martes, 4 de julio de 2023

 

LA VEZ QUE CREÍMOS QUE NOS IBAN A ASALTAR

Debe haber sido por 1980. Entonces, mi consultorio estaba en Av. Universidad 1854, en donde ahora está la librería de libros usados “Salvador Novo”, a la que invito a mis lectores que conozcan porque se van a llevar gratas sorpresas. Hay desde enciclopedias y novelas hasta libros de medicina, odontología y química. Tiene hasta sección en inglés.

Mi secretaria, la fiel Silvia (lleva conmigo 45 años), era una chavita y una tarde entró nerviosa en mi despacho y me dijo:

–Doctor: creo que ahora sí nos vienen a asaltar– dijo temblorosa

Para aquellos de mis lectores que conocieron aquel gran consultorio (teníamos 4 sillones de odontología infantil y general y 4 de ortodoncia), a pesar de tener vidrio antibalístico en la recepción y puertas esclusas para poder entrar a la recepción, cuando un grupo de maleantes vienen decididos a entrar, estas barreras sólo les sirven como estorbos en los que perderán un poco más de tiempo. Por cierto que, fuimos el único negocio que nunca asaltaron de esa cuadra

Naturalmente, salí con cierto temor a la recepción a ver a qué se refería Silvia y, en efecto, encontré que en los sillones de la recepción estaban sentados dos tipos con la peor facha del mundo y uno estaba parado a su lado. Uno de los sentados llevaba lentes RayBan oscuros de gota.

Cautelosamente les pregunté en qué podríamos servirlos y uno de ellos, creo que el que estaba parado, me repuso:

Pos aquí mi Comanche que dizque le duele mucho una muela…

No digo: me duele mucho, ¡muchísimo!farfulló el de los RayBan

Se identificaron conmigo mostrándome sus “charolas” metálicas de policías de investigación. Yo no sabía si reír o llorar. En ese entonces les teníamos más miedo a los polis que a los rateros (creo que como ahora). Pude notar que el “Comanche” (por comandante) estaba llorando a lágrima viva y usaba los lentes para ocultarlo. 

Como todo dentista debe hacer, no me quedó otro remedio que pasarlos a un cubículo y sentar al Comanche. Los otros dos se quedaron a sus lados, estorbando muchísimo. Entonces, sacando fuerza de mi interior, con voz más ronca, les pedí que se pararan enfrente del sillón para que yo tuviera libertad de movimientos, pero el Comanche me rogó que uno de ellos ¡le diera la manita!

Silvia se asomó aún temerosa, pero ya más calmada y llamó a su hermana, que era mi asistente.

¡Juaniiita!como por arte de magia se apareció la susodicha. ¿Qué se le ofrece, doctor?

La instruí para sacar unas radiografías periapicales y de mordida y así lo hicimos. Luego vino lo duro, porque el Comache seguía llorando ante la mirada atónita de sus secuaces, digo, ayudantes. Al ver las Rx, comprendí que había que hacer unas extracciones: una muela más o menos entera y unos restos radiculares contiguos con sendos abscesos periapicales.

Al tomar las radiografías noté que algo me estorbaba en el vientre del Comanche y se lo hice notar. Levantándose la camisa (por eso llevan la camisa suelta, para que no se note) mostró que traía una escuadra calibre 45 plateada que yo vi gigantesca, sobre todo el agujero del cañón.

Haciendome el Harry El Sucio, lo más macho que pude, le dije:

Le voy a suplicar que la pongamos en uno de los mostradores y que le “eche un ojo” uno de sus amigos.

Accedió no muy contento, dándole instrucciones a uno de sus gatos a que la cuidara y nadie, pero nadie, la tocara. Pensé “¡Por mí, mejor!”

Debieron ustedes haber visto al Comanche llorar y retorcerse cuando alcanzó a ver la jeringa con su aguja larga (entonces yo empleaba jeringas ahora ya no, uso la Wand). Sus socios o compadres le sujetaron los brazos y la cabeza y acerté a darle una anestesia regional muy buena. Y volví a pensar: “¿Pues no que muy macho?”. Ahí aprendí que mientras más macho parece un paciente (fuertotes, instructores de pesas, charros, policías, etc.), más cobarde es para el dentista.

Para no hacer el cuento largo, y a pesar de que me cercioré de que  tuviera una anestesia profunda y de explicarle lo que iba a sentir, el Comanche aulló como coyote (¿le habrá salido natural?) cuando hice palanca sobre la muela y más cuando emplee el elevador de raíces para quitarle los restos radiculares. Aunque no lo crean, su sangre teñía de rojo, como la canción. Por suerte no tuve complicaciones.

Si me preguntan ahora, lo confesaré: hice todo el procedimiento sin antibiótico y, por si siguen preguntando, ni se usaban guantes y cubrebocas en aquellos años. El horno “no estaba para bollos”, como dicen. Eso sí: estoy plenamente seguro de que no le dolió nada porque hubiera tomado la pistola y me hubiera cosido a balazos.

Salió como un lloroso fardo o como dicen: de aguilita. Uno de sus compinches de cada lado sosteniéndole los brazos. Silvia le cobró (estuve tentado a cobrar de más, pero no lo hice). Pagaron y afortunadamente salieron y nunca, nunca más volví a saber de ellos…

 

lunes, 3 de julio de 2023

 

 QUIÉN ME ENSEÑÓ A QUITARME LA TAQUICARDIA

Durante mi adolescencia y primera juventud tuve la molestia de que al menor pretexto me daban taquicardias (ritmo acelerado de las pulsaciones del corazón). Era, como se dice en medicina, “muy lábil” a ese trastorno (que no enfermedad en mi caso). Una vez, estando yo en el consultorio ayudando a mi padre a atender al Maestro Ignacio Chávez, le comenté  a éste último brevemente este problema—mi padre no me hubiera permitido quitarle mucho tiempo al Maestro ni a ningún otro paciente— y él me dijo que si me volvía suceder le avisara.

Quiso el destino que me diera un ataque de taquicardia estando él en el sillón. Mientras que mi padre hacía alguna otra cosa fuera de la boca del Doctor, éste se levantó y me hizo sentarme a mí en el sillón (recuerdo aquel sillón bien. Era eléctrico marca Ritter, colores azul con gris y hacía juego con la unidad de robot de esas que se abrían y se desplegaba ante los azorados ojos de los pacientes todas las piezas de mano y jeringa triples) y acto seguido llevó su mano derecha a mi cuello, justo debajo de mi mandíbula. Es lo que se llama “seno carotídeo”.

Apretó con dos dedos con cierta fuerza justo donde los vasos latían y uno o dos minutos después la taquicardia cedió. Así que no me pueden decir que no haya sido un experto quien me enseñó. Curiosamente, más o menos a esa edad se me quitaron esas molestias llamadas “taquicardias paroxísticas benignas”. 

Otra anécdota del Maestro Chávez

Tras haber sido ignominiosamente “derrocado” y expulsado de su oficina en la Rectoría de la UNAM en abril de 1966—yo estudiaba el segundo año de Odontología—seguramente por órdenes o con la anuencia del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, tuve el atrevimiento de inquirirle al Maestro Chávez, ahora exRector,  qué había sucedido y esto fue más o menos lo que me dijo: “Entró una turba de muchacho, muchos de los cuales se veían mayores a la edad universitaria, blandiendo garrotes y bates de béisbol y, con un lenguaje propio de los verduleros, me instaron a salir so pena de darme de palos. Lo mismo hicieron con mis colaboradores y secretarias. Ante esa amenaza tuve que salir por el elevador privado acompañado de estos vándalos. Habían hecho pintas y destrozado muebles tanto en mi oficina como el las adyacentes y en la planta baja de la Rectoría. Me insultaron y escupieron amparados por el cobarde anonimato. Yo ya sabía de parte de quién venían. Logré llegar a mi auto, en el sótano del edificio y me largué con mi chofer hacia mi casa en Av. De la Reforma. No sé qué emoción me dominaba más: si el temor, la indignación, la impotencia, la vergüenza de haber sido injuriado y maltratado o la rabia de saber que el mismo Presidente de la República había ordenado aquella salida ignominiosa. ¿En qué país vivíamos? ¿Qué le diría yo a Celia mi esposa y a mis hijos? En fin, me refugié en la casa teniendo como consuelo miles, literalmente miles de llamadas telefónicas de todo el mundo expresando su solidaridad y su indignación por lo que me habían hecho pasar.

En casa me esperaban mis colaboradores más cercanos, junto con los que me enteré que la Junta de Gobierno se hallaba reunida para nombrar a un nuevo Rector. Días después supe que el nombramiento recayó en mi amigo el Ingeniero Javier Barros Sierra, a quien yo conocía de hace tiempo por sus gestiones en diversos cargos públicos y docentes en la UNAM. Esto fue el 5 de mayo de 1966. Pero, lo muy malo, es que el Presidente le impuso a un empleado de la Presidencia como Secretario General, ese empleado fue Fernando Solana…”

Para quienes quieran saber más de este último personaje, les recomiendo lean su entrada en Wikipedia.

viernes, 23 de junio de 2023

El Rector Javier Barros Sierra

 

El Rector Javier Barros Sierra.

Sr. Rector Javier Barros Sierra
Cara Oriente de la Torre de Rectoría

Como ya he dicho en Mis Memorias, entre el Rector Barros Sierra y yo hubo un clic instantáneo que comenzó cuando gané el Premio de la Sección Varia Invención de la Revista “Punto de Parida” dirigida y editada por la querida Maestra Margo Glantz—a quien yo conocía desde la Preparatoria 5— y el Rector mismo, acompañado por la élite de la intelectualidad universitaria, en la misma Rectoría entregaron los premios, consistentes en colecciones de libros editados por la UNAM.

 Los acompañaban los jurados que otorgaron los premios, entre los cuales puedo mencionar a Juan García Ponce, Emmanuel Carballo, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Gastón García Cantú, etc. Desde aquel momento, y habiéndose enterado por mí que estudiaba en la Escuela Nacional de Odontología, por algún motivo le caí bien (conocía a mi padre por fama) me llamó desde entonces “mi joven escritor” y tenía razón: yo apenas contaba con 22 años.

El Rector era una persona bastante alta y corpulenta, con el cabello grisáceo cuando empezó su gestión y completamente blanco cuando la terminó. Usaba un bigote varonil muy bien recortado (también blanco) y le gustaba usar trajes color oscuro lo que aumentaba su apariencia elegante.

Usaba calcetines cortos—no sé por qué—que le dejaban ver las canillas blancas y sin vello cuando cruzaba las piernas. Tenía voz gruesa y no empleaba anteojos más que para leer. Era un hombre muy bien preparado: erudito y sabio. Un excelente político un gran Rector.

Comenzó para mí una agradable época de amistad cercana con él. Tanto, que a veces, a través de alguno de los intendentes—cuatro a lo sumo—, me buscaba en la ENO para que lo acompañara a su oficina en la Rectoría para ¡platicar!  Esta oficina estaba en el 5º. Piso, estaba poblada de bellas mujeres, y tenía una notable vista hacia el oriente de la CU entera, particularmente de la sección llamada “las islas”, que en realidad es una serie de promontorios en un gran prado. A mí me llamaba la atención esta deferencia.

Y se preguntarán ustedes de qué hablábamos. Pues de distintas cosas: de política nacional (me confesó que al entonces Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, entre los demás secretarios algunos de sus empleados le llamaban “la mosca” por su propensión a inmiscuirse en todos los asuntos  aunque no le incumbieran.  De los viajes que le había tocado hacer, de la gran capacidad que tenían sus subordinados cuando había sido Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas (hablaba especialmente bien del Director de Aeropuertos).

SCOP en 1968 en sus patios hice mi servicio militar


Le gustaba reír, aunque lo hacía parca y suavemente, y me contaba anécdotas por ejemplo del exRector Nabor Carrillo Flores y de otros excelsos personajes que habían sido altos directivos de las facultades y escuelas cuando él lo fue de la Facultad de Ingeniería y, luego, funcionario público. Era amigo del exdirector de la ENO, Nacho Reynoso.

Escuela (ahora Facultad) de Odontología UNAM

Su amable Secretaria Particular nos servía café de excelente calidad. Me costaba mucho trabajo despedirme de él, pues sabía que tenía cosas más importantes que hacer que platicar conmigo, así que decidí dejar que fuera la Secretaria la que me corriera cuando avisara que había una llamada o persona importante que demandaban su atención.

Desde luego, yo me desvivía por hacerle preguntas sobre la UNAM. Cuando le pregunté por qué toleraba que hubiera “porras”, se levantó, mirando por el ventanal y dándome la espalda, y musitó algo así como “si las quitamos ¿quién protege a la Universidad?” Me dejó helado, ya que es un punto de vista que nunca se me hubiera ocurrido. Me confesó que en su equipo no todos le eran fieles, pero no hizo más comentarios. Nunca lo escuché hablar bien del Presidente Díaz Ordaz, aunque tampoco nunca lo oí hablar mal, pero se notaba que su relación no era buena, por los intentos de Díaz Ordaz de inmiscuirse en los asuntos de la  UNAM.

El 1o de abril de 1968 que tomamos la
Escuela Nacional de Odontología. UNAM.

Cuando alguna vez le mencioné de soslayo el asunto de lo que estaba haciendo nuestro entonces Director de la Escuela, el Dr. Jesús Sarabia, recuerdo que me dijo que “era una técnica muy vieja—dijo algo así como que era un gallo muy jugado, o expresión similar— el rodearse de incondicionales, pero que le propusiera yo (¡yo!) tres posibles candidatos para sucederlo de manera que él pudiera presentar la lista ante la Junta de Gobierno”. Por más que le hice, y por más que discretamente consulté con mis compañeros y maestros, no pudimos conseguir tres candidatos: cuando uno era honrado, carecía de dotes de liderazgo, o se había echado muchos enemigos, o no tenía “grupo” que lo apoyara, o había tratado de seducir alumnas (esto último era muy frecuente con los recién llegados). Unos eran grandes profesores, pero carecían de tiempo para dirigir. Otros no podía abandonar sus consultorios.

Me di cuenta de la dificultad de proponer candidatos y de que no sólo se trataba de quitar a uno, sino también de poner a otro. Tuvimos unas tres o cuatro reuniones de este tipo y se suspendieron porque en esos tiempos mis compañeros y yo nos decidimos a “tomar” (invadir y conquistar) a la Escuela Nacional de Odontología el 1º de abril de 1968. Todas estas pláticas, con personajes de esta magnitud, hicieron que afilara mis experiencias y aptitudes políticas, ¡que duda cabe!

El dia que la J de G cesó al Director

Barros Sierra se hubiera visto parcial si nos hubiéramos seguido viendo en forma privada. Después de esto, personalmente me encomendó con uno de sus funcionarios leales para que se encargara personalmente y hasta el final del problema de Odontología. Que llegó a buen fin un año después cuando la Junta de Gobierno cesó a nuestro Director por malas prácticas. El funcionario que me guió fue el Lic. Miguel González Avelar, Director General del Profesorado a los 39 años de edad, quien años después fue mi compadre al bautizar él y su esposa a mi hijo.

A pesar de que le dimos al Rector muchas molestias cuando tomamos la Escuela (un año y tantito más) nunca decayó nuestra amistad y me apené mucho cuando me enteré que tenía cáncer. Falleció en 1971, a los 56 años de edad. México y la UNAM perdieron a u gran mexicano y a un excelso universitario.

lunes, 12 de junio de 2023

 

Una "cacería" en Zihuatanejo en 1964

Hugo mi hermano mayor, el médico cirujano, al que siempre he querido mucho y que ahora descansa en paz, tuvo un paciente oriundo de un caserío cercano a Zihuatanejo en el estado de Guerrero. Vamos a llamarlo el Profesor Ramírez, que era influyente en el Sindicato de Maestros de aquella región y se aproximaba a los 65 años.

Hugo mi hermano y yo (Ca. 1966)

Pues un jovenzuelo bravucón le rompíó la cara al Profe debido a un accidente automovilístico nimio y éste acudió al consultorio de mi hermano para que lo atendiera. De ahí nació una buena amistad, al grado que, a los cuatro o cinco años de conocerse, el Profe se ofreció a regalarle a mi hermano un terrenito de apenas 10 mil metros cuadrados en un sitio paradisiaco (ahora echado a perder con la urbanización) en un sitio llamado Playa de Paraíso (nombre ficticio), Gro que el Profe se adjudicaba como de propiedad familiar. Dicho lugar está como a 10 o 20 kilómetros al sur de Zihuatanejo, y se llegaba a él mediante lo que sería el trazo de la carretera Acapulco-Zihua, que aún no existía. Ojo: no existía.

Mi hermano era recién llegado de su especialidad en EEUU y aún no compraba coche, así que le pidió prestado el suyo a mi mamá, un Renault Dauphine azul oscuro de tres años de antigüedad.

Un día de verano de 1964 partimos (pues yo me le pegué) en el pequeño auto Hugo, el Profe y yo hacia Zihuatanejo. Llevábamos un rifle cal 223 (no había prohibición de comprar armas entonces, fue hasta 1968 que el gobierno, temeroso, emitió tal decreto) y yo me imaginaba posando con un venado cola blanca a mis pies. Juro que desde aquellos años no he vuelto a matar nada, excepto moscas y mosquitos. Pero sigamos.

El Profe iba en el asiento de atrás, y no le paraba la boca: anécdota tras anécdota, que hacían que mi hermano y yo nos miráramos de reojo para transmitirnos si le creíamos o no. Ya no podría recordar todas las cosas que nos contó el hombecillo aquel, pero recuerdo con vivacidad una en la que en su noche de bodas, allá en su pueblo, y disponiéndose a dormir en hamaca matrimonial, como es costumbre en sitios de calor, cuando el Profe ya se encontraba dispuesto a amar a su nueva esposa, un alacrán le picó en la mano a ella (uno de regular tamaño), lo que hizo que ella gritara, pues los pinchazos de tan asquerosos animales son muy dolorosos. (A mí me han picado dos veces). EL Profe se levantó muy gallito para ver qué había pasado y al escuchar lo del alacrán, le dio una fuerte cachetada a su nueva esposa, lo que hizo que ésta se enojara y llorara.

Mi hermano y yo nos quedamos helados al escuchar aquello: ¡encima que la pica un alacrán, éste bmonstruo le mete una bofetada! ¿En qué cabeza cabe? Vino la explicación: a falta de suero anti-alacrán, se debe despertar una respuesta por parte del organismo agredido (en este caso, su esposa) haciendo que suelte una gran descarga de adrenalina (por ello la bofetada), ya que dicha descarga “mata” al veneno del horripilante y peligroso animal. ¡Ah, bueno! Respiramos aliviados Hugo y yo. Y así el Profe salvó a su señora y se le hizo tener su noche de bodas.

Los kilómetros iban pasando, llegamos a Acapulco, en donde hicimos una comida tardía y, tras consultarlo con el Profe y con el reloj, decidimos seguir el viaje a Zihuatanejo. He de advertir a ustedes que por momentos llovía y, muy importante, un huracán había pasado por aquella zona días antes, así que la carretera estaba mojada cuando no llena de lodo. Al llegar a un poblado llamado Tecpan de Galeana (aní nació don Hermenegildo Galeana, prócer de la Independencia) tuvimos que vadear con el auto un arroyo ancho de una manera peculiar: un niño se va caminando frente al auto para evitarle las piedras altas ocultas en la corriente y los vados más profundos. Desde luego, como todo en Guerrero (según mi experiencia) hay que dar propina, en este caso muy bien ganada. Bueno, ya había oscurecido y consideramos poco prudente seguir el viaje a oscuras y sin conocer la carretera. ¡Ja! Desde ahí en adelante ya no había carretera pavimentada, todo eran brechas de lodo y tierra. El arroyo que acabábamos de cruzar era una a rama de rio Tecpan. El Profe nos guio hasta una casa de huéspedes. ¡Qué diferencia con estos tiempos! Al buscar Tecpan en Google Maps encuentro que ya existen ahora hasta hoteles, una tienda Aurrerá y una Coppel. Entonces no sólo era una pueblucho donde los cerdos caminaban por las calles lodosas. Aunque para ser  justos diré que acababa de pasar el huracán.

La casa de huéspedes, vacía, tenía tres o cuatro cuartos. Hugo y yo nos quedamos (junto con el rifle) en una recámara que tenía dos camas pequeñas pero no tenía luz eléctrica (recuerden: el huracán)  y sólo tenía como alumbrado unas velas,. No había restaurante y si querías ir al baño, “estaba ahí, afuera del patio”. Era una vil letrina. Desdew luego, en caso necesario, había que ilumaniarse con una vela. ¡Puaj!

Veníamos cansado y pronto nos acostamos a dormir. Me sentí como debió haberse sentido Benito Juárez en su recámara: una cama demasiado angosta en la que me colgaban los pies. Nomás que él estaba acostumbrado a esas estrecheces.  Sople las velas, una de Hugo y una mía, y antes de 3 minutos, Hugo me dijo: ¡Mano—así me dicen familiarmente—prende las velas! Así lo hice. Se levantó Hugo de la cama, y una legión de chinches dibujaba su silueta sobre la sábana. Yo hice lo mismo, pero en mi cama no había chinches: les gustaba saborear la sangre de mi hermano y no la mía. Al levantarnos por la mañana, me hizo contar cuántos piquetes de chinche tenía visibles en su espalda: conté 88. ¡Menos mal que durante la noche no fuimos al baño, quién sabe que nos hubiera mordido ahí! ¡Y nosotros sin linternas!

Tras pagar a regañadientes, salimos y decidimos desayunar en el camino. ¡Inocentes de nosotros! No había tienditas ni grandes ni chiquitas hasta unos 50 kilómetros adelante. He de narrar que como ya no había camino y sólo había lodo, el carro se patinaba o si frenabas, tendía a seguir su camino aunque las ruedas fueran detenidas, lo que nos forzaba a ir avanzando lentamente. Cuando el auto se empezaba a girar, nos bajábamos el Profe y yo y empujándolo lo devolvíamos al camino. No crean ustedes que el camino era amplio y sin vegetación, por el contrario: estaba lleno de árboles y era un sendero realmente. De ahí aprendí algo: no había otros autos (ahora hasta han de asaltar ahí) y los únicos vehículos que vimos fueron los grandes camiones de cerveza (diferentes marcas), de Coca Cola y unos más pequeños de Bimbo. Ah, en México puede faltar comida o agua pura, pero cheves, Cocas y Gansitos, ¡nunca!

Kilómetros adelante detuvimos el auto y nos bajamos esperando ver a alguna presa para cazarla: un guajalote de monte (muy difíciles de encontrar), un jabalí o un venado. Nada.  Entre la selva escuche una graznidos como de pajaritos, pero resultó que eran unas arañas gigantes (unos 15 cms de altura), seguramente tarántulas. ¡Sorpresa se llevaría aquel que metiera la mano para buscar una avecilla! Seguimos el camino y de pronto, sobre el cofre del auto (en donde va el motor), nos brincó limpiamente una panterita negra , allá llamadas “onzas”, y kilómetros más adelante una parvada de pájaros se mató al estrellarse contra la puerta delantera izquierda del auto. ¡no se esperaban un obstáculo en lo que debe haber sido su ruta favorita! También, al acercarse la playa a nuestra ruta, nos tocó ver un espectáculo asombroso, El Bufadero, en donde el agua de mar en forma de grandes olas (es mar abierto) entra en una caverna a toda velocidad, dentro de la ésta el agua se pulveriza y sale como roció por una apertura en la parte superior de la roca. El espectáculo de mar “abierto” es, en sí mismo, imponente. Después de todo es el Océano Pacífico el mayor océano del mundo. ¿Sabían ustedes que si de Acapulco trazan una línea recta exactamente hacia el sur llegan hasta la Antártida? No hay tierra de por medio, porque el continente Sudamericanos está mucho más al Oriente. Lo mismo puede hacerse desde la Ciudad de México.

No les miento (estamos en 1964, recuerden) hicimos como 8 horas en aquella brecha hasta que Profe nos detuvo y nos indicó que diéramos vuelta a la izquierda. El trayecto que habíamos seguido, de los más bello y salvaje que he visto, iba paralelo a la costa, pero como a dos kilómetros tierra adentro, y mira que en Guerrero eso significa ir muy arriba del mar, pues es un estado agrete orográficamente hablando. No por nada allá se establecieron las guerrillas de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas.

Dimos vuelta como nos indicó el Profe y, tras seguir una brecha rodeada de cocoteros, llegamos finalmente a la playa. Había una choza miserable, hecha de palos y barañas, y afuera de ella un muchacho aproximadamente de mi edad. Para esto, durante el viaje, el Profe había ponderado los huevos de tortuga, que eran muy buenos como afrodisiacos y aumentaban la virilidad y el placer durante el sexo, etc. Yo, por supuesto, le presumí que “a mí me encantaban”… ¿Qué haces cuando tienes 19 años?

Bajamos del auto y el Profe nos presentó a su sobrino, un muchachón alto é,l tímido e ignorante, pero que dominaba el mar, pues su casucha estaba en la orilla del mismo y él mismo era pescador. El lugar se llamaba Playa del Paraíso por una razón: era el paraíso. El Profe nos conminó a que nos pusiéramos en traje de baño y él hizo lo mismo. Luego se llevó a mi hermano Hugo a caminar por aquella playa blanca interminable hasta que se perdieron en la lejanía: eso era lo que el Profe le quería regalar y le regaló a mi hermano. Diez mil metros cuadrados de paraíso.

Mientras tanto, me puse a platicar con el sobrino y nos metimos al mar, azul plumbago, a unos veinte metros del reventadero de las olas. Desde luego, me puse a platicar de lo bello del lugar (él me respondió que se aburría como ostión, no había nadie más). La plática, tras de una media hora invariablemente me llevó a preguntar si por ahí no había “animales grandes”. Yo me refería a tiburones, recuerden que era una playa deshabitada. No había nadie a la vista. Él me dijo tan tranquilo que desde luego los había, “como los dos que ahora estaban debajo de nosotros”. Yo no veía nada, no tenía visor, pero le creí a pie juntillas y discretamente me fui acercando a la playa hasta que salí, exhalando de alivio. Nos tomamos una cheve  (tibia) y a lo lejos alcancé a ver que dos puntitos venían caminando por la playa allá en lontonanza. Conforme se fueron acercando ya pude distinguir a mi hermano, pero el Profe venía desnudo: su cuerpo era del mismo color cetrino con y sin ropa. Cuando se acercaron más me di cuenta del porqué de su desnudez: tenía en su calzón de baño unos 50 huevos de tortuga porque había descubierto un desovadero. Cuando estuvieron cerca me dijo.

¡Mire lo que encontré, joven! Le van a encantar…

—¿Qué son?

Unos huevos recién puestos de tortuga… Mire: y diciendo y haciendo, con las uñas de sus dedos arrancó un pedazo de un centímetro cuadrado de la cáscara blanda del huevo y llevándoselo a la boca, lo exprimió y se lo trago… crudo.

Mi hermano Hugo me miraba entre divertido y apenado por mi situación de la que había escapatoria para ver si cumplía mi palabra de comerme uno o varios. No dijo nada el muy canalla. Me hubiera salvado.

Me ofreció un huevo el Profe y no tuve más remedio que hacer lo mismo que él: arranqué un pedacito de cáscara de aquel huevo redondo y blando, como pelota de pínpón y sin pensarlo, lo llevé a mi boca, percibí un intenso olor a yodo, y lo apachurré y me lo tragué como si fuera una cápsula. Por un momento creí que todo iba a estar bien, pero al recordar su consistencia viscosa, de la clara y la yema juntas, mi estómago no aguantó más y tuve que vomitar. Eso sí: vomité sobre el mar.

El ridículo en el que quedé.

El viaje de regreso fue lo mismo pero a la inversa. El Profe no me recriminó mi mentira y siguió platicando imparablemente como si nada. Hugo manejaba. Yo iba con el alma entre las piernas. Tras una interminable jornada terminamos en Acapulco, en donde cenamos con ganas,  dormimos en un hotel civilizado, Hugo seguía con costras en los piquetes de las chinches y se quedó con los 10 mil metros cuadrados hasta que años después se los quitaron los maestros vivos de por ahí. El Profe ya había pasado a mejor vida. Nunca gozamos aquel paraíso. Quién sabe si de verdad era del Profe. ¿ustedes que piensan? El año siguiente entré a Odontología, hice amigos, tuve a mi más bella y querida novia (Marcela) y tan tan, colorin colorado…

PD: Mis compañeros nunca ,me creyeron lo de las arañas gigantes y jamás he vuelto a comer huevos de tortuga, que ahora están prohibidos.

 

 

miércoles, 24 de mayo de 2023

 CONSEJOS UTILES TRAS 53 AÑOS EN LA ODONTOLOGÍA.

Acabo de cumplir 53 años de haberme recibido de Cirujano Dentista en la inolvidable Escuela Nacional de Odontología (ENO) en Ciudad Universitaria. Mi carrera duró 5 años que no cambiaría por nada ya que tuve los mejores compañeros y profesores que ofrecía aquella Escuela, hoy Facultad.

A lo largo de mi vida he seguido estudiando y aprendiendo y me he tratado de comportar correctamente, a veces sin lograrlo. Las enseñanzas de mi padre, de mi esposa y de mis hermanos (ya sólo me queda Jorge) y las de algunos de mis amigos, colegas y alumnos me han hecho comportarme éticamente.

Y a lo largo de mi vida he descubierto algunos consejos que ahora les pongo a su consideración porque a mí me han servido mucho. Aquí les van.

¿Se han dado cuenta que al despertar por la mañana nos sentimos de una edad más joven que la que tenemos en realidad? Pues, ¡esa es nuestra verdadera edad! Así que aprovéchenla. La vida es tan corta como el tiempo que uno tarda en pasar frente a una ventana: a gozar de la vida y a quitarnos depresiones, amarguras, resentimientos y rencores.

1. Cuenten sus bendiciones. En lugar de acordarnos de lo mal que nos va, recuerden cuantas cosas buenas nos han pasado.

2. Nunca pierdan el sentido del buen humor.

3. Alejen a las personas y “amistades” tóxicas. Las reconocerán porque son las que sacan de ustedes lo peor. Son las que sienten envidia o rencor por ustedes, pero no lo dicen. O los falsos amigos.

4. Desayunen bien y sano

5. Van a durar lo mismo que su cuerpo. Cuídenlo y cuiden su salud. Háganse chequeos cada año.

6. Cuiden sus matrimonios. Nunca van a conseguir a alguien mejor que su actual pareja. Todos mis amigos que se han divorciado acaban igual o peor. Procuren conservar al diablo original. Échenle ganas los dos.

7.  Pongan el ejemplo a sus hijos y nietos. Incúlquenles los valores de siempre: honradez, ética, respeto, lealtad, fidelidad, amor a la Patria, etc.

8. Cuando ya no sientan pasión por su trabajo, cámbienlo por otro. No hagan las cosas mal hechas y menos las odontológicas.

9. No trabajen de más, mejor trabajen inteligentemente. Al agonizar nadie se ha quejado de que no trabajó lo suficiente

10. Diviértanse todo lo que puedan. Sean felices. Para mí que para eso estamos en la Tierra. Para eso y para procrear.

11. Prefieran tener 5 amigos reales que mil en las redes sociales.

12. Arriésguense. Sean valientes y tengan valor civil. Llamen a las cosas por su nombre. Quien no se arriesga, nunca puede ganar. No le entren a la corrupción.

13. Sean respetuosos y gentiles con el sexo opuesto, con sus familiares y amigos. Una acusación de “acoso sexual” o, peor, de violación acabaría una práctica por más exitosa que sea.

14. No sean conservadores, nunca crean todo lo que les dicen los profesores, conferencistas ni la gente mayor y, menos, el Internet, los medios de difusión o los políticos. Averigüen ustedes mismos: vayan a la fuente del conocimiento.

15. Propónganse ser curiosos y creativos. Si hay algo que falta en la carrera de odontología es precisamente esto.

16. Busquen mentores para ustedes. Pero ¡que valgan la pena!

17. Sean mentores de los jóvenes. Si fuera necesario y está a la altura de sus capacidades, páguenles cursos. No esperen nada a cambio.

18. Sean pacientes, prudentes y exigentes (sobre todo con ustedes mismos)

19. Procuren nunca hacer el ridículo. Sean medidos con el alcohol.

20. Procuren estar contantemente aprendiendo algo nuevo (si es de otra cosa que la odontología, mejor). ¿Por qué no estudiar otra carrera? La vida ahora es tan larga que puede hacerse.

21. Lean mucho y cultiven esta virtud en sus familias y amigos.

22. Tres cosas no se pueden ocultar: la riqueza, la pobreza y la estupidez.

23. Ser hombre no es la manifestación de un sexo, sino de una categoría.

24. Si el mundo cambió durante la pandemia, tenemos que cambiar para adaptarnos nuevamente.

25. SI sus sueños no les dan temor, ¡es que son pequeños!

26. Los seres inferiores ven desprecios por todas partes (Huidobro, 1936)

27. Somos pequeños y fugaces: en 100 años ninguno de nosotros estará aquí y todo lo que vivimos será historia antigua. Tlaltelolco lleva 55 años. La Revolución 113.

28. La fe es ceder el control de tus creencias a alguien más.

29. Mucho de lo que los jóvenes aprenden ahora será irrelevante para 2050.

30. Considérenme su amigo.

31. ¡Nunca se junten con pendejos, porque se pega!


martes, 23 de mayo de 2023

MI Servicio Militar en 1962.

 

 MI SERVICIO  MILITAR EN 1962

 

Mi tío, el General Cristóbal Guzmán Cárdenas, General de División y a la sazón Director de Educación Militar (hablaré de él más adelante, porque es uno de mis personajes favoritos), se portó siempre muy bien conmigo para ser militar.

Él NO me autorizó el adelantarme al servicio militar (que es hacía cuando cumplías los 18 años ordinariamente) para qué pudiera tener un permiso para manejar un año delante de lo normal,  pero discretamente hizo que su ayudante particular—otro general— me lo facilitara, para que no anduvieran diciendo que el General Guzmán Cárdenas ayudaba a sus familiares.

Por cierto que siempre tuvo secretarias militares guapísimas y tenía un chofer fidelísimo. Cuando yo llegaba del Servicio Militar rendido y sudado a la casa el domingo como a las tres de la tarde, y estaba él en mi casa tomando su whiskey pre-pandrial, me hacía que primero me le cuadrara antes de saludarme de mano. Ya lo veremos más adelante, cuando cuente cómo y cuándo sí me ayudó de a de veras.

 

Ese servicio militar fue muy grato en mi caso y ahora contaré por qué.

El origen del SMN estuvo con la entrada de México a la Segunda Guerra Mundial, cuando el Presidente Cárdenas o Manuel Ávila Camacho decidieron hacer un gran cuerpo militar con los muchachos de 18 años (edad promedio de los soldados de todo el mundo). En mi caso, el servicio militar lo hice apenas pasando 17 años después de la guerra mencionada, que es la que dio origen al mundo tal como es hoy.

Tras de marchar varios domingos con toda la raza, ir a disparar al campo Las Palomas en la Zona Militar 1—vale la pena aclarar que te daban 10 cartuchos para que le tiraras al blanco que estaba sobre una “trinchera” excavada en el suelo de tierra, y luego tenías que tirarte en la trinchera y oir silbar los disparos que otros hacían sobre los blancos a u metro de altura sobre tu cabeza— y de cargar el fusil (que pesa 4.5 kg… al principio, ¡porque luego de varios kilómetros parece pesar 45 kg!) y de llevar la bayoneta, llamada “marrazo”, colgando del cinturón, durante muchos kilómetros dando vueltas al patio de la entonces SCOP—, pues, así las cosas, me le presenté MUY respetuosamente al General, un tipo hosco y desagradable al que llamábamos “El Sapo” y le hice ver que aunque tenía los pies planos (mentira) yo deseaba seguir ayudando a la Patria. Medio apantallado por mi espíritu nacionalista y con cara de fuchi, me inquirió si tenía yo coche, y yo le dije, que no tenía, pero que conseguiría uno. “¿Sería usted mi chofer y ayudante?” “¡Claro que sí, mi General!” “Entonces vaya y póngase galones de sargento primero, porque los choferes de general no pueden ser menos que eso”. “¡Encantado, mi general!”, me acababan de dar mi primer ascenso.

Aunque yo no tenía auto, mi querido compañero desde secundaria hasta Ciencias Químicas Carlos Longares sí tenía un De Soto verde oscuro en excelentes condiciones pese a su edad. Carlos también se puso “los galones” y así nos pasamos el año, yendo a recoger al General al centro histórico y llevándolo otra vez al terminar la sesión dominical como a las 3 PM.

Tras de “jurar bandera” en el Zócalo, una muy emotiva ceremonia, nos pasamos el Desfile Militar del 16 de septiembre revisando las vallas que los conscriptos hacían para evitar que el público se desborde y se meta en el trayecto de los que sí desfilan, pero no desfilamos. Me dieron mi cartilla liberada legal al final del año, con lo que pude obtener mi permiso para manejar ayudado por mi tío Esteban Ponce, del que también hablaré más tarde.

Una cosa sí les digo: hagan que sus hijos o nietos hagan su servicio MILITAR obligatorio: les formará la vocación de servicio y de enseñanza que todos debemos tener y los hará conocer a muchachos de todos los estados y de todas las clases sociales, lo que enriquecerá su conocimiento del país. Y les dará anécdotas importantes para sus vidas.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

Química Orgánica, el Maestro De la Torre y el Ajusco (1963)

 Las clases de Química Inorgánica eran muy interesantes gracias al profesor De la Torre,  que no sólo era muy buen profesor, sino que además le gustaba el montañismo. El profesor debe haber tenido unos 48 años.

Con este profesor me pasó algo gracioso. Nos invitó a todo el grupo, a los que quisiéramos, a ir con él y sus hijos el domingo muy temprano al Ajusco a un picnic y, en general, a un paseo. Se me ocurrió invitar a mi compañero desde la secundaria Carlos Zubirán, (yo no tenía auto, recuerden; él tenía auto, un horrible pero útil Corvair), que estudiaba Comercio y Administración (fue el año en que se inició la carrera de Licenciado en Administración de Empresas) y éste accedió feliz, pensando seguramente, igual que yo, que íbamos a un picnic. 

Llegamos puntuales al lugar señalado, en donde se debe iniciar el ascenso a la montaña, a los pies del poblado San Miguel Ajusco, y nos dimos cuenta de que algo andaba mal. 

Mar y yo en una reunión de exalumnos
de CQ en 1975. La poareja junto a nosotros
es la de mi compadre el Ing. Manuel Aysa.

El profesor y sus hijos estaban vestidos de montañistas tiroleses. Sí, con sombreros con pluma, mochilas, piolets, botas especiales y todo. Carlos y yo íbamos vestidos para domingo, enchamarrados eso sí, él con un gazné muy elegante, y yo acerté a bajar del auto un impermeable de esos que se hacían de puro plástico polietileno gris. 

Empezamos a caminar y ¡subimos el Ajusco hasta el Pico del Águila! Arriba, hacía mucho frío, había muchas tuzas que dejaban muchos hoyos traicioneros  y teníamos mucha hambre y sed y, encima había una niebla espesísima que no dejaba ver. Los compañeros se condolieron y nos regalaron lo que les sobraba de sus comidas. 

Estoy seguro que ninguno se esperaba subir el Ajusco. Luego bajamos, pero por la parte de atrás del monte, cuando empezó una llovizna que por momento era chubasco y luego chipi chipi, pero no paró hasta que horas y kilómetros (literalmente) después llegamos al auto, Carlos medio tapándose con la mitad de mi impermeable, pues lo había dividido en dos, y yo la otra mitad. Recuerdo que aquel gazné que llevaba Carlos a estas alturas parecía la gabardina de Cantinflas. Ambos estábamos empapados, muertos de cansancio, de hambre y sed. 

Laboratorio actual de la Facultad de CQ
El colmo fue cuando el profesor De la Torre se nos acercó para despedirse y dándonos una lección nos dijo que pondría “unos granitos” del detergente FAB en el parabrisas para que se desengrasara y de paso viéramos la acción de "cómo rompía la tensión superficial un detergente". Puso un puñado de polvo de FAB y le dijo a Carlos que echara a andar los limpiaparabrisas, y en el momento que éstos distribuyeron bien al jabón y éste formaba una gruesa capa opaca sobre el vidrio, dejó de llover súbitamente y nos tuvimos que regresar, en un silencio mortal, hasta nuestras casas (también vivía en la calle de Pestalozzi) sin poder ver el camino por los vidrios opacos. 

Mi credencial de aquellos años.
Corolario: ni él ni yo fuimos a la Universidad en dos días de lo adoloridos que quedamos. Carlos se abstuvo de hablarme unos meses.