. —¿En qué les puedo ayudar?

El policía se removió en su silla y me contestó:

—En publicar el dibujo que tenemos describiendo al Chimuelo para que quien lo haya visto nos lo comunique…—y me enseñó el grabado del perverso sujeto. Se me puso la piel de gallina. Desgraciadamente, aunque tuve el grabado en mi poder una semana, no le saqué copias para mostrárselas a ustedes, pacientes lectores.

Desde luego, ante una petición así no había motivo para consultar al Presidente de la ADDF.

Bueno, tuve el grabado y me disponía a insertarlo en la última página del Boletín siguiente cuando recibí la llamada de uno de los policías que me habían entrevistado.

—Doctor Farill: ya no va a ser necesario que publique la foto…. ¡Lo agarramos!

—¿Quee? ¿Al Chimuelo? ¿Cuándo? ¿Cómo?

Pues resulta que a una de las dentistas jóvenes que entrevistamos nos avisó que conocía al sujeto, que le había avisado que se le había caído un diente y que iba hacia su consultorio, cuando ella se dio cuenta de la trampa y le dijo que ya había cerrado. Que fuera a la misma hora al día siguiente. Lo que le dio tiempo para avisarnos.

—¡Qué valiente muchacha!

—¡Ah, eso desde luego! ¡Más valiente que muchos hombres! Pues nos dio tiempo de llegar a su consultorio en la mañana y esconder a dos elementos (agentes) en su pequeño consultorio.

Cuando el malvado sujeto se apersonó unos minutos antes de que ella cerrara el consultorio por la noche, él hizo lo mismo de siempre. Sólo que al salir se topó con dos agentes armados que lo sometieron y sin querer lo golpearon un poco porque no se quería rendir por las buenas… usted sabe… y lo aprehendieron.

Luego supe, porque estuve muy pendiente del caso a través del periódico amarillista “Alarma” que tras juzgarlo, el juez le dictó 30 años de condena, así que si no se murió ya, por ahí debe seguir.

¡Viva la valentía de esa doctora y de todas las doctoras del mundo!

Y cuídense de esas ofertas aparentemente fáciles cuando estén solos o solas.

domingo, 9 de julio de 2023

 

El Negro Durazo y yo en unas fotos.

 

Allá por 1975 iban a efectuarse unas Jornadas Científicas de la ADDF en la Ciudad de México y me habían encargado ser el Presidente de la Comisión de Difusión del congreso. Con tal motivo, el Presidente del Comité Organizador, que creo que era el Dr. Ernesto Acuña, organizó una tarde, una conferencia de prensa en un salón del Hotel Camino Real de esta ciudad.

Iba yo tarde a la cita, vestido de traje y corbata,  y al llegar a la gran manzana que alberga a dicho Hotel de cinco estrellas, me di cuenta de que no había ni un lugar en las aceras para estacionarse: es más, estaban custodiados estos lugares por elementos del Ejército armados. El estacionamiento estaba totalmente lleno, ni hacerle la lucha, así que viéndome en la forzosa necesidad de asistir y participar en la conferencia de prensa, decidí confiarme a mi buena suerte y estacioné mi auto en una esquina en la que de milagro  no había vigilancia, pero quedó estorbando el paso peatonal. Ni modo, me dije.

Arturo Durazo con uniforme de general
Me tocó caminar la larguísima acera frente al Hotel, cuando unos autos elegantes se detuvieron a mi lado y de ellos se bajaron 5 generales de División. Uno de ellos, el Jefe, era Arturo “El Negro” Durazo, entonces Jefe de la Policía Capitalina., quien de inmediato se dirigió a mí. “Muerto soy”, pensé. Lo seguían ceremoniosos los que han de haber sido los subjefes de la Policía del entonces DF. Vestían uniformes muy vistosos.




Ahora bien: toda mi etapa más o menos de juvenil a la de mediana edad me dijeron que yo era parecido al Lic. Jesús Silva Herzog Flores (quien luego fue conocido y amigo mío, gran conversador), a la sazón Secretario de Hacienda y Crédito Público, ya que en esas fechas estaba iniciando el período presidencial de José López Portillo.

Pues el señor general se dirigió a mí, y como si hubiéramos venido de la cantina, o digo, restaurante, trenzó su brazo con el mío indudablemente confundiéndome con el Lic. Silva Herzog porque nunca tuve el ¿gusto? de haberlo conocido o tratado antes… o después.  Él me platicaba con gran familiaridad y reía de alguna ocurrencia cuando nos descubrieron los fotógrafos. Resulta que estaban ahí porque el Presidente Electo había asistido a no sé qué fiesta.

