viernes, 9 de noviembre de 2018

PERDIDO EN ACCION, Cuento de Manuel Farill

Esta vez les voy a publicar un cuento que escribí hace años tal vez al recordar mis tiempos en la campaña Presidencial 81-82, cuando trabajaba en la hoy extinta Secretaría de Programación y Presupuesto y luego en el PRI. Desde luego, los personajes y situaciones son totalmente ficticios.
Ojalá les guste. Como siempre, los invito a que me dejen comentarios. Saludos.


Perdido en acción.
(Revista Siempre! - April 6, 2000)
Manuel Farill Guzmán*



Hasta 1993, Raymundo, que es el nombre que emplearé para no meterme en líos legales, había sido un hombre centrado —tal vez demasiado— y con gran lucidez y velocidad mentales. Era Subsecretario de una importantísima Secretaría de Estado y se llevaba “de a cuartos”, como diría Vicente, mi chofer ─dado a hacer pintoresca su habla con refranes, dichos y chistoretes─, con el señor Secretario de estado.

Todo era tranquilidad en su familia: su esposa, un hijo y una hija, que era su consentida. Vaya, hasta tenía un perro salchicha simpático y tragón que a la mejor provocación saltaba sobre sus rodillas para ser acariciado.

Su señora, como casi siempre pasa con las mujeres de 45 o 46 años, se vestía de manera sencilla y aseñorada (esta redundancia es meramente explicativa). Ella era un estuche de monerías que quería a Raymundo a pesar de que él era un hombre —otra vez citando a Vicente, el chofer— muy “aguerrido”, por no decirle mujeriego. La señora lo mismo lavaba los platos que organizaba reuniones bohemias o elegantes cenas para cien invitados. El hijo era, bueno, pues diré que normal para sus 16 años y la niña era una niña chula, ¿me explico? Era toda ternura y delicadeza. Coqueta y berrinchuda cuando se trataba se conseguir algo. En la familia la llamaban "el reintegro", porque apenas había cumplido 11 años.

Perdón por la digresión anterior, pero quería presentarles al personaje: Raymundo, que era mi jefe inmediato y directo.
En los meses finales de 1993, la designación del candidato de nuestro Partidazo era lo más comentado entre la gente, y desde luego entre nosotros, los funcionarios y burócratas. La oposición aparecía debilona y dispersa y una pequeña escisión de los más cabezudos elementos de nuestro Partido parecía que iba a poder ser controlada —como decían algunos cínicos— con "repartirles dos o tres senadurías, una gubernatura y una Secretaría".

Por sus funciones de programar el futuro y repartir el presupuesto, el señor Secretario de Estado del que dependíamos era uno de los más mencionados para suceder al presidente en turno. Era un “pre-tapado”. Por ello, Raymundo sudaba la gota gorda tratando de: escuchar a la opinión pública e interpretarla/entender a los periodistas que de ello hablaban/a acercársele más al secretario/comer con el mayor número posible de personas para sondearlas y convencerlas/encerrarse en su oficina a mascullar y poner en orden sus pensamientos/hacer grilla, pero no muy obvia/darnos más y más trabajo que realzara la figura del Secretario (moralmente, porque físicamente el funcionario era muy bajito). Vamos, lo que se dice a buscar que su amigo lo colocara más arriba si es que llegaba a conseguir el respaldo de nuestro Partido, y por ende, casi seguramente la Presidencia de la República.
Después de todo, Raymundo ya era Subsecretario de una de las Secretarías más importantes y sólo le faltaba cuando mucho un escalón para llegar a quedar entre “los Cardenales”.

Si en aquel entonces yo vivía casi únicamente para las actividades políticas, de Raymundo ni hablar. En su casa casi no lo veían. Viajaba constantemente por la República y asistía a todo tipo de eventos en favor del Secretario.
Por ello, Raymundo era  terriblemente asediado por otros políticos, por muchos periodistas, por la gente del pueblo y por los infaltables es-muy-mi-cuate-aunque-hace-tiempo-que-no-nos-vemos, obviamente por su cercanía con el presunto precandidato.

Su sala de espera siempre estaba atestada. La casa, repleta de obsequios. Los hijos, muy solicitados y su señora invitadísima por otras señoras esposas de políticos o grillos, que la encontraron repentinamente genial, simpática, ocurrente y siempre muy bien arreglada.

Pero Raymundo había cambiado de un modo notable. La precampaña había agobiado a su alma y cuerpo. El tratar con tantos lambiscones y la excesiva carga de trabajo hacían que yo me diera cuenta que él no era el mismo. Daba la impresión de estar presente en persona, daba la impresión de oír y de mirar, pero no de escuchar y observar. ¿Dónde estaba su risa abundante, pegajosa y franca? ¿Su agudeza mental? ¿Sus chanzas, ocurrencias y buen humor? Estaban relegadas en pro de la precandidatura de nuestro Secretario.
Efectivamente, meses después éste salió electo por nuestro Partido tras de "escogerlo entre otros distinguidos mexicanos". Seis días después del destape, Raymundo me pidió que me presentara en su oficina, en la que estaba empacando sus artículos personales.
—Mira—me dijo—el señor candidato (pues ya no era solamente "el Secretario") me ha llamado al Partido. Me nombró Coordinador de A en todo lo que se refiere a B. Era un puesto importantísimo. Tenía la boca seca y su nerviosismo lo hizo levantarse para quitarse el saco (de los pocos detalles humanos que le había visto en meses), y ante mi ansiedad y complacencia manifiestas, pero calladas, continuó:
—Felicidades, porque tú te quedas en mi puesto. El señor candidato me hizo saber que no es posible que en estos momentos la Secretaría quede desmantelada de personal. En cuanto pueda, te jalo conmigo otra vez.

—¡Muchas felicidades, Mundo! Tu esfuerzo no ha sido en vano—acerté a decir. Y le pregunté quiénes vendrían a ayudarnos, a quiénes también se iba a llevar a la campaña y cuándo exactamente me iba a "jalar".
—Las designaciones se harán a su debido tiempo y en su lugar—dijo con una extraña mirada que me recordó a la que han de tener los poseídos. Tú estás con-fir-ma-do en esta Secretaría y habrás de disciplinarte, como tú ya sabes, a lo que desde el Partido se decida. Con un aire malicioso, pero que reconocí de inmediato como un gesto de amistad me dijo:  —¡Cuídate mucho de los búfalos que van a llegar...!

Esta frase final la tengo guardada en el corazón, entre otras cosas porque ni en aquel entonces la entendí ni ahora la he entendido. ¿Que no se daba cuenta de que él sería quien tuviera que cuidarse de estos mentados animales? ¿De dónde habrá sacado tamaña palabra en un país, como el nuestro, que desde la última glaciación no ha visto a un búfalo? ¿Habrá querido decir bisonte? Misterio fue y misterio sigue siendo.
Finalmente, Raymundo se fue al partido, yo tomé su cargo y la campaña fue muy exitosa, aunque la oposición había crecido. Para acabarme de hacer la vida fácil, todos los funcionarios con quienes tuve que tratar directamente resultaron ser mis amigos. ¡Ah, tener amigos en los altos niveles!

Fue entonces que sobrevino lo que he dado en llamar el gran error, la tragedia que explotó cuando ante un lleno completo del Sindicato petrolero en el Auditorio Nacional —diez mil almas—, entre porras, matracas y la gran expectación y algarabía de los asistentes, con un Presidium en el que estaba la plana mayor del Partido, Raymundo tomó la palestra y tras de algunas palabras laudatorias sobre el Candidato, al decir su nombre para presentarlo, tuvo un catastrófico desliz de lengua y dijo el nombre, pero el del más fuerte Candidato de la oposición.
El señor Candidato quedó como en una foto fija: con los brazos levantados y con una sonrisa que lentamente se desdibujó hasta convertirse en una mueca.
El absoluto silencio que se hizo en aquel auditorio monumental sólo fue roto —dicen los que estaban en el Presidium— por el rechinar de los dientes del presentado, quien tenía, igual que Raymundo, los ojos cerrados y las orejas enrojecidas. El maldito líder del Sindicato tenía la sombra de una sonrisa sarcástica.

Ante la impotencia de Raymundo y como podía esperarse, después de esto el candidato para castigarlo se alejó cada vez más de él hasta el rompimiento total. Estos errores fueron capitalizados por los múltiples enemigos que Raymundo se había echado encima sólo por ser hombre del candidato. Y pensar que días antes crípticamente me aconsejó que "me cuidara de los búfalos...”

La renuncia que Raymundo tuvo que presentar mencionaba "cumplir otras tareas de gran trascendencia para la campaña", pero todos supimos que su futuro se había despeñado sin tener ni la más remota esperanza de recuperarse.

Poco antes Raymundo me había llamado repetidas veces para charlar en su casa. Pero el cambio en él se había vuelto a dar en sentido inverso: de la altivez, prepotencia y seguridad anteriores, había caído en un estado tristón, depresivo, que se manifestaba entre otras cosas por los extraños y súbitos cambios de carácter. Principiaba hablando con coherencia, diciendo cosas como que sólo él y yo sabíamos que habría algo mejor más adelante, para saltar a la culpa y a la nostalgia, y luego repentinamente hablar de naderías y acabar riéndose a carcajadas equinas; luego, otra vez la depresión lo envolvía como un manto invisible. Encender un cigarro con su temblor de manos era una proeza. Sus allegados comentaban sobre las manchas de sudor en los sobacos, el cutis y el cabello grasientos, los trajes arrugados, la postura desgarbada y el eterno mirar a los teléfonos, como esperando el tan ansiado llamado.

Fui varias veces a su casa dizque a jugar dominó. Pero era inútil. No se concentraba. Por si fuera poco, empezó a sospechar —con razón— que sus muchos amigos (y amiguitas) lo engañaban y evadían. Sospechó, después, que su esposa no quería nada con él. Confirmó su sospecha cuando ella le pidió el divorcio, por razones baladíes. Sus hijos evitaban al máximo aparecer por la casa. La calle donde vivía, antes llena de vida y de autos, ahora era un yermo, siendo que antes había sido un verdadero sitio de referencia.

Raymundo sabía que estaba acabado. Que había desperdiciado la única oportunidad que tendría en la vida para llegar a las alturas políticas, que eran, como dice Vicente el chofer, su “mero mole”. De aquel horizonte cinemascópico que se extendió ante él, nada quedaba.

El principio del fin se inicio cuando me fijé que le notaba algo extraño que no podía definir. Yo no sabía en qué consistía, pero una noche llegué a la conclusión de que, por insólito que fuera, notaba un encogimiento de su persona (como si los trajes le quedaran cada vez más grandes) y una frialdad notable de sus manos.
Inicialmente atribuí estos cambios a la falta de apetito y de sueño, a la tensión nerviosa, a la baja de la presión sanguínea —que explicablemente habría descendido por el abatimiento y la falta de apetito—, a que bebía coñac en cantidades crecientes y a la abundante sudoración palmar.

Con tantas visitas que hacía yo a su casa, la servidumbre que le quedaba me franqueaba el paso como si fuera yo uno más de los habitantes de esa triste casa.

Una noche, Raymundo y yo nos acompañábamos —pues decir que platicábamos sería mentir. La palidez de su rostro y de las manos parecían aumentar día tras día. Tenía el abundante cabello revuelto, una sombra de barba en las mejillas y ojeras color violeta.

--Fjate bien... —dijo sin revelar admiración—. Te voy a mostrar algo que te dejará asombrado. Te darás cuenta de que el viejo Raymundo sigue causando asombro—y al decir esto último, un gesto de sonrisa resignada se esbozó en su cara.

Sobre la mesa esquinera que estaba junto a su sillón, había una lámpara encendida. Junto a la lámpara estaba su copa dé licor. Raymundo cerró los ojos con fuerza. En silencio y ante mi pasmo, apretó los labios hasta que se convirtieron en una línea. Afloraron pequeñas gotas de sudor en su frente temblorosa. Llevó su mano hacia la copa con la intención de tomarla y—¡debo, debo seguir!— su mano pasó a través de la copa, con todo y coñac, sin tirarla. Como si un fantasma hubiera pasado a través de una pared, como una imagen en un cuadro de Cauduro. Sentí que mi cuerpo se alaciaba y mi piel se erizó. Como acaba de erizárseme ahora mismo que escribo esto. Cerrando los ojos, apuré de un trago todo el contenido de mi copa.
--Ray-Ramundo... —tartamudeé—, no puedo creer lo que acabo de ver.
—Desde hace más o menos un mes pude hacerlo por primera vez...
—Pero, ¿cómo? —inquirí aún sin creer lo que había visto.
—Haciendo lo mismo que ahora hice... Tratando de sujetar una copa—dijo abatido.
—¿Es una especie de truco?
—¡Ojalá lo fuera, mi cuate!
—¿Algo como la telepatía o la sicoquinesis? ¿Mover cosas con el puro pensamiento? --balbuceé.
—Yo también lo encuentro inexplicable —alcancé a escuchar que dijo, mientras miraba su mano con atención. —Pero la verdad es que no sé cómo lo hago, qué me pasa... Eres el único que sabe esto. Te suplico que no lo menciones.

Dos días después volví a ver a Raymundo. Él ya no salía de su casa y la familia lo dejaba solo. El divorcio seguía un curso demasiado civilizado. Nadie visitaba al ex personaje a excepción mía. Aquella vez, él estaba en su biblioteca, solo. Sin que notara mi presencia, lo observé desde el quicio de la puerta. Estaba de espaldas.
Por detrás, el pantalón parecía una o dos tallas más grandes y la camisa se hacía bolsas en la cintura. Daba la impresión de que el sillón había crecido.

Él estaba estudiando algo y de pronto estiró el brazo para alcanzar un volumen que estaba en el extremo del enorme escritorio. Vi cómo su mano se hizo tenue y traspasó el libro sin lograr asirio. Yo estaba boquiabierto y me estremecí. Trató nuevamente de tomar el libro y entonces sucedió algo más portentoso: su mano difuminada volvió a pasar sobre la cubierta, pero no alcanzó a cruzar hasta la contratapa. Sus dedos quedaron atrapados entre las páginas. El volumen de sus dedos no separó las hojas. Emitió un gemido, y sollozando agachó la cabeza hasta que la descansó en la otra mano. No pude aguantar más, de un salto llegué hasta él, que se desconcertó ante mi presencia. Me miró sin decir nada, mientras yo observaba sus dedos que parecían fuera de foco, borrosos. Poco a poco, las páginas del libro fueron dejando ver el espacio que se iba formando al recuperar la mano su solidez y precisión. Nos miramos fijamente. En su rostro lloroso se reflejaban la angustia y la desesperación.
—Ya no puedo controlarlo... —dijo queda y tristemente.

Al día siguiente, su todavía esposa, muy alterada, me llamó por teléfono. Alcancé a entender que algo grave sucedía en su residencia. Pedí mi auto y en veinte minutos estaba en su casa. Disparado llegué hasta su recámara, en donde en medio de gran confusión lo llamaban desesperadamente para que saliera del baño. Mientras el hijo con lágrimas en los ojos me relataba lo sucedido, la esposa lloraba a mares.
—¡Mi papá se metió a bañar hace casi una hora...! —aguantando como los valientes, aclaró: —Creo que algo le pasó, porque no nos contesta y se oye el agua cayendo...— y tornó su mirada hacia la puerta cerrada del baño.
Me aproximé hasta poner un oído sobre la puerta. Efectivamente: no se oía sino el agua saliendo de la regadera. La puerta estaba cerrada por dentro.
—¡Raymundo! ¡Raymundo! ¿Me escuchas?
Nada… El agua seguía cayendo.
Contra mis principios, a pesar de que soy tranquilo, lancé toda mi humanidad sobre la puerta. Reboté la primera vez, pero a la segunda la madera crujió y al tercer golpe la puerta se entreabrió.
El baño estaba lleno de vapor, la luz apagada. La poca claridad que entraba se colaba por dos ventanas muy altas y por un domo en el techo. Unas y otro estaban bien protegidas por barrotes de hierro. No era posible escapar de aquel cuarto excepto por la puerta. Encendí la luz y, mojándome la manga del saco, cerré las llaves del agua. No había nadie. El silencio —sólo trastornado por el drip-drip de las gotas que aún alcanzaban a salir— era abrumador.

La familia de Raymundo —ya había llegado La Chula— se había quedado en la puerta y entre el llanto miraban azorados hacia dentro del baño. La ropa de Raymundo —pijama, batas y pantuflas, sus anteojos sobre el lavabo— yacía lacia en el centro del piso.

Cubriendo totalmente una de las paredes estaba un espejo. Sin saber qué hacer, con la mente confusa, me acerqué a quitarle el vaho y escuché un gemido. Aterrado, retiré mi brazo. Frente a mí, Raymundo apareció evanescente y triste, como en una doble exposición fotográfica ante mi reflejo del espejo. Su imagen era muy tenue, nebulosa, como un fantasma. Su etéreo volumen había rechazado el vapor que ahora se condensaba en su periferia. Alcancé a ver su rostro aterrado con los ojos muy abiertos, y abriendo enormemente la boca, alcanzó a decir (se escuchó como un suspiro; estoy seguro que su familia no lo oyó):

—¡A a a au auxilio! ¡Ayúdame, por lo que más quieras! ¡No me quiero ir!— su presencia se fue desdibujando ante mí.
Desapareció.

Todo lo que siguió fue muy engorroso. Pero ahora creo que fue lo mejor que pudo pasar en aquellas circunstancias. Como no hubo cuerpo, no hubo sepultura, velorio o cremación, pero tampoco pago de los seguros de vida hasta que años después se le dio por desaparecido. Como lo que sucedió fue y es inexplicable --y por ello me atrevo a relatarlo ahora, sabiendo que nadie me creerá y que pensarán que esto es un cuento--, a nadie se avisó de la ausencia de Raymundo, mucho menos en el mundo de la política, en que todo esto hubiera lastimado al presidente. La señora (a quien yo considero viuda) no supo al principio si mandarle decir misas, asegurarse que estaba en el infierno, encomendarlo a Dios o esperar a que apareciera nuevamente. Desde luego que el divorcio se le cebó, pero de una manera conveniente: es dueña de todo sin haberlo peleado y sin haber tenido que empacar. Sus hijos quedaron profundamente afectados al principio, pero su juventud los sacó adelante. Ahora, siete años después, simplemente no creen lo que sucedió. Sus mentes se niegan, con toda razón, a aceptar lo absurdo. El partido llevó al entonces candidato a un triunfo controvertido.
××××

Las luminosas oficinas que me rodean bullen de vida. A la una de la tarde—con este nuevo y racional horario gubernamental—salgo con algunos colaboradores a "La Ciudad de los Espejos" para descansar un rato echando tacos o cocteles de camarón y cervezas o whiskeys frente al dominó. Mis amigos y subalternos ya empiezan a decirme que ahora que el Partido vuelve a triunfar (aunque muchos ya no lo deseen), el candidato me llevará a trabajar con él por la amistad que nos tenemos desde hace años.
Del pobre de Raymundo —al que seguramente todos respiramos—nadie se acuerda, excepto yo que a veces me pregunto cuántos otros habrán pasado por esto, y que me estremezco cuando tengo presente que con mi brazo perforé su cuerpo.
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* Manuel Farill Guzmán, México, Distrito Federal, 1945. Cirujano Dentista. Autor de Los Hijos del Polvo, editorial Diógenes, 68; El País Dorado, México, 2017;  publicó sus primeros cuentos en Punto de Partida (UNAM), y en Narrativa Joven de México (Siglo XXI); Onda y Escritura en México, editorial Siglo XXI,  El cuento erótico en México (Diana), en la revista de la UNAM y en la Revista El Cuento. Su nombre ha sido antologado en varios libros sobre la literatura en México. Posteriormente ha escrito cinco libros sobre Odontología y ha sido editorialista de prácticamente todas las revistas odontológicas del país, habiendo sido Director de la Revista ADM en dos períodos: 1972-1975 y 2008-2009. Fue Director de Publicaciones de la SSP en 1980-1982 en donde dirigió tres publicaciones periódicas y Coordinador Nacional de Publicaciones del PRI durante la campaña presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado (1981-1982). En estos dos trabajos publicó más de 25 millones de productos.



Citation Details
Title: Perdido en acción.(TT: Missing in action.)(Cuento corto)
Author: Manuel Farill Guzmán
Publication: Siempre! (Refereed)
Date: April 6, 2000
Publisher: Editorial Siempre!
Volume: 46    Issue: 2442    Page: 66


viernes, 19 de octubre de 2018



Blog 4, Historia de la Odontología en CU de 65 a 69.
Dr. Manuel Farill Guzmán
ESTA PARTE, QUE SE ME HABÍA QUEDADO EN LA COMPUTADORA, VA DESPUÉS DEL TERCER "CAPÍTULO" DE ESTA SERIE. 

Todo ese año de 1965 sirvió no sólo para aprender de los profesores, sino también para conocernos entre compañeros. Así se fueron formando grupitos: los de las chamacas que se sentaban hasta enfrente de la clase, la de los matados y matadas; los que gustaban de los deportes; los que echaban relajo, los que no daban una. De igual manera, empezaron a hacerse parejas: que fulano “andaba” con menganita (o viceversa).

El grupo con el que yo me juntaba con mayor frecuencia era uno de mucho relajo, pero de mucho estudio. Parecía o era el Club de Tobi, porque estaba formado por hombres: Joaquín Zavala, Jaime Villaseñor, Raúl Cameras, Raúl Castro, Armando Salmón, Rubén Malpica, Aurelio Ortiz Haro, Roberto Magallanes (en su casa y en la mía nos reuníamos a estudiar materias de esas que nos hacían desvelarnos, como las Ciencias Básicas), Armando Mafud, Carlos Bellamy Haro—un serio estudiante hijo de amigos de mis padres—, y Fernando Lagunas, quien era súper ocurrente. Eso no quiere decir que no lleváramos buena amistad con los demás, sino que nos conformamos como en una cofradía. Dejen que les cuente una primera impresión de ellos y no se dejen engañar, el que narre en tiempo pasado no significa que ya no sean así, sino que ahora son mejores personas y excelentes dentistas:

Roberto Magallanes vivía en el sur de la ciudad. En el Post anterior hay una foto de él junto con Rubén Malpica. Nos hicimos muy buenos amigos, y no era difícil, porque él era inteligente, juzgado “carita” por las muchachas  y con un buen sentido del humor. Su padre, Don Alfonso, era un dentista de renombre al que le iba muy bien (entonces les iba bien a los buenos dentistas) y su madre, una señora muy bonita y amable, nos atendía muy bien cuando visitábamos su casa, en Barranca del Muerto. Vivía con sus hermanas y un hermano mayor.  Tenía un auto antiguo verde botella muy bien cuidado. Cuando íbamos a su casa siempre nos convidaba yogurt natural que hacían en su casa (que todavía no se vendía profusamente como ahora), que es un producto de la fermentación de la leche producida por bacterias benignas. Si se lo pedíamos, nos regalaba Bacilos búlgaros (así llamábamos a las bacterias yogúrticas).

Una vez me regaló una dotación de éstas, seguí sus instrucciones y, como los bacilos se reproducían a la velocidad de los mexicanos, pronto tuve tanto yogurt que no sabíamos en casa qué hacer con él. No me acuerdo qué les pasó a esos bacilos. En su casa conocí, mediante la TV a un boxeador que entonces iniciaba su exitosa carrera: Cassius Clay, quien con el tiempo cambió su nombre y religión por Mohamed Alí y luego fue campeón mundial indiscutible muchos años: no había quien pudiera con él. Era emocionante ver a Cassius porque no he vuelto a ver a nadie como él en ese peso. También vimos peleas de box de mexicanos, que eran buenísimos en sus respectivos pesos. Pero más me acuerdo de las desveladas de campeonato que nos metíamos antes de exámenes difíciles, como los de Anatomía en aquel año. En años subsecuentes nos desvelábamos también—tanto, que de su casa nos íbamos al examen y luego a desayunar a algún Sanborns—estaba de moda el de Tlaxcala e Insurgentes Sur, a unos pasos del reconstruido Cine de Las Américas, que unos años antes había sido destruido por adolescentes cuando proyectaban la única película de Elvis Presley que pasaron en México (precisamente por esa razón).
Desde estudiante, Roberto tuvo una gran facilidad para la odontología, con unas manos muy eficientes y veloces. Sin duda fue uno de los mejores de este grupo. Ahora sigue siendo un gran dentista y rehabilitador.

Carlos Bellamy Haro, hijo de padres que eran grandes amigos de mi madre, resultó que era seleccionado olímpico y campeón nacional de 400 metros planos. Era un muchacho muy espigado, pero duro como el concreto. Pronto nos enteramos que era un gran guitarrista—le había enseñado su padre, un ingeniero químico muy serio— y que sabía canciones bellísimas de las que yo ni había oído hablar. Con él empecé a cantar boleros  y canciones románticas. Hacíamos un buen dueto. Debo advertir que aunque en esa época rockanrolesca me convertí en bohemio y dejé a un lado a los grandes conjuntos extranjeros que había en esa época, yo ya había escuchado de mi hermano mayor muchas canciones románticas. Mi hermano Hugo me ha contado que cuando yo tenía tres o cuatro años le pedía que me durmiera cantando “muñequita linda”. Carlos pasaba gran parte de su tiempo libre en las instalaciones deportivas de la UNAM. Él fue el que me enseñó a ir a la Alberca de la CU, a la que asistía con frecuencia y a la que luego me acompañaron otros cuates del grupo.

Con Carlos hemos seguido una amistad que ya está cercana a los 50 años. Él se casó con una compañera nuestra que ahora es excelente psicóloga clínica y que cantaba ( y debe seguir haciéndolo) muy bien. Siempre he pensado que todo dentista tiene una parte artística que debe explotar, ya sea en forma personal o comercial: escultura, pintura, dibujo, música, baile, actuación, literatura, etc. forman parte de ser dentista. Y ahora, cineasta o fotógrafo que son, entre otras, las nuevas bellas artes. Carlos Bellamy y yo dimos clases en la UNITEC desde que ésta se fundó, en 1969/1970. Ahora resulta que él es el Decano de los profesores de esa Universidad. ¡Cómo pasa el tiempo!
Yolanda, Carmen, Gustavo y Carlos
con la lira. Casa de la primera. 1966.
Allá por los sesentas llevamos serenatas, hicimos un grupo bohemio en el que nos juntábamos a cantar y a divertirnos en casa de amigos (señaladamente de Yolanda Federico Arreola, una tijuanense agradable y bien plantada). En una de esa reuniones bohemias, años más tarde, me le declaré a mi ahora esposa Marcela Vivanco la noche de un 6 de octubre, el mes de las lunas hermosas. Afortunadamente me dijo que sí. De eso hablaré cuando lleguemos a 1967.

Aurelio Ortiz Haro, Marcela
Vivanco y Fernando Lagunas
en la entrada de la Unidad de
Congresos del IMSS, Ca. 1968
Fernando Lagunas merece un párrafo aparte. Muchacho sano, moreno, de pelo ondulado y muy inteligente y muy gracioso. De Peralvillo. Como buen peralvillense, tenía un ingenio enorme para los juegos de palabras, para el chiste ocurrente, para la imitación de personajesimitaba a los maestros como nadie (basta con recordar su imitación de Nava Segura) y a muchos compañeros y compañeras. Tocaba la guitarra también, más modestamente que Bellamy, pero era entonado y no le huía a la cantada. Era entrón, podía uno confiar en él, y le gustaba el fútbol. Siempre estaba inmaculadamente limpio y llegaba temprano a clases a pesar de la gran distancia que había de su casa a la CU.  Le caía bien a todos. Era un muchacho muy popular, no sólo en nuestro grupo, también en el otro grupo matutino. Tenía un gran don de gentes, lo que ahora se llama “inteligencia social” o en inglés “people skills”. Fernando la “hubiera hecho” bien en cualquier carrera. Ahora que recuerdo a mis compañeros creo que éramos estudiosos, porque no recuerdo a ninguno que haya sido un fracaso. Con razón otro compañero de otro grupo nos dijomientras pulsaba las cuerdas de una guitarra cuando lo invitamos a ir a una conferencia: “No, gracias. A ustedes se les da bien eso del estudio, nosotros somos buenos para la flojera” (palabras más o menos).

Aurelio Ortiz Haro era un buen amigo y compañero muy educado. Su familia decía provenir del héroe Nicolás Bravo (él era Ortiz Haro y Bravo). Vivía en la colonia Narvarte en una casa muy grande en Dr. Vértiz. Era un estudioso nato y tenía muy buen sentido del humor. Era propietario de un Opel muy limpio, que era un auto muy conservador y popular en aquellos años. Era menudo, pero aguerrido y jalaba con todas nuestras bromas.

Rubén Malpica, el Flaco, era un jarocho tímido en aquellos años (luego cambió su carácter para mejorarlo). Era bastante serio, con gafas oscuras casi permanentes (ha de haber tenido algún problema ocular), muy delgado y narigón. Moreno claro, de cabello negro y lacio, tenía sus destellos de simpatía veracruzana y era muy serio en sus proposiciones. Eso no le quitaba que nos cobrara por modelar nuestros dientes en la clase de Anatomía Dentaldiez pesotes por el diente que fuera. Vivía en la calle de Anaxágoras, colonia del Valle, con su familia. Tenía, como podrá imaginarse, una gran facilidad para las cosas manuales. Era muy buena persona y un buen compañero, pero se enojaba con facilidad. Finalmente se metió en negocios que desconocía y eso lo llevó a perder considerables sumas y su consultorio. 

Raúl Castro Núñez, oaxaqueño de buena familia. Su padre era médico y su hermano mayor, Carlos Armando (muy buen cuate) iba dos años antes que nosotros. Raúl era un buen político (luego fue representante de nuestro grupo) y tenía muy buen humor. Con frecuencia nos juntábamos a estudiar en su depa (en la calle de Gabriel Mancera casi esquina Morena) porque vivía con su hermano y poseían un motor de banco, con el que pulíamos nuestras incrustaciones de metal K. ¡Cómo recuerdo, al pulir las de quinta clase, que de pronto se atoraban en la rueda de fieltro untada con rojo inglés, y se nos iban de los dedos! Sólo escuchábamos ¡clack! cuando caían al piso, pero era muy raro que las encontráramos. Claro, esto sucedía cuando faltaban unas horas para entregarlas puestas en un tipodonto como examen final. Raúl era un amigo querido por todos, y lo sigue siendo. Corrimos, con los demás, algunas buenas fiestas o parrandas.

De  Armando Salmón podría escribir un libro, porque era un tipo excéntrico y fuera de lo común. Tenía el cabello café medio claro, lacio y rebelde y se lo mesaba continuamente. Era de tez blanca, tenía una nariz afilada y ojos claros, cejas abundantes. Era hijo de mexicano y estadunidense. Poseía un Opel muy descuidado. Era muy rudo en sus juicios de los demás y laxo en el propio. Caminaba



como con flojera y tenía una risa fantástica y contagiosa. Cuando se reía, su rostro se iluminaba. Tenía los dedos afilados, propios de un pianista, que no era. Sentarse en clase junto a él era una aventura, porque no se podía saber a qué hora se le iba a ocurrir decir una broma o hacer un disparate. Era un extraordinario amigo durante toda la carrera. El no se casó con una dentista. Qué extraño, ¿no?

Joaco Zavala
Joaquín Zavala, el “Joaco”, era tijuanense. Esa denominación era para mí desconocida hasta ese tiempo. Hablaba muy buen inglés y el español estaba lleno de expresiones champurradas: “bato”, “morras”, “línea” en vez de frontera, “pistear” en vez de beber. Tenía un fuerte acento norteño del oeste y a veces usaba botas vaqueras con puntas de plata. Era muy mujeriego (su especialidad: las estadunidenses que acudían a la Facultad de Filosofía y letras en los meses de verano). Era alto, moreno claro, con cejas abundantísimas y dientes envidiables; luego se dejaría crecer barba y bigote. Como buen norteño, era simpático y sincero hasta las cachas. Lo que decía, lo cumplía. Se juntaba con otros muchachos de allá mismo y a veces hasta con los sonorenses (no se querían mucho los tijuanenses con ellos). 

Vivía en casa de huéspedes, de las que conocí varias. Le gustaba “pistear” y juntos y con otros cuates fuimos varias veces a sitios de norteños en la calle de Amsterdam, en Xola y Av. Universidad y en Venustiano Carranzaen esta última nos tocó una vez una batalla campal, de la que salimos bien librados por escondernos bajo una mesa para luego irla moviendo desde abajo hasta acercarnos a la puerta mientras volaban tarros y botellas de Corona. Cuando llegamos a la puerta y salimos a la calle, estaban llegando los policías. ¡Qué salvada nos dimos!  Fue también representante de nuestro grupo en algún año. Entonces, la carrera se estudiaba en cinco años, y no fue sino hasta 1967tercer añoen que los años se convirtieron en dos semestres. Era un muchacho serio y estudioso, aunque tenía su vena de relajo.



Jaime Villaseñor era un michoacano bien plantado, delgado y alto (atención: no había gordos entonces), moreno claro, de cabello ondulado. Muy serio, no dejaba de ser muy aguerrido con las damas y muy simpático. Dedicaba mucho tiempo al estudio. Era un buen amigo mío, y yo tomaba muy en cuenta sus juicios porque era sabio.
Aurelio, Mafud, Villaseñor, Vicky Landeros, Marcela Vivanco y Manuel Farill
en "El Abajeño", Ca. 1966


Armando Mafud era un mexicano de origen libanés muy agradable (lo es hasta la fecha). Era oriundo de Salina Cruz.  Con el cabello lacio y no muy alto de estatura, fue nuestro compañero más organizado. La hizo también de representante de nuestro grupo y tenía una risa tumultuosa (empezaba a reír y no había cómo calmarlo). En esos tiempos había mucho por qué reír. Vivíamos en una ciudad limpia, cosmopolita, segura, bonita, llena de cosas qué hacer y a la vez vivible por su tamaño y por el número de habitantes (unos 4 millones más o menos). El aire era respirable, podía transitarse en auto o “camión” rápidamente. Para que se den una idea, mi casa estaba en la colonia del Valle. De ahí a CU, en el sur de la Ciudad, junto al Pedregal de San Ángel, en mi auto (tenía un Volvo blanco de cuatro puertas que me “prestaba” mi padre), hacía yo unos 8-10 minutos. La Avenida Universidad no era del ancho que tiene ahora, y sus camellones ocupaban más espacio. No había Metro por debajo de ella. Se cruzaba Rio Churubusco (que era un arroyo) a través de un puente que hacía saltar a los autos, pero había tramos despoblados en donde se podían hacer 100 kilómetros por hora… Bueno, a lo nuestro. Armando Mafud vivía con su hermano mayor en un  departamento adyacente a la Avenida Taxqueña (ahora M.A. de Quevedo) cerca del cruce con División del Norte.

He dejado al final a Raúl Cameras Meneses, mi compadre, que era un buen muchacho de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Era de buena familia y tuve el gusto de conocer muy bien a sus padres, hermano Leopoldo (el hombre más feliz del mundo) y hermana menor Lupita. Estudió hasta la secundaria en su estado natal, uno de los lugares más bellos del país, y luego llegó a la ciudad (recuerdo que me platicó que se le salieron las lágrimas en el omnibús en el que llegó a la ciudad de México vía Calzada General Zaragoza, al ver el tamaño de la ciudad. Téngase en cuenta que era un muchacho de 15 años). Es de estatura regular, moreno claro, de cabello y ojos oscuros y sonrisa envidiable. Con un sentido del humor extraordinario y con excelentes ocurrencias constantes. Como buen chiapaneco, era muy valiente sin andarlo cantando. Tenía mucha facilidad para los deportes (de vez en cuando organizaban pequeños juegos de fútbol en el estacionamiento de atrás de la Escuela). Era de una inteligencia y simpatía extrema y jamás se rajaba de lo que decía. Posiblemente fue uno de los mejores estudiantes de este grupo, ya que tenía una gran inteligencia y una gran retentiva. Les caía muy bien a todas las muchachas del salón y de la escuela.

Dejaré para otro Post la descripción de otros grupos de compañeras y compañeros.

Pues, entre estudios,  las inolvidables disecciones en cadáver, prácticas muy interesantes de laboratorio, angustias por el rigor de microbiología, anatomía e histología y embriología nos pasamos el año mientras que nos íbamos conociendo. Fue mi peor año en la carrera, porque tuve 8 de promedio.  

Que yo recuerde  tuvimos dos compañeros que sólo estuvieron ese año con nosotros y luego dejaron la carrera: Luis Stern y una muchacha rubiecita de la que sólo recuerdo que se llamaba Leonor y que era  amiga de Georgina González Hermosillo y de Virginia de los Cobos, hija de otro renombrado dentista. Ojalá me refresquen la memoria algunos de mis compañeros. Recuerden que pueden dejar sus comentarios, sus porras o quejas al final de este blog.

Mientras tanto, en la UNAM estaban cocinándose cambios para mal (según yo). Nuestro Rector era posiblemente el mejor hasta ese tiempo: el Dr. Ignacio Chávez. Había establecido el examen de admisión para quienes quisieran ingresar a la UNAM, vinieran de donde vinieran. Sus ideas eran extraordinarias, pero al implementarlas lo hacía sin vacilaciones, cosa que le ganó enemigos, como sucede con las personas inteligentes, rectas, honradas y que sin titubear persiguen el mejoramiento de las instituciones. A finales de ese año, el Presidente de la Sociedad de Alumnos de la ENO acudió a nuestro grupo para preguntarnos si estábamos de acuerdo con la manera en que el Rector llevaba a la UNAM, y aunque nuestro grupo nada sabía de eso, la mayor parte de los estudiantes de otras escuelas habían votado que “no”. Para quien quiera ver un enlace a la biografía del Maestro Ignacio Chávez, pueden hacerlo en http://www.colegionacional.org.mx/sacscms/xstatic/colegionacional/template/content.aspx?se=vida&te=detallemiembro&mi=98

De vez en cuando me daba mis escapadas y me iba a la Escuela de Ciencias Químicas a visitar a mis compañeros y a olfatear el aroma a ácido sulfhídrico de los laboratorios. Sentía cierta envidia al ver que ellos ya estaban en tercer año y yo apenas reiniciaba en primero. Entonces se decía: “Quien pasa primero y llega a tercero, ya es ingeniero”. Gracias a estas visitas aún conservo la amistad con muchos de ellos.

Los que tomamos la Escuela, saliendo de madrugada de la casa de Roberto Magallanes, fuimos (a reserva de recordar a todos o de poner a alguno que no estuvo presente): Roberto Magallanes, Carlos Bellamy Haro, Raúl Cameras Meneses, Benito Raúl Rodríguez,  Fernando Lagunas Chávez, Joaquín Zavala, Rubén Malpica Domínguez, Oscar Lozano (QEPD), Manuel Farill, Aurelio Ortiz Haro, y una aguerrida reportera del Universal, Graciela Leal. De ésta última, mi querida prima, guapísima, sólo puedo decirles que el entrar con nosotros a la escuela le costó que le quitaran el puesto porque la UNAM no era su "fuente".




lunes, 15 de octubre de 2018

BLOG 10 LA HISTORIA DE LA ODONTOLOGIA EN CU DE 65 A 69 (Y AHORA 69 EN ADELANTE)





Bueno, pues el viernes 25 de abril de 1969 fue removido de su cargo (aunque los diarios dicen que “renunció”) el Dr. Sarabia Aguilar. Entonces ocurrió lo que nos había predicho el Rector Barros Sierra: ¿a quién ponemos? En política no es sólo la cuestión de “retirar” a alguien, sino hay que saber a quién poner. En política nunca existe un vacío: alguien inmediatamente lo llena. Desgraciadamente los profesores que quedaban en la ENO tenían currículas pobres, sobre todo sin experiencia en el manejo de personas e instituciones (cosa que les falta a muchos colegas), y así, tras de algunos meses, fue electo el Dr. Manuel Rey García. ¡Muerte, me sigues!

Este asunto ya les tocó resolverlo a las generaciones que nos siguieron, porque después del Dr. Rey siguió su compadre el Dr. Zimbrón Levy, de igual “calidad”.

Mi generación, conocida también como “la del 68”, “la del Movimiento”, fue disolviéndose al irnos recibiendo profesionalmente los que la integrábamos. Yo me recibí el 31 de marzo de 1970. Los grillos tenían tanta prisa porque me largara que hasta me dijeron “escoge a tu Jurado”.  Me quedó un sabor amargo en la boca al recordar lo que aquellos pillos nos habían hecho sentir: miedo, angustia, dolor, impotencia, sorpresa, desesperación. Pero también nos sirvió para darnos cuenta de quienes eran los amigos, para tener momento de gloria al dirigirnos a nuestros compañeros, para hacernos sentir a algunos el amor por la política honrada y bien entendida, para hacernos de nuevos aliados, de participar en actividades que finalmente produjeron un crecimiento de la democracia en el país.

A mediados de 1969 recibí por boca de mi amigo y maestro, el Rector Barros Sierra, el encargo de ser miembro del equipo fundador de la primera escuela de odontología privada, la de la UNITEC. Ese Consejo Directivo estaba formado por el Presidente del mismo, el valioso Maestro Víctor de la Rosa, como Secretario el Dr. Víctor López Cámara, y los tres vocales éramos un cirujano bucal poco conocido entonces, de origen escocés (y quien después estudió Medicina en México): el Dr Robin Grey McLeod. El otro era (es) un extraordinario rehabilitador de un magnífico carácter y gran inteligencia, el Dr. José Luis Sánchez Sotres (recién desempacado de su Maestría en los EEUU) y su servidor, que era (y sigo siendo) el más joven de todos ellos. Desgraciadamente el Maestro De la Rosa ya se nos fue.

En juntas maratónicas, lideradas por el inefable Rector y después multimillonario —gracias a la escuela de odontología— CP Ignacio Guerra Pellegaud por las tardes/noches
nos juntábamos en la entonces modesta Dirección de la UNITEC en Av. Marina Nacional 162 y mientras dilucidábamos, pensábamos, ideábamos, inventábamos cosas, escogíamos a los profesores que nos seguirían, tomábamos refrescos y a veces whiskey o coñac. Hacíamos “tormentas de cerebros” y otras actividades cerebrales creativas (que les falta a la mayoría de los colegas) y nos apretábamos el coco para resolver los problemas que se nos iban presentando, entre otras cosas para actualizar y modernizar el programa de estudios sin que lo notaran en la UNAM.

Nos acompañaba a veces el buen amigo Alberto Singer, coordinador de Relaciones Públicas de aquella Universidad, que entonces constaba sólo de unos edificios de dos pisos que rodeaban un patio con canchas de basquetbol y ofrecía dos o tres carreras además de la Preparatoria. Ni pensar en que hubiera un Anfiteatro con cadáveres ahí, y, sin embargo, lo hicimos.

En un principio, el Dr. De la Rosa iba a dar Histología y Embriología y yo iba a tener el honor de ser su ayudante (con orgullo digo que había sacado 10 de calificación en su clase cuando fue nuestro Maestro); Robin Grey iba a dar Anatomía Humana; López Cámara, Odontología Preventiva;  Luis Sánchez Sotres, Materiales Dentales y alguien —no sabíamos quién—debería dar la clase de Anatomía Dental. El Sr. Guerra, en un acto que lo honra, me propuso a mí (que en la única materia que había sacado 6 durante la carrera era precisamente en Anatomía Dental) y yo, claro, acepté. 

Tuve que estudiar y aprendí una gran lección que comparto con las generaciones posteriores: me supe rodear de colegas que de esto sabían más que yo y que tenían un entusiasmo enorme por dar clases: en orden alfabético fueron adjuntos de mi clase los ahora doctores Carlos Bellamy Haro(que modelaba muy bien);
 Raúl Cameras Meneses
Raúl Cameras
de gran inteligencia, simpatía y disciplina y Rubén Malpica Domínguez,
Malpica
que era quien yo pienso era el que mejor modelaba los cubitos de cera en esa materia.

Éramos inseparables. Luego, ellos ascendieron, como debe de ser. Y cuando yo ya me había ido a fundar la UAM-Xochimilco en 1974 (esta historia viene en otro Blog), Raúl se fue a la clase de Prótesis Fija y Removible con el Dr. Jesús Santos Sotres; Malpica posteriormente dio clases, si no me equivoco, de Exodoncia y de Cirugía Bucal y Carlos es, ahora que escribo estas líneas, el Decano de los profesores de la UNITEC. Debo reconocer que ganábamos muy bien y a todos nos alcanzó para adquirir auto y a mi, hasta para casarme felizmente con mi querida Marcela. ¡Ah, cómo recuerdo con agrado aquellas comilonas y bebilonas de horas que nos dábamos los días en que nos pagaban! Eran los felices tiempos de la Zona Rosa como lugar respetable y hasta de lujo, en donde primero aparecieron las minifaldas y los buenos restaurantes, como el Focolare, el Bellinghausen, el Loris, Alfredo´s, La Calesa de Londres, Can Cán, etcétera. Era de lujo tener un negocio y más un consultorio dental en aquella colonia Juárez. Varios queridos maestros tenían consultorios ahí: el Dr. Samuel Fastlicht, el Maestro Espinosa de la Sierra, etc.

Tuve mi nombramiento de Profesor Titular de la UNAM (Unitec estaba afiliada a la UNAM) antes de recibirme. En ese entonces, no sé ahora, el Título Profesional de la Unitec era exactamente igual al de la UNAM, haciendo la aclaración que los estudios se habían llevado a cabo en la Unitec. Es más: los Certificados que nos acreditan como Miembros del Consejo Directivo Fundador de la Escuela de Odontología de la UNAM, firmados por el Sr. Guerra y por el Maestro De la Rosa están firmados ¡un día antes de que yo me recibiera en la UNAM!
L. Cámara, tres doctores y yo, 1970

Se ve fácil, pero éramos Maestros de Medio Tiempo (todas las mañanas) y en la primera generación recibimos lo que fue una gran sorpresa: tres grupos de 60 alumnos para iniciar. De manera es que salíamos de una clase teórica para media hora después entrar a una práctica y así. Teníamos pocos ratos libres hasta que me pidieron que fuera yo quien hiciera los horarios de la siguiente generación y entonces me las ingenié (si es que eso es ingenio) para darnos una mañana libre. Se preguntarán ustedes, ¿y quién quedó de ayudante del Maestro De la Rosa? Pues nada menos que el Dr. Alfredo Crespo Oviedo, quien fue una figura muy querida por los alumnos de esa Universidad, básicamente por su buen humor y amplitud de criterio...

Ahora, al asomarme a Internet, veo el portal de Unitec y veo una universidad enorme, de lujo, con muchos campus inclusive en el extranjero porque fue comprada por un sistema llamado Laureate Universities, que casi abarca al mundo americano del norte, del centro y del sur.

Para mí, Unitec significó una gran experiencia, pues además de inaugurarme como Profesor, lo hice como Ejecutivo. Hay que ser Maestro alguna vez en la vida, pero no hay que dejarse llevar por esa vocación para siempre, porque por muy bien pagados que estén los profesores, nunca ganarán lo que se puede ganar honradamente en nuestro propio negocio. La experiencia es vital, porque además nos hace darnos cuenta de que para prosperar en la vida profesional y humana hay que estudiar y aprender cada día todos los días. Es como ser padre: la vida nunca será igual si no se es padre. Puede parecerse mucho a la vida normal, pero no lo es. Lo siento.

Generacion 10, Unitec.
En la Unitec dimos clase a 10 generaciones de alumnos. Cuando me retiré, me perdí de darle clases a una de las Generaciones más valiosas que han egresado de esa escuela, la que tenía entre sus miembros a Fanny Yacamán, Chucho Herrera, Arturo Hernández, Alfredo Sakar, Federico Pérez Díez, Miguel Ángel Colín, Poncho y Joaquín González Campderá, Miguel Angel Sánchez Aedo, Polo Becerra, Tonatiuh Rodríguez, Susana Ponce, María Elena Morera, et al. Fue una generación de muchos inteligentes y capaces y la más parecida a mi generación años antes en la UNAM.








sábado, 22 de septiembre de 2018

Blog Parte 8 HISTORIA DE LA ODONTOLOGÍA 65-69


LA VIDA DENTRO DE LA ENO EN AQUELLAS CIRCUNSTANCIAS

Mantuvimos el control de la ENO desde el 1º de abril de 1968 hasta que nos corrió el Ejército Mexicano debido a la orden que dio el maquiavélico Secretario de Gobernación Luis Echeverría. El Presidente Díaz Ordaz tal vez ni se enteró.
Mientras estuvimos dentro, que no tomé fotos, dormíamos como podíamos. El Oso Lozano (muchos años después Procurador de Querétaro), consiguió el apoyo telefónico de los estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, España y de otros sitios.
Yo dormía, cuando me dejaban, en el piso de la Secretaría General de la ENO. Me tapaba con una manta que llevé de mi casa. Así lo hacían algunos otros: era el sitio con menos chiflones de la ENO y, por consiguiente, el más calientito… o menos frío. No entré nunca  a la Dirección, por respeto. En las paredes de ella estaban los retratos de todos los directores hasta entonces, entre ellos el  de mi padre que misteriosamente ha desaparecido, quien había sido Director de la misma allá por 1933, con el Rector Dr. Salvador Zubirán (el que le dio el nombre al Instituto Nacional de la Nutrición).

Mi padre, el Maestro Luis Farill Solares, 
Dr. Luis Farill Solares, Ca. 1990

fue Director solamente uno o dos meses porque él nunca quiso serlo y lo nombraron para quitarse de encima a varios candidatos que, ya desde ese entonces, anhelaban la Dirección como modus vivendi. Siempre ha habido y habrá de ésos personajes siniestros (con honradas excepciones, como el actual y varios de sus antecesores), porque las escuelas de odontología son un excelente negocio. ¿Por qué piensan ustedes que hay tantas? ¿Por qué los dueños son buenas gentes? Son excelentes medios para lavar dinero además. Si quieren ver cuántas hay en la República busquen en http://imco.org.mx/comparacarreras/#!/ y en el buscador pongan “odontología y estomatología”. Se van a ir de espaldas. Y más cuando vean cuántos estudiantes de odontología hay actualmente en el país y cuántos somos en total.
En esa sala de la Dirección, en la que yo me acostaba a dormir, estaban también los bustos de los fundadores en 1904 de la ENO. Mismos que luego fueron usados como blanco por algunos desalmados que había poseído pistolas chuecas, de los que desconozco sus nombres, cortesía, dicen, del Regente de la Ciudad en aquel entonces.
Jorge Farill Guzmán, Ca. 1968 (ahora PhD)
Debo admitir que mis padres se mostraron preocupados, pero muy orgullosos de mí. Me apoyaron en todo, como lo hicieron mis hermanos. Recuerdo que una noche me siguió un auto viejo por toda la Av. Insurgente Sur. No había celulares. No podía comunicarme a casa para pedirle a mi hermano Jorge me abriera la puerta del garaje. Vivíamos a un kilómetro de la entrada a CU. El auto me seguía a toda velocidad. Aunque yo tenía un Volvo, que era muy veloz, el auto viejo nose amilanaba. La solución la obtuve cuando desde Av. Insurgentes me metí a la colonia Chimalistac (frente a mi casa) y en sus muchas callecitas perdí a los del auto viejo que no tenían ninguna buena intención. Hubiera sido la segunda vez que me golpeaban (la primera fue con las hebillas de los cinturones, a plenos día, frente a lo que después fue la tienda “De Todo”, en la esquina de Universidad y Eje 10). En un teléfono público de casetita llamé a la casa y le pdí a mi hermano me abriera la puerta en un minuto. Los del coche viejo no aparecían, pero podían hacerlo en cualquier  momento. Mi corazón palpitaba fuertemente, la adrenalina hacía efecto. Tomé el Volvo y crucé Chimalistac y me metí en sentido contrario unos 30 metros en Av. Universidad y ¡la puerta del garaje estaba abierta!. Mi hermano tenía un rifle calibre 22 en las manos, para protegernos. En cuanto entré con el auto, cerró las puertas. ¡Qué alivio me había producido mi hermano, que siempre fue y es muy valiente! Si no, que lo digan sus compañeros de la Prepa 5 y de la Escuela, en donde también fue líder.


Mi padre nos llevó a la Escuela cajas de tortas que compraba quien-sabe-dónde y que repartíamos entre los compañeros. Él, más que nadie, sabía que luchábamos por una causa justa: ser mejores profesionistas para dar mejor servicio al público. Eso sí: todos esos profesores hablantes nunca nos llevaron nada, eran nuestras compañeras quienes nos proveían de escasos fondos para adquirir alimentos. 
Luz María Guzmán de Farill
(Lucha)

Con mi madre, la inolvidable Lucha, tuve que alejarme del movimiento cuando me atacó una úlcera gastro-duodenal y bajé de golpe como 8 kilos. Si yo ya era muy delgado, imaginen cómo estaba tras de vomitar sangre y no poder comer sino algunas cosas. Eran tiempos en que no se sabía el origen de las úlceras ( ahora se sabe que es una bacteria llamada Helicobacter pilori). Me pusieron a dieta de leche y plátanos (ahora ninguno de los dos se recomienda) y me pidió el doctor Salvador Aceves que descansara unas semanas, en tanto la úlcera cicatrizaba. Mi hermano Hugo, médico cirujano, convocó a mis compañeros a la casa y les dijo más o menos; “o lo dejan descansar o se lo vuelven a llevar al movimiento y nos devuelven su zalea…”  De ahí que algunos olvidadizos piensen que “abandoné” el movimiento, al que me reincorporé semanas después. No teníamos falta de líderes. Todos mis compañeros (los originales) podían llevar a cabo esa responsabilidad. Pues mi madre me acompañó en aquella aventura dietética y juro que hubo autos policiacos que nos siguieron hasta los límites del estado de Querétaro.