Los fotógrafos nos empezaron a retratar muchas veces con aquellas camarotas con flashes electrónicos y el señor General hasta posaba un poco para ellos, siempre sonriendo (¿de qué sonreiría?). Para eso, los otros generales, se habían detenido a unos veinte pasos atrás de nosotros.

Grande fue su sorpresa cuando empezó a subir unas escaleras hacia la fiesta, y yo me zafé amablemente y le dije:

—Pues hasta aquí llego yo… Tengo otro compromiso en otro salón…

Se ha de haber quedado momentáneamente sorprendido porque ¿a qué celebración más importante podría asistir yo que a la que asiste el propio Presidente de la República?

Bueno, pues llegué tarde a la conferencia de prensa pero no la afecté en nada.

Cuento esto porque por ahí deben haber fotos mías del brazo con el Negro Durazo y si alguno de los lectores llega a ver una, esto lo explica todo.

 


martes, 4 de julio de 2023

 

LA VEZ QUE CREÍMOS QUE NOS IBAN A ASALTAR

Debe haber sido por 1980. Entonces, mi consultorio estaba en Av. Universidad 1854, en donde ahora está la librería de libros usados “Salvador Novo”, a la que invito a mis lectores que conozcan porque se van a llevar gratas sorpresas. Hay desde enciclopedias y novelas hasta libros de medicina, odontología y química. Tiene hasta sección en inglés.

Mi secretaria, la fiel Silvia (lleva conmigo 45 años), era una chavita y una tarde entró nerviosa en mi despacho y me dijo:

–Doctor: creo que ahora sí nos vienen a asaltar– dijo temblorosa

Para aquellos de mis lectores que conocieron aquel gran consultorio (teníamos 4 sillones de odontología infantil y general y 4 de ortodoncia), a pesar de tener vidrio antibalístico en la recepción y puertas esclusas para poder entrar a la recepción, cuando un grupo de maleantes vienen decididos a entrar, estas barreras sólo les sirven como estorbos en los que perderán un poco más de tiempo. Por cierto que, fuimos el único negocio que nunca asaltaron de esa cuadra

Naturalmente, salí con cierto temor a la recepción a ver a qué se refería Silvia y, en efecto, encontré que en los sillones de la recepción estaban sentados dos tipos con la peor facha del mundo y uno estaba parado a su lado. Uno de los sentados llevaba lentes RayBan oscuros de gota.

Cautelosamente les pregunté en qué podríamos servirlos y uno de ellos, creo que el que estaba parado, me repuso:

Pos aquí mi Comanche que dizque le duele mucho una muela…

No digo: me duele mucho, ¡muchísimo!farfulló el de los RayBan

Se identificaron conmigo mostrándome sus “charolas” metálicas de policías de investigación. Yo no sabía si reír o llorar. En ese entonces les teníamos más miedo a los polis que a los rateros (creo que como ahora). Pude notar que el “Comanche” (por comandante) estaba llorando a lágrima viva y usaba los lentes para ocultarlo. 

Como todo dentista debe hacer, no me quedó otro remedio que pasarlos a un cubículo y sentar al Comanche. Los otros dos se quedaron a sus lados, estorbando muchísimo. Entonces, sacando fuerza de mi interior, con voz más ronca, les pedí que se pararan enfrente del sillón para que yo tuviera libertad de movimientos, pero el Comanche me rogó que uno de ellos ¡le diera la manita!

Silvia se asomó aún temerosa, pero ya más calmada y llamó a su hermana, que era mi asistente.

¡Juaniiita!como por arte de magia se apareció la susodicha. ¿Qué se le ofrece, doctor?

La instruí para sacar unas radiografías periapicales y de mordida y así lo hicimos. Luego vino lo duro, porque el Comache seguía llorando ante la mirada atónita de sus secuaces, digo, ayudantes. Al ver las Rx, comprendí que había que hacer unas extracciones: una muela más o menos entera y unos restos radiculares contiguos con sendos abscesos periapicales.

Al tomar las radiografías noté que algo me estorbaba en el vientre del Comanche y se lo hice notar. Levantándose la camisa (por eso llevan la camisa suelta, para que no se note) mostró que traía una escuadra calibre 45 plateada que yo vi gigantesca, sobre todo el agujero del cañón.

Haciendome el Harry El Sucio, lo más macho que pude, le dije:

Le voy a suplicar que la pongamos en uno de los mostradores y que le “eche un ojo” uno de sus amigos.

Accedió no muy contento, dándole instrucciones a uno de sus gatos a que la cuidara y nadie, pero nadie, la tocara. Pensé “¡Por mí, mejor!”

Debieron ustedes haber visto al Comanche llorar y retorcerse cuando alcanzó a ver la jeringa con su aguja larga (entonces yo empleaba jeringas ahora ya no, uso la Wand). Sus socios o compadres le sujetaron los brazos y la cabeza y acerté a darle una anestesia regional muy buena. Y volví a pensar: “¿Pues no que muy macho?”. Ahí aprendí que mientras más macho parece un paciente (fuertotes, instructores de pesas, charros, policías, etc.), más cobarde es para el dentista.

Para no hacer el cuento largo, y a pesar de que me cercioré de que  tuviera una anestesia profunda y de explicarle lo que iba a sentir, el Comanche aulló como coyote (¿le habrá salido natural?) cuando hice palanca sobre la muela y más cuando emplee el elevador de raíces para quitarle los restos radiculares. Aunque no lo crean, su sangre teñía de rojo, como la canción. Por suerte no tuve complicaciones.

Si me preguntan ahora, lo confesaré: hice todo el procedimiento sin antibiótico y, por si siguen preguntando, ni se usaban guantes y cubrebocas en aquellos años. El horno “no estaba para bollos”, como dicen. Eso sí: estoy plenamente seguro de que no le dolió nada porque hubiera tomado la pistola y me hubiera cosido a balazos.

Salió como un lloroso fardo o como dicen: de aguilita. Uno de sus compinches de cada lado sosteniéndole los brazos. Silvia le cobró (estuve tentado a cobrar de más, pero no lo hice). Pagaron y afortunadamente salieron y nunca, nunca más volví a saber de ellos…

 

lunes, 3 de julio de 2023

 

 QUIÉN ME ENSEÑÓ A QUITARME LA TAQUICARDIA

Durante mi adolescencia y primera juventud tuve la molestia de que al menor pretexto me daban taquicardias (ritmo acelerado de las pulsaciones del corazón). Era, como se dice en medicina, “muy lábil” a ese trastorno (que no enfermedad en mi caso). Una vez, estando yo en el consultorio ayudando a mi padre a atender al Maestro Ignacio Chávez, le comenté  a éste último brevemente este problema—mi padre no me hubiera permitido quitarle mucho tiempo al Maestro ni a ningún otro paciente— y él me dijo que si me volvía suceder le avisara.

Quiso el destino que me diera un ataque de taquicardia estando él en el sillón. Mientras que mi padre hacía alguna otra cosa fuera de la boca del Doctor, éste se levantó y me hizo sentarme a mí en el sillón (recuerdo aquel sillón bien. Era eléctrico marca Ritter, colores azul con gris y hacía juego con la unidad de robot de esas que se abrían y se desplegaba ante los azorados ojos de los pacientes todas las piezas de mano y jeringa triples) y acto seguido llevó su mano derecha a mi cuello, justo debajo de mi mandíbula. Es lo que se llama “seno carotídeo”.

Apretó con dos dedos con cierta fuerza justo donde los vasos latían y uno o dos minutos después la taquicardia cedió. Así que no me pueden decir que no haya sido un experto quien me enseñó. Curiosamente, más o menos a esa edad se me quitaron esas molestias llamadas “taquicardias paroxísticas benignas”. 

Otra anécdota del Maestro Chávez

Tras haber sido ignominiosamente “derrocado” y expulsado de su oficina en la Rectoría de la UNAM en abril de 1966—yo estudiaba el segundo año de Odontología—seguramente por órdenes o con la anuencia del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, tuve el atrevimiento de inquirirle al Maestro Chávez, ahora exRector,  qué había sucedido y esto fue más o menos lo que me dijo: “Entró una turba de muchacho, muchos de los cuales se veían mayores a la edad universitaria, blandiendo garrotes y bates de béisbol y, con un lenguaje propio de los verduleros, me instaron a salir so pena de darme de palos. Lo mismo hicieron con mis colaboradores y secretarias. Ante esa amenaza tuve que salir por el elevador privado acompañado de estos vándalos. Habían hecho pintas y destrozado muebles tanto en mi oficina como el las adyacentes y en la planta baja de la Rectoría. Me insultaron y escupieron amparados por el cobarde anonimato. Yo ya sabía de parte de quién venían. Logré llegar a mi auto, en el sótano del edificio y me largué con mi chofer hacia mi casa en Av. De la Reforma. No sé qué emoción me dominaba más: si el temor, la indignación, la impotencia, la vergüenza de haber sido injuriado y maltratado o la rabia de saber que el mismo Presidente de la República había ordenado aquella salida ignominiosa. ¿En qué país vivíamos? ¿Qué le diría yo a Celia mi esposa y a mis hijos? En fin, me refugié en la casa teniendo como consuelo miles, literalmente miles de llamadas telefónicas de todo el mundo expresando su solidaridad y su indignación por lo que me habían hecho pasar.

En casa me esperaban mis colaboradores más cercanos, junto con los que me enteré que la Junta de Gobierno se hallaba reunida para nombrar a un nuevo Rector. Días después supe que el nombramiento recayó en mi amigo el Ingeniero Javier Barros Sierra, a quien yo conocía de hace tiempo por sus gestiones en diversos cargos públicos y docentes en la UNAM. Esto fue el 5 de mayo de 1966. Pero, lo muy malo, es que el Presidente le impuso a un empleado de la Presidencia como Secretario General, ese empleado fue Fernando Solana…”

Para quienes quieran saber más de este último personaje, les recomiendo lean su entrada en Wikipedia.

viernes, 23 de junio de 2023

El Rector Javier Barros Sierra

 

El Rector Javier Barros Sierra.

Sr. Rector Javier Barros Sierra
Cara Oriente de la Torre de Rectoría

Como ya he dicho en Mis Memorias, entre el Rector Barros Sierra y yo hubo un clic instantáneo que comenzó cuando gané el Premio de la Sección Varia Invención de la Revista “Punto de Parida” dirigida y editada por la querida Maestra Margo Glantz—a quien yo conocía desde la Preparatoria 5— y el Rector mismo, acompañado por la élite de la intelectualidad universitaria, en la misma Rectoría entregaron los premios, consistentes en colecciones de libros editados por la UNAM.

 Los acompañaban los jurados que otorgaron los premios, entre los cuales puedo mencionar a Juan García Ponce, Emmanuel Carballo, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Gastón García Cantú, etc. Desde aquel momento, y habiéndose enterado por mí que estudiaba en la Escuela Nacional de Odontología, por algún motivo le caí bien (conocía a mi padre por fama) me llamó desde entonces “mi joven escritor” y tenía razón: yo apenas contaba con 22 años.

El Rector era una persona bastante alta y corpulenta, con el cabello grisáceo cuando empezó su gestión y completamente blanco cuando la terminó. Usaba un bigote varonil muy bien recortado (también blanco) y le gustaba usar trajes color oscuro lo que aumentaba su apariencia elegante.

Usaba calcetines cortos—no sé por qué—que le dejaban ver las canillas blancas y sin vello cuando cruzaba las piernas. Tenía voz gruesa y no empleaba anteojos más que para leer. Era un hombre muy bien preparado: erudito y sabio. Un excelente político un gran Rector.

Comenzó para mí una agradable época de amistad cercana con él. Tanto, que a veces, a través de alguno de los intendentes—cuatro a lo sumo—, me buscaba en la ENO para que lo acompañara a su oficina en la Rectoría para ¡platicar!  Esta oficina estaba en el 5º. Piso, estaba poblada de bellas mujeres, y tenía una notable vista hacia el oriente de la CU entera, particularmente de la sección llamada “las islas”, que en realidad es una serie de promontorios en un gran prado. A mí me llamaba la atención esta deferencia.

Y se preguntarán ustedes de qué hablábamos. Pues de distintas cosas: de política nacional (me confesó que al entonces Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, entre los demás secretarios algunos de sus empleados le llamaban “la mosca” por su propensión a inmiscuirse en todos los asuntos  aunque no le incumbieran.  De los viajes que le había tocado hacer, de la gran capacidad que tenían sus subordinados cuando había sido Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas (hablaba especialmente bien del Director de Aeropuertos).

SCOP en 1968 en sus patios hice mi servicio militar


Le gustaba reír, aunque lo hacía parca y suavemente, y me contaba anécdotas por ejemplo del exRector Nabor Carrillo Flores y de otros excelsos personajes que habían sido altos directivos de las facultades y escuelas cuando él lo fue de la Facultad de Ingeniería y, luego, funcionario público. Era amigo del exdirector de la ENO, Nacho Reynoso.

Escuela (ahora Facultad) de Odontología UNAM

Su amable Secretaria Particular nos servía café de excelente calidad. Me costaba mucho trabajo despedirme de él, pues sabía que tenía cosas más importantes que hacer que platicar conmigo, así que decidí dejar que fuera la Secretaria la que me corriera cuando avisara que había una llamada o persona importante que demandaban su atención.

Desde luego, yo me desvivía por hacerle preguntas sobre la UNAM. Cuando le pregunté por qué toleraba que hubiera “porras”, se levantó, mirando por el ventanal y dándome la espalda, y musitó algo así como “si las quitamos ¿quién protege a la Universidad?” Me dejó helado, ya que es un punto de vista que nunca se me hubiera ocurrido. Me confesó que en su equipo no todos le eran fieles, pero no hizo más comentarios. Nunca lo escuché hablar bien del Presidente Díaz Ordaz, aunque tampoco nunca lo oí hablar mal, pero se notaba que su relación no era buena, por los intentos de Díaz Ordaz de inmiscuirse en los asuntos de la  UNAM.

El 1o de abril de 1968 que tomamos la
Escuela Nacional de Odontología. UNAM.

Cuando alguna vez le mencioné de soslayo el asunto de lo que estaba haciendo nuestro entonces Director de la Escuela, el Dr. Jesús Sarabia, recuerdo que me dijo que “era una técnica muy vieja—dijo algo así como que era un gallo muy jugado, o expresión similar— el rodearse de incondicionales, pero que le propusiera yo (¡yo!) tres posibles candidatos para sucederlo de manera que él pudiera presentar la lista ante la Junta de Gobierno”. Por más que le hice, y por más que discretamente consulté con mis compañeros y maestros, no pudimos conseguir tres candidatos: cuando uno era honrado, carecía de dotes de liderazgo, o se había echado muchos enemigos, o no tenía “grupo” que lo apoyara, o había tratado de seducir alumnas (esto último era muy frecuente con los recién llegados). Unos eran grandes profesores, pero carecían de tiempo para dirigir. Otros no podía abandonar sus consultorios.

Me di cuenta de la dificultad de proponer candidatos y de que no sólo se trataba de quitar a uno, sino también de poner a otro. Tuvimos unas tres o cuatro reuniones de este tipo y se suspendieron porque en esos tiempos mis compañeros y yo nos decidimos a “tomar” (invadir y conquistar) a la Escuela Nacional de Odontología el 1º de abril de 1968. Todas estas pláticas, con personajes de esta magnitud, hicieron que afilara mis experiencias y aptitudes políticas, ¡que duda cabe!

El dia que la J de G cesó al Director

Barros Sierra se hubiera visto parcial si nos hubiéramos seguido viendo en forma privada. Después de esto, personalmente me encomendó con uno de sus funcionarios leales para que se encargara personalmente y hasta el final del problema de Odontología. Que llegó a buen fin un año después cuando la Junta de Gobierno cesó a nuestro Director por malas prácticas. El funcionario que me guió fue el Lic. Miguel González Avelar, Director General del Profesorado a los 39 años de edad, quien años después fue mi compadre al bautizar él y su esposa a mi hijo.

A pesar de que le dimos al Rector muchas molestias cuando tomamos la Escuela (un año y tantito más) nunca decayó nuestra amistad y me apené mucho cuando me enteré que tenía cáncer. Falleció en 1971, a los 56 años de edad. México y la UNAM perdieron a u gran mexicano y a un excelso universitario.

lunes, 12 de junio de 2023

 

Una "cacería" en Zihuatanejo en 1964

Hugo mi hermano mayor, el médico cirujano, al que siempre he querido mucho y que ahora descansa en paz, tuvo un paciente oriundo de un caserío cercano a Zihuatanejo en el estado de Guerrero. Vamos a llamarlo el Profesor Ramírez, que era influyente en el Sindicato de Maestros de aquella región y se aproximaba a los 65 años.

Hugo mi hermano y yo (Ca. 1966)

Pues un jovenzuelo bravucón le rompíó la cara al Profe debido a un accidente automovilístico nimio y éste acudió al consultorio de mi hermano para que lo atendiera. De ahí nació una buena amistad, al grado que, a los cuatro o cinco años de conocerse, el Profe se ofreció a regalarle a mi hermano un terrenito de apenas 10 mil metros cuadrados en un sitio paradisiaco (ahora echado a perder con la urbanización) en un sitio llamado Playa de Paraíso (nombre ficticio), Gro que el Profe se adjudicaba como de propiedad familiar. Dicho lugar está como a 10 o 20 kilómetros al sur de Zihuatanejo, y se llegaba a él mediante lo que sería el trazo de la carretera Acapulco-Zihua, que aún no existía. Ojo: no existía.

Mi hermano era recién llegado de su especialidad en EEUU y aún no compraba coche, así que le pidió prestado el suyo a mi mamá, un Renault Dauphine azul oscuro de tres años de antigüedad.

Un día de verano de 1964 partimos (pues yo me le pegué) en el pequeño auto Hugo, el Profe y yo hacia Zihuatanejo. Llevábamos un rifle cal 223 (no había prohibición de comprar armas entonces, fue hasta 1968 que el gobierno, temeroso, emitió tal decreto) y yo me imaginaba posando con un venado cola blanca a mis pies. Juro que desde aquellos años no he vuelto a matar nada, excepto moscas y mosquitos. Pero sigamos.

El Profe iba en el asiento de atrás, y no le paraba la boca: anécdota tras anécdota, que hacían que mi hermano y yo nos miráramos de reojo para transmitirnos si le creíamos o no. Ya no podría recordar todas las cosas que nos contó el hombecillo aquel, pero recuerdo con vivacidad una en la que en su noche de bodas, allá en su pueblo, y disponiéndose a dormir en hamaca matrimonial, como es costumbre en sitios de calor, cuando el Profe ya se encontraba dispuesto a amar a su nueva esposa, un alacrán le picó en la mano a ella (uno de regular tamaño), lo que hizo que ella gritara, pues los pinchazos de tan asquerosos animales son muy dolorosos. (A mí me han picado dos veces). EL Profe se levantó muy gallito para ver qué había pasado y al escuchar lo del alacrán, le dio una fuerte cachetada a su nueva esposa, lo que hizo que ésta se enojara y llorara.

Mi hermano y yo nos quedamos helados al escuchar aquello: ¡encima que la pica un alacrán, éste bmonstruo le mete una bofetada! ¿En qué cabeza cabe? Vino la explicación: a falta de suero anti-alacrán, se debe despertar una respuesta por parte del organismo agredido (en este caso, su esposa) haciendo que suelte una gran descarga de adrenalina (por ello la bofetada), ya que dicha descarga “mata” al veneno del horripilante y peligroso animal. ¡Ah, bueno! Respiramos aliviados Hugo y yo. Y así el Profe salvó a su señora y se le hizo tener su noche de bodas.

Los kilómetros iban pasando, llegamos a Acapulco, en donde hicimos una comida tardía y, tras consultarlo con el Profe y con el reloj, decidimos seguir el viaje a Zihuatanejo. He de advertir a ustedes que por momentos llovía y, muy importante, un huracán había pasado por aquella zona días antes, así que la carretera estaba mojada cuando no llena de lodo. Al llegar a un poblado llamado Tecpan de Galeana (aní nació don Hermenegildo Galeana, prócer de la Independencia) tuvimos que vadear con el auto un arroyo ancho de una manera peculiar: un niño se va caminando frente al auto para evitarle las piedras altas ocultas en la corriente y los vados más profundos. Desde luego, como todo en Guerrero (según mi experiencia) hay que dar propina, en este caso muy bien ganada. Bueno, ya había oscurecido y consideramos poco prudente seguir el viaje a oscuras y sin conocer la carretera. ¡Ja! Desde ahí en adelante ya no había carretera pavimentada, todo eran brechas de lodo y tierra. El arroyo que acabábamos de cruzar era una a rama de rio Tecpan. El Profe nos guio hasta una casa de huéspedes. ¡Qué diferencia con estos tiempos! Al buscar Tecpan en Google Maps encuentro que ya existen ahora hasta hoteles, una tienda Aurrerá y una Coppel. Entonces no sólo era una pueblucho donde los cerdos caminaban por las calles lodosas. Aunque para ser  justos diré que acababa de pasar el huracán.

La casa de huéspedes, vacía, tenía tres o cuatro cuartos. Hugo y yo nos quedamos (junto con el rifle) en una recámara que tenía dos camas pequeñas pero no tenía luz eléctrica (recuerden: el huracán)  y sólo tenía como alumbrado unas velas,. No había restaurante y si querías ir al baño, “estaba ahí, afuera del patio”. Era una vil letrina. Desdew luego, en caso necesario, había que ilumaniarse con una vela. ¡Puaj!

Veníamos cansado y pronto nos acostamos a dormir. Me sentí como debió haberse sentido Benito Juárez en su recámara: una cama demasiado angosta en la que me colgaban los pies. Nomás que él estaba acostumbrado a esas estrecheces.  Sople las velas, una de Hugo y una mía, y antes de 3 minutos, Hugo me dijo: ¡Mano—así me dicen familiarmente—prende las velas! Así lo hice. Se levantó Hugo de la cama, y una legión de chinches dibujaba su silueta sobre la sábana. Yo hice lo mismo, pero en mi cama no había chinches: les gustaba saborear la sangre de mi hermano y no la mía. Al levantarnos por la mañana, me hizo contar cuántos piquetes de chinche tenía visibles en su espalda: conté 88. ¡Menos mal que durante la noche no fuimos al baño, quién sabe que nos hubiera mordido ahí! ¡Y nosotros sin linternas!

Tras pagar a regañadientes, salimos y decidimos desayunar en el camino. ¡Inocentes de nosotros! No había tienditas ni grandes ni chiquitas hasta unos 50 kilómetros adelante. He de narrar que como ya no había camino y sólo había lodo, el carro se patinaba o si frenabas, tendía a seguir su camino aunque las ruedas fueran detenidas, lo que nos forzaba a ir avanzando lentamente. Cuando el auto se empezaba a girar, nos bajábamos el Profe y yo y empujándolo lo devolvíamos al camino. No crean ustedes que el camino era amplio y sin vegetación, por el contrario: estaba lleno de árboles y era un sendero realmente. De ahí aprendí algo: no había otros autos (ahora hasta han de asaltar ahí) y los únicos vehículos que vimos fueron los grandes camiones de cerveza (diferentes marcas), de Coca Cola y unos más pequeños de Bimbo. Ah, en México puede faltar comida o agua pura, pero cheves, Cocas y Gansitos, ¡nunca!

Kilómetros adelante detuvimos el auto y nos bajamos esperando ver a alguna presa para cazarla: un guajalote de monte (muy difíciles de encontrar), un jabalí o un venado. Nada.  Entre la selva escuche una graznidos como de pajaritos, pero resultó que eran unas arañas gigantes (unos 15 cms de altura), seguramente tarántulas. ¡Sorpresa se llevaría aquel que metiera la mano para buscar una avecilla! Seguimos el camino y de pronto, sobre el cofre del auto (en donde va el motor), nos brincó limpiamente una panterita negra , allá llamadas “onzas”, y kilómetros más adelante una parvada de pájaros se mató al estrellarse contra la puerta delantera izquierda del auto. ¡no se esperaban un obstáculo en lo que debe haber sido su ruta favorita! También, al acercarse la playa a nuestra ruta, nos tocó ver un espectáculo asombroso, El Bufadero, en donde el agua de mar en forma de grandes olas (es mar abierto) entra en una caverna a toda velocidad, dentro de la ésta el agua se pulveriza y sale como roció por una apertura en la parte superior de la roca. El espectáculo de mar “abierto” es, en sí mismo, imponente. Después de todo es el Océano Pacífico el mayor océano del mundo. ¿Sabían ustedes que si de Acapulco trazan una línea recta exactamente hacia el sur llegan hasta la Antártida? No hay tierra de por medio, porque el continente Sudamericanos está mucho más al Oriente. Lo mismo puede hacerse desde la Ciudad de México.

No les miento (estamos en 1964, recuerden) hicimos como 8 horas en aquella brecha hasta que Profe nos detuvo y nos indicó que diéramos vuelta a la izquierda. El trayecto que habíamos seguido, de los más bello y salvaje que he visto, iba paralelo a la costa, pero como a dos kilómetros tierra adentro, y mira que en Guerrero eso significa ir muy arriba del mar, pues es un estado agrete orográficamente hablando. No por nada allá se establecieron las guerrillas de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas.

Dimos vuelta como nos indicó el Profe y, tras seguir una brecha rodeada de cocoteros, llegamos finalmente a la playa. Había una choza miserable, hecha de palos y barañas, y afuera de ella un muchacho aproximadamente de mi edad. Para esto, durante el viaje, el Profe había ponderado los huevos de tortuga, que eran muy buenos como afrodisiacos y aumentaban la virilidad y el placer durante el sexo, etc. Yo, por supuesto, le presumí que “a mí me encantaban”… ¿Qué haces cuando tienes 19 años?

Bajamos del auto y el Profe nos presentó a su sobrino, un muchachón alto é,l tímido e ignorante, pero que dominaba el mar, pues su casucha estaba en la orilla del mismo y él mismo era pescador. El lugar se llamaba Playa del Paraíso por una razón: era el paraíso. El Profe nos conminó a que nos pusiéramos en traje de baño y él hizo lo mismo. Luego se llevó a mi hermano Hugo a caminar por aquella playa blanca interminable hasta que se perdieron en la lejanía: eso era lo que el Profe le quería regalar y le regaló a mi hermano. Diez mil metros cuadrados de paraíso.

Mientras tanto, me puse a platicar con el sobrino y nos metimos al mar, azul plumbago, a unos veinte metros del reventadero de las olas. Desde luego, me puse a platicar de lo bello del lugar (él me respondió que se aburría como ostión, no había nadie más). La plática, tras de una media hora invariablemente me llevó a preguntar si por ahí no había “animales grandes”. Yo me refería a tiburones, recuerden que era una playa deshabitada. No había nadie a la vista. Él me dijo tan tranquilo que desde luego los había, “como los dos que ahora estaban debajo de nosotros”. Yo no veía nada, no tenía visor, pero le creí a pie juntillas y discretamente me fui acercando a la playa hasta que salí, exhalando de alivio. Nos tomamos una cheve  (tibia) y a lo lejos alcancé a ver que dos puntitos venían caminando por la playa allá en lontonanza. Conforme se fueron acercando ya pude distinguir a mi hermano, pero el Profe venía desnudo: su cuerpo era del mismo color cetrino con y sin ropa. Cuando se acercaron más me di cuenta del porqué de su desnudez: tenía en su calzón de baño unos 50 huevos de tortuga porque había descubierto un desovadero. Cuando estuvieron cerca me dijo.

¡Mire lo que encontré, joven! Le van a encantar…

—¿Qué son?

Unos huevos recién puestos de tortuga… Mire: y diciendo y haciendo, con las uñas de sus dedos arrancó un pedazo de un centímetro cuadrado de la cáscara blanda del huevo y llevándoselo a la boca, lo exprimió y se lo trago… crudo.

Mi hermano Hugo me miraba entre divertido y apenado por mi situación de la que había escapatoria para ver si cumplía mi palabra de comerme uno o varios. No dijo nada el muy canalla. Me hubiera salvado.

Me ofreció un huevo el Profe y no tuve más remedio que hacer lo mismo que él: arranqué un pedacito de cáscara de aquel huevo redondo y blando, como pelota de pínpón y sin pensarlo, lo llevé a mi boca, percibí un intenso olor a yodo, y lo apachurré y me lo tragué como si fuera una cápsula. Por un momento creí que todo iba a estar bien, pero al recordar su consistencia viscosa, de la clara y la yema juntas, mi estómago no aguantó más y tuve que vomitar. Eso sí: vomité sobre el mar.

El ridículo en el que quedé.

El viaje de regreso fue lo mismo pero a la inversa. El Profe no me recriminó mi mentira y siguió platicando imparablemente como si nada. Hugo manejaba. Yo iba con el alma entre las piernas. Tras una interminable jornada terminamos en Acapulco, en donde cenamos con ganas,  dormimos en un hotel civilizado, Hugo seguía con costras en los piquetes de las chinches y se quedó con los 10 mil metros cuadrados hasta que años después se los quitaron los maestros vivos de por ahí. El Profe ya había pasado a mejor vida. Nunca gozamos aquel paraíso. Quién sabe si de verdad era del Profe. ¿ustedes que piensan? El año siguiente entré a Odontología, hice amigos, tuve a mi más bella y querida novia (Marcela) y tan tan, colorin colorado…

PD: Mis compañeros nunca ,me creyeron lo de las arañas gigantes y jamás he vuelto a comer huevos de tortuga, que ahora están prohibidos